jueves, 27 de marzo de 2008

El secreto de la felicidad



Actitud frente la vida: Positivismo y terapia de ver luz.

Siempre he sido positiva. Desde pequeña. Era una diosa que todo lo podía, algunas veces mis aventuras me salían caras y acababa en una sala de curas viéndomelas con un cosedor de heridas, un carnicero antiguo que lo único que sabía hacer era coser la carne con hilo grueso y aguja. Siempre quedaban maravillados, nunca emitía ni un sólo quejido, aguantaba entre dientes cualquier martirio y salía sonriente de la aventura de recibir una cantidad incierta de puntos de sutura.

Mi madre la pobre, se acostumbró a estar continuamente visitando salas de curas. Recuerdo su advertencia de no saltar sobre los ladrillos rotos, le pedí a una hermana que me empujara, al caer supliqué que no me pegara que me habían tirado sin yo querer, ni siquiera reparé que mi madre horrorizada rompía su camisa para evitar que me desangrara, porque el desafio me había costado un corte de veinte puntos de sutura en la pierna derecha, de nuevo carrera y casa de socorro, ejejejejejeejej. Sobreviví a atropellos, me despeñé por montañas, me partí la nariz y supe llegar a casa como si nada, tobillos, innumerables heridas que me hacían parecer la heroína de mis cuentos.

Pero siempre sobreviví, sin penas.

Luego de mayor mi vena cafre me calmó. Mi vida se volvió reposada pero mi capacidad para aguantar se mantuvo a flote, siendo una gran batalladora de la vida, me he dedicado a soportar situaciones muy dolorosas, traumáticas sin que nada me halla hecho perder mi vena optimista.
Si hay un reto tenemos una meta por cumplir en la vida. Si ves que te caes, levanta. Si un día se nubla es para que llueva el agua que se necesita, aunque algunas veces ese agua sean nuestras propias lágrimas. Todo sucede para que seamos más fuertes y resistentes que el día anterior.

Teniendo fe en mi vena optimista soy capaz de soportar cualquier presión y mantenerme a flote, porque sino salió era porque no era para mí, así de claro y a seguir intentándolo. Nunca hay que tirar la toalla hasta el final de la partida, el ganador siempre es aquel que sabe mantenerse a flote a pesar de que la adversidad o el destino lo crucifique como un claro perdedor, si consigue no perder su fuerza ,es posible que la oportunidad que espera le convierta en un triunfador.

Cada día que pasa está sembrado de esporas de felicidad. Pequeños momentos que nos transportan a un estado de bienestar. Yo me alimento de ellos. Puede ser la caricia hacia una nueva vida, una mirada compartida de complicidad con un niño, un tropiezo desafortunado, la escena de un película, una atracción física en un encuentro espontáneo mientras caminamos, un beso de un hijo, una llamada inesperada, una canción.

Tenemos tantas pequeñas partículas de felicidad sembradas a lo largo del día, que no pararse a disfrutarlas, a alimentarse de esos momentos que nos devuelven el verdadero sentido de nuestros días, es poco más que estar muerto en un país de vivos.

Ser feliz es ser etéreo, renovarse cada día, como una playa con las mareas y los influjos de la luna o el sol, muriendo cada día, para salir más potente al día siguiente.

Levitar en los momentos instensos de felicidad es vivir un positivismo perfecto para el alma . Perderse en la profundidad de un paisaje, de un sueño cuando el jefe nos está pegando una bronca, aislarse cuando nos hablan mal, o simplemente soñar con lo que queremos ,es la jeringuilla de vida que necesitamos diariamente para ser feliz.

Ninguna posesión material, ningún triunfo es eterno, por eso necesitamos cubrir de objetivos cada momento de nuestras vidas, para alcanzar la plenitud. Encontramos el material para nutrir el alma en esas pequeñas cosas, en esos pequeños roces con otras vidas. Esa patita de gato que te viene a ronronear para que pienses que no estás solo, esa caricia que no esperas, esa conversación trivial que acabó en un chiste, eso es la vida, lo que cuenta y lo que debería importar.

Sobrevivir con una sonrisa, aunque nadie sepa nunca por qué siempre ries es el secreto de la felicidad personal. Un reto por alcanzar o una meta conseguida, según analices tu forma de ver el mundo.

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