El odio se apoderó
de aquella familia. No sabían el motivo del enfrentamiento, de la
negación del hermano, hijo o cuñado, sólo sabían herir, arañar y
rebuscar el peor pensamiento para humillar al adversario.
Aquellos tres hijos
un día estuvieron juntos, amándose. Pero ese recuerdo infantil era
indeciso y olvidado por las sangrantes traiciones y hechos
deplorables. Los perros salvajes habrían tenido mayor compasión de
la que albergaban en sus corazones. El egoísmo propio y la falta de
confianza entre ellos elevaba una muralla indestructible, imposible
de derribar.
Sus padres fueron la
causa de tanta distancia. El trato desigual, la traición y la
manipulación ejercida sobre ellos fue la base para que estuvieran
viviendo una confrontación dolorosa donde no cabía la aceptación
de la personalidad del uno por el otro. Competían por ser el mejor
hijo.
Si Maria la madre
hubiera sido una mujer conciliadora y amable, sus hijos se amarían y
estarían en un punto diferente. Su carácter autoritario,
manipulador y egoísta fue lo que reflejó en los corazones de sus
hijos, que proyectaban la lección aprendida de que lo único
importante era flotar a costa de hundir en el fondo al que fuera por
estar a salvo.
Alberto cansado de
sufrir la interminable agonía de no sentir amor y sólo recibir
rabia, odio y rencor, se marchó un día para no regresar.
Los otros dos, se
mantuvieron cerca de la temida madre fingiendo una entrega hacia ella
mientras conseguían lo que necesitaban siguiendo el ritmo de sus
caprichos. Sólo había que aguantar y sacar para casa...
La enfermedad llegó
y María en el lecho de muerte se resistía a pensar que sus
pertenencias dejarían de ser de ella para pasar a manos de sus
hijos, era el verdadero motivo que no la dejaba ir. Se fue sin dejar
testamento, sólo dinero al que no podían acceder por no ser
herederos reconocidos.
Y empezó la lucha
por apoderarse de la herencia. Sólo el más lejano hermano calló en
silencio mientras los otros dos pelearon como salvajes por lo que era
suyo en lugar del otro.
Los años pasaron en
el que la soledad y la tristeza les enseñó el camino correcto. Un
día volvieron a reunirse y al tenerse cerca sintieron ganas de
llorar. Los tres reunidos en un sala frente a frente sin que hubiera
una riqueza por la que luchar o enfrentarse.
Lloraron y se
abrazaron, recordando los momentos bellos que compartieron en la
infancia. Entre risas y bromas, olvidaron la etapa en la que su madre
se dedicó a enfrentarlos. Habían aprendido a recordar lo bueno que
cada cual tenía y a valorar la necesidad de sentir amor en lugar de
odio.
Desde ese día
construyeron una hermandad de solidaridad donde cada cual daba lo
mejor de si mismo en beneficio de la familia. Se llamaban, compartían
viajes, comidas y también estaban en los malos momentos para apoyar
al que estaba sufriendo.
Ojalá el pasado
hubiera sido diferente y hubieran sabido valorar lo importante. Pero
fue una gran lección de la vida, sentir vergüenza por haber sido
tenebroso para sus hermanos. Convivir con ese peso les pasó factura
que llevaron muchos años como una cadena de la cual sólo el
arrepentimiento de su manera de actuar, logró liberarlos.
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