domingo, 22 de mayo de 2016

Solya, la abeja albina

Había un panal de abejas que estaba en un lugar maravilloso, en el tronco hueco de un olivo centenario. Estaba encantada la abeja reina con cada nacimiento de abejitas hasta que un día sucedió un hecho muy extraño que lo cambió todo.
Cuando las abejitas comenzaron a desarrollarse, la reina observaba con preocupación que una de sus hijas era totalmente blanca. Las abejas son de color negro y amarillo, pero esta era diferente.
Hubo una reunión general para decidir como debía ser tratada dicha abeja, ya que habían observado que se golpeaba contra todas las paredes de las celdas, era muy corta de vista.
-Bien la abeja blanca, debe ser desterrada, no sirve para recolectar el fresco nectar de las flores porque no es capaz de distinguir lo que tiene delante- dijo una maestra inflexible que detestaba a la abejita y no deseaba tenerla en su grupo de enseñanza.
-Podría cuidar de las celdas, hacer labores de limpieza- pensó otra abeja más comprensiva tratando de encontrar un lugar para la pequeña.
-¿Ésa limpiar? ¿La habéis visto? Es torpe y no sabría lo que debe recoger, no nos vale para nada-replicó con maldad otra abeja, molesta por que alguien pensara que podría hacer su trabajo.
-¿Y si le hacemos una lentes? Podemos encargarlas a las hormigas, que tienen la oportunidad de cortar con sus tenazas el material para ello-se le ocurrió de repente a otra buena abeja, que no le gustaba el rechazo que estaba formándose en torno a la pequeña.
La abeja reina meditó. Era una de sus hijas pero sabía que muy diferente a las otras. No podía prestrarle atención, era un ser débil y necesitaba complacer a la mayoría. Dio orden de que se buscara ayuda en la colonia de hormigas para dotarla de lentes, pero se le liberaría de cualquier labor en la colmena. No contarían con ella para nada, esa fue su decisión terrible para la pequeña.
La pequeña abeja albina vagaba por el panal sin conseguir una sola pizca de amabilidad por parte de sus hermanas. Pasaba largas horas tratando de encontrar algo en que entretenerse, pero cuando lo conseguía una abeja venía para detener su labor. A escondidas escuchaba las lecciones de la maestra sobre el vuelo, los peligros a evitar y cómo recolectar el dulce alimento de las flores.
Como las gafas no llegaban, un día se aventuró fuera del panal. No se atrevía a volar debido a que no venía casi nada, se sentía más segura caminando. Iba por el suelo del bosque cuando de repente se encontró con una araña que estaba en apuros.
-¡Abejita linda si me ayudas te enseñaré a tocar la música más bella que jamás lograste soñar!
La abejita albina miró a ambos lados, para asegurarse de que era ella a quién se dirigía aquel extraño insecto. Si la hubiera visto bien, haciendo caso a las enseñanzas de la maestra jamás la hubiera ayudado. Las arañas son enemigas. Sintió un extraño rubor en su interior y una luz se le encendió. Quitó las piedrecitas que atrapaban a la araña, liberándola.
La araña, al darse cuenta de lo corta de vista que estaba la abejita, sin darle importancia a su color le prometió conseguir una lentes para mejorar su visión.
La abejita albina recibió unas lentes hechas con pétalos de rosa secada durante días al sol y gotas de lluvia envuelta en hilo de araña. Al ponerselas, estuvo encantada además de ver bien por vez primera vez, la moldura olía de maravilla. Lloraba conmovida por el trabajo que había realizado la araña para ella.
-Arañita, siempre estaré en deuda contigo-balbuceó entre sollozos-ninguna hermana mía me ha demostrado afecto, dicen que soy blanca y traigo mala suerte.
-Eres preciosa, sin ti no estaría aquí. Tuve la mala suerte de no ver los guijarros desprenderse del nido de un pájaro y me aplastaron. Sólo tú echaste mi ruego y te esforzaste hasta liberarme de aquel horrible peso. Aún debo construirte un instrumento de cuerda para que toques melodías deliciosas.
-¿Harías eso por mí? Desde pequeña soñé con tocar un instrumento de cuerda. He imaginado tantas melodías que estoy deseando tocarlas.
-Tranquila pequeña -rió jocosa la araña ante la ilusión de la pequeña-vuelve en unos días y tendré preparado su instrumento para tocar.
La abejita Solya que así quiso llamarse para diferenciarse del resto de sus hermanas, estuvo soñando despierta con el momento de reencontrarse con su primera y única amiga, una solitaria araña con la que se había sentido identificada.
Al regresar, se encontró con una hoja verde enrollada en forma de arco que la atravesaban numerosos hilos tejidos por la araña. Se puso a tocar con sus manos y sonó todo la belleza que llevaba en su corazón.
Tocaba una música tan vibrante y bella. Pronto las abejas se enamoraron de aquella melodía que escuchaban cada día cerca del panal. La abeja reina, tuvo noticias de la existencia de aquella motivadora música que hacia que las abejas obraran contentas y felices y mandó un pequeño pelotón de sus mejores observadoras en su busca, quería conocer al insecto especial que seducía a toda la colmena con su poderosa canción.
Las abejas no podían creerlo. Tuvieron que asegurarse varias veces para aceptar que era la abejita albina la creadora de aquella música conmovedora que tanta influencia tenía sobre el panal. Cuando la abeja reina tuvo noticia del hecho, retorció el morro contrariada. Debía decidir si hacer pública la maravillosa habilidad de la inservible albina. Meditó durante días, dejándose aconsejar por sus consejeras y finalmente aceptó la verdad, pedirían a la abejita que fuera la directora de una grupo musical, instruyendo a otras abejas.
-Cuando Solya supo que la abeja reina la había nombrado directora musical, se sintió especial. Por vez primera recibía amor de su madre y reconocimiento. Llena de alegría, encargó a su amiga la araña nuevas hojas para llevar al panal.
Fue así como las abejas se acostumbraron a la abejita albina y envidiaban su cualidad de ser una gran música. Al fin, había conseguido encajar dentro de su grupo, el camino había sido muy solitario y triste, pero hablar consigo misma, pensar y desarrollar la belleza interior, fue parte del aprendizaje de querer formar parte del mundo.


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