sábado, 14 de mayo de 2016

La familia Trinidad

El odio se apoderó de aquella familia. No sabían el motivo del enfrentamiento, de la negación del hermano, hijo o cuñado, sólo sabían herir, arañar y rebuscar el peor pensamiento para humillar al adversario.

Aquellos tres hijos un día estuvieron juntos, amándose. Pero ese recuerdo infantil era indeciso y olvidado por las sangrantes traiciones y hechos deplorables. Los perros salvajes habrían tenido mayor compasión de la que albergaban en sus corazones. El egoísmo propio y la falta de confianza entre ellos elevaba una muralla indestructible, imposible de derribar.

Sus padres fueron la causa de tanta distancia. El trato desigual, la traición y la manipulación ejercida sobre ellos fue la base para que estuvieran viviendo una confrontación dolorosa donde no cabía la aceptación de la personalidad del uno por el otro. Competían por ser el mejor hijo.
Si Maria la madre hubiera sido una mujer conciliadora y amable, sus hijos se amarían y estarían en un punto diferente. Su carácter autoritario, manipulador y egoísta fue lo que reflejó en los corazones de sus hijos, que proyectaban la lección aprendida de que lo único importante era flotar a costa de hundir en el fondo al que fuera por estar a salvo.
Alberto cansado de sufrir la interminable agonía de no sentir amor y sólo recibir rabia, odio y rencor, se marchó un día para no regresar.
Los otros dos, se mantuvieron cerca de la temida madre fingiendo una entrega hacia ella mientras conseguían lo que necesitaban siguiendo el ritmo de sus caprichos. Sólo había que aguantar y sacar para casa...
La enfermedad llegó y María en el lecho de muerte se resistía a pensar que sus pertenencias dejarían de ser de ella para pasar a manos de sus hijos,  era el verdadero motivo que no la dejaba ir. Se fue sin dejar testamento, sólo dinero al que no podían acceder por no ser herederos reconocidos.
Y empezó la lucha por apoderarse de la herencia. Sólo el más lejano hermano calló en silencio mientras los otros dos pelearon como salvajes por lo que era suyo en lugar del otro.

Los años pasaron en el que la soledad y la tristeza les enseñó el camino correcto. Un día volvieron a reunirse y al tenerse cerca sintieron ganas de llorar. Los tres reunidos en un sala frente a frente sin que hubiera una riqueza por la que luchar o enfrentarse.
Lloraron y se abrazaron, recordando los momentos bellos que compartieron en la infancia. Entre risas y bromas, olvidaron la etapa en la que su madre se dedicó a enfrentarlos. Habían aprendido a recordar lo bueno que cada cual tenía y a valorar la necesidad de sentir amor en lugar de odio.
Desde ese día construyeron una hermandad de solidaridad donde cada cual daba lo mejor de si mismo en beneficio de la familia. Se llamaban, compartían viajes, comidas y también estaban en los malos momentos para apoyar al que estaba sufriendo.
Ojalá el pasado hubiera sido diferente y hubieran sabido valorar lo importante. Pero fue una gran lección de la vida, sentir vergüenza por haber sido tenebroso para sus hermanos. Convivir con ese peso les pasó factura que llevaron muchos años como una cadena de la cual sólo el arrepentimiento de su manera de actuar, logró liberarlos.




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