Había un panal de
abejas que estaba en un lugar maravilloso, en el tronco hueco de un
olivo centenario. Estaba encantada la abeja reina con cada nacimiento
de abejitas hasta que un día sucedió un hecho muy extraño que lo
cambió todo.
Cuando las abejitas
comenzaron a desarrollarse, la reina observaba con preocupación que
una de sus hijas era totalmente blanca. Las abejas son de color negro
y amarillo, pero esta era diferente.
Hubo una reunión
general para decidir como debía ser tratada dicha abeja, ya que
habían observado que se golpeaba contra todas las paredes de las
celdas, era muy corta de vista.
-Bien la abeja
blanca, debe ser desterrada, no sirve para recolectar el fresco
nectar de las flores porque no es capaz de distinguir lo que tiene
delante- dijo una maestra inflexible que detestaba a la abejita y no
deseaba tenerla en su grupo de enseñanza.
-Podría cuidar de
las celdas, hacer labores de limpieza- pensó otra abeja más
comprensiva tratando de encontrar un lugar para la pequeña.
-¿Ésa limpiar? ¿La
habéis visto? Es torpe y no sabría lo que debe recoger, no nos vale
para nada-replicó con maldad otra abeja, molesta por que alguien
pensara que podría hacer su trabajo.
-¿Y si le hacemos
una lentes? Podemos encargarlas a las hormigas, que tienen la
oportunidad de cortar con sus tenazas el material para ello-se le
ocurrió de repente a otra buena abeja, que no le gustaba el rechazo
que estaba formándose en torno a la pequeña.
La abeja reina
meditó. Era una de sus hijas pero sabía que muy diferente a las
otras. No podía prestrarle atención, era un ser débil y necesitaba
complacer a la mayoría. Dio orden de que se buscara ayuda en la
colonia de hormigas para dotarla de lentes, pero se le liberaría de
cualquier labor en la colmena. No contarían con ella para nada, esa
fue su decisión terrible para la pequeña.
La pequeña abeja
albina vagaba por el panal sin conseguir una sola pizca de amabilidad
por parte de sus hermanas. Pasaba largas horas tratando de encontrar
algo en que entretenerse, pero cuando lo conseguía una abeja venía
para detener su labor. A escondidas escuchaba las lecciones de la
maestra sobre el vuelo, los peligros a evitar y cómo recolectar el
dulce alimento de las flores.
Como las gafas no
llegaban, un día se aventuró fuera del panal. No se atrevía a
volar debido a que no venía casi nada, se sentía más segura
caminando. Iba por el suelo del bosque cuando de repente se encontró
con una araña que estaba en apuros.
-¡Abejita linda si
me ayudas te enseñaré a tocar la música más bella que jamás
lograste soñar!
La abejita albina
miró a ambos lados, para asegurarse de que era ella a quién se
dirigía aquel extraño insecto. Si la hubiera visto bien, haciendo
caso a las enseñanzas de la maestra jamás la hubiera ayudado. Las
arañas son enemigas. Sintió un extraño rubor en su interior y una
luz se le encendió. Quitó las piedrecitas que atrapaban a la araña,
liberándola.
La araña, al darse
cuenta de lo corta de vista que estaba la abejita, sin darle
importancia a su color le prometió conseguir una lentes para mejorar
su visión.
La abejita albina
recibió unas lentes hechas con pétalos de rosa secada durante días
al sol y gotas de lluvia envuelta en hilo de araña. Al ponerselas,
estuvo encantada además de ver bien por vez primera vez, la moldura
olía de maravilla. Lloraba conmovida por el trabajo que había
realizado la araña para ella.
-Arañita, siempre
estaré en deuda contigo-balbuceó entre sollozos-ninguna hermana mía
me ha demostrado afecto, dicen que soy blanca y traigo mala suerte.
-Eres preciosa, sin
ti no estaría aquí. Tuve la mala suerte de no ver los guijarros
desprenderse del nido de un pájaro y me aplastaron. Sólo tú
echaste mi ruego y te esforzaste hasta liberarme de aquel horrible
peso. Aún debo construirte un instrumento de cuerda para que toques
melodías deliciosas.
-¿Harías eso por
mí? Desde pequeña soñé con tocar un instrumento de cuerda. He
imaginado tantas melodías que estoy deseando tocarlas.
-Tranquila pequeña
-rió jocosa la araña ante la ilusión de la pequeña-vuelve en unos
días y tendré preparado su instrumento para tocar.
La abejita Solya
que así quiso llamarse para diferenciarse del resto de sus hermanas,
estuvo soñando despierta con el momento de reencontrarse con su
primera y única amiga, una solitaria araña con la que se había
sentido identificada.
Al regresar, se
encontró con una hoja verde enrollada en forma de arco que la atravesaban
numerosos hilos tejidos por la araña. Se puso a tocar con sus manos
y sonó todo la belleza que llevaba en su corazón.
Tocaba una música
tan vibrante y bella. Pronto las abejas se enamoraron de aquella
melodía que escuchaban cada día cerca del panal. La abeja reina,
tuvo noticias de la existencia de aquella motivadora música que
hacia que las abejas obraran contentas y felices y mandó un pequeño
pelotón de sus mejores observadoras en su busca, quería conocer al
insecto especial que seducía a toda la colmena con su poderosa
canción.
Las abejas no podían
creerlo. Tuvieron que asegurarse varias veces para aceptar que era la
abejita albina la creadora de aquella música conmovedora que tanta
influencia tenía sobre el panal. Cuando la abeja reina tuvo noticia
del hecho, retorció el morro contrariada. Debía decidir si hacer
pública la maravillosa habilidad de la inservible albina. Meditó
durante días, dejándose aconsejar por sus consejeras y finalmente
aceptó la verdad, pedirían a la abejita que fuera la directora de
una grupo musical, instruyendo a otras abejas.
-Cuando Solya supo
que la abeja reina la había nombrado directora musical, se sintió
especial. Por vez primera recibía amor de su madre y reconocimiento.
Llena de alegría, encargó a su amiga la araña nuevas hojas para
llevar al panal.
Fue así como las
abejas se acostumbraron a la abejita albina y envidiaban su cualidad
de ser una gran música. Al fin, había conseguido encajar dentro de
su grupo, el camino había sido muy solitario y triste, pero hablar
consigo misma, pensar y desarrollar la belleza interior, fue parte
del aprendizaje de querer formar parte del mundo.
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