Bansara se sentía muy cansada esa mañana en su puesto de ágil captadora de atención. Llevaba bastante tiempo en el mundo del tele marketing, tantos años que su voz era vieja amiga asidua en algunos hogares, una voz potente y dulce, que invitaba al diálogo y animaba a las personas a escuchar, siempre cordial y amable ante las negativas, tenía la extraña habilidad de despedirse siempre de sus interlocutores con una sonrisa en la boca.
Su vida era monótona, siempre voces frías y sábanas heladas por compañía. Tenía muchas compañeras, pero eran sólo conocidas, eternas competidoras que últimamente hablaban a sus espaldas de su baja actividad comercial. Era incapaz de lograr captar clientes, le faltaba fuerza y su flojera ponía en entredicho su labor al mando de un teléfono. Su falta de concentración y su pasividad para convertir negativas en sí, la tenían al borde del despido.
No le quemaba el teléfono. Siempre conseguía apaciguar los ánimos de personas enfadadas con un mal día o simplemente hastiadas de las llamadas asiduas a sus domicilios por voces desconocidas. Pero ya no la motivaba conseguir objetivos.
Estaba tan congestionada por la responsabilidad y el futuro, que cuando al otro lado de la línea respondió alguien que parecía escucharla con interés, se lanzó de forma desesperada como nunca lo había hecho, incluso tuteando al señor Mateo.
Aquel hombre, esa voz alteraron aún más su estado. Era un sonido de hombre maduro, que sonaba jovial, seguro y seductor, no se dio cuenta de que la conversación la dirigía él, olvidando sus técnicas, su argumentario se convirtió en receptora del mensaje, se dejó corromper por el deseo de proximidad y a los pocos segundos su objetivo estaba realizado: Mateo le había dado todos sus datos. Cuando llegaba al final de su guión con cierta pena, él la paró diciendo escucha Bansara, acepté tus argucias a cambio de que esta noche a las 8 te sometas a mi voluntad sin temor y pudor, sabes donde vivo sólo tienes que venir ¿de acuerdo? Dejó resonar de forma juguetona Mateo, mientras producía en ella el efecto de un huracán arrasando todo a su paso.
Bansara pasó a ser la oyente, víctima de la estrategia y protagonista de una invitación sexual en toda regla, dudó pero, sus labios la traicionaron con un sí estaré allí, al escucharse a sí misma colgó sin más. Había caído en las garras de un desconocido en apenas dos minutos, un auténtico mago de la sensualidad y erotismo a través de las palabras soltadas por una cuerdas vocales magas en el amor.
Fue su mejor día de la semana laboralmente hablando. Consiguió sus objetivos, por primera vez en una semana estaba en el nivel que le exigían. Aquella voz era la causante de su éxito, la había levantado con alas invisibles la moral, volviendo a conseguir ser la de siempre, la dueña en casas desconocidas, domadora de voluntades y valerosa guerrera de los nos convertidos en sís.
Cuando tocó el timbre de Mateo sus manos sudaban , sus labios temblaban, le apetecía conocerlo y a vez sentía la necesidad de retroceder, huir de allí. La lucha la ganó la curiosidad insaciable que la gobernaba, cuando él abrió la puerta, dueña de nuevo en casa ajena retomó la conversación anterior dominando por completo a Mateo, que sólo la escuchaba con mirada risueña y divertida , desnudándola en cada mirada sin disimulos. Mientras la conducía al salón y la invitaba a tomar asiento frente a él, para poder seguir observándola sin disimulos, sus ojos reparaban en sus formas, quitando la ropa en esa calma sin palabras.
Cuando al fin se hizo muy evidente para Sansara quién era el dueño del silencio, cerró de repente la boca. Él la había vuelto a desarmar, con su frivolidad y sumisión conseguía dominarla, ella ahora mirándole rabiosa por su inteligencia y habilidad, no pudo menos que mascullar :
Bueno se me hace tarde, he de irme Mateo, sólo vine a conocerle y conversar sobre lo que hablamos esta mañana- Sonó dulce pero a metal carente de sentimiento, cercana ya la próxima despedida de Mateo-
No corras tanto, todavía no has visto mi ...se detuvo en seco. Ella lo miraba indignada, imaginando la proposición indecente que no llegó y en su lugar, jugando de nuevo terminó la frase con “cocina”. Bansara no podía creerlo, de nuevo la reducía a ser cordial y devota. Al entrar en la cocina, él sin mediar palabra la tumbó bocabajo sobre la mesa de madera cuadrada de bordes redondeados que por suerte era resistente y amplia. Le bajó su pantalón y sin preguntarle nada , comenzó a investigar sobre sus zonas erógenas predilectas.
Ella, ruborizada y sin poder resistirse a tanto placer se abandonó por completo sobre la mesa a cualquier resistencia, deseaba todo aquello, la lengua de él recorriendo todos sus rincones, descubriendo placeres olvidados.
En pocos minutos gemía mientras su cuerpo congestionado en espasmos estallaba como un arco iris por el estímulo de sus partes sexuales. No pudo descifrar tanto placer sentido, fue mágico, aquel hombre era un perfecto amante.
Las manos angulosas y suaves, sus dedos fuertes la perdían. Sus pechos erectos y su piel erizada hablaban de su excitación sin límites ante aquellas amas habilidosas, tan atrayentes como su dueño, que tocaban su sexo y la cedían exhausta por el temblor de un orgasmo tras otro.
Sus lenguas se fundían en un abrazo de serpientes ávidas del abrazo de la ternura. Comían y bebían la savia que regaba sus cuerpos. Sus propios fluidos corporales eran absorbidos en perfecta reciprocidad.
Cuando Mateo reclamó su atención y recompensa hacia su excitado falo, ella no pudo más que de nuevo doblegarse, lo deseaba, lo quería acariciar, lamer, engullir, ansiaba sentir el sabor dentro de su boca, rozar con la lengua la punta del glande, mientras sus ojos lo observaban disfrutar de un placer arrebatador, ella juguetona prosiguió su lección de dominio por primera vez, alargando sus técnicas de perfecta amante para aquel hombre tan potente, tan fantástico en el terreno sexual, que había conseguido elevar su alma a una nube de pasión intensa.
Cuando su pene estuvo loco y erguido como caballo de indio, Sansara notó agradecida su fuerza descubriendo la entrada de su cuerpo y moviéndose como jaleosa tubería en la entrada de un garaje caliente, donde era el único usuario . Ahora eran dos máquinas jadeantes al unísono que compartían un placer demencial. Besos, caricias, sexo y complicidad fueron el manto que les cubrió por entero durante toda la noche, bebían y se vaciaban como un río de caudal inagotable por la pasión eléctrica que les había conectado en aquella aventura que se produjo de forma causal por el encuentro solitario de dos almas que supieron reconocerse en el silencio del sonido de la voz.
Su vida era monótona, siempre voces frías y sábanas heladas por compañía. Tenía muchas compañeras, pero eran sólo conocidas, eternas competidoras que últimamente hablaban a sus espaldas de su baja actividad comercial. Era incapaz de lograr captar clientes, le faltaba fuerza y su flojera ponía en entredicho su labor al mando de un teléfono. Su falta de concentración y su pasividad para convertir negativas en sí, la tenían al borde del despido.
No le quemaba el teléfono. Siempre conseguía apaciguar los ánimos de personas enfadadas con un mal día o simplemente hastiadas de las llamadas asiduas a sus domicilios por voces desconocidas. Pero ya no la motivaba conseguir objetivos.
Estaba tan congestionada por la responsabilidad y el futuro, que cuando al otro lado de la línea respondió alguien que parecía escucharla con interés, se lanzó de forma desesperada como nunca lo había hecho, incluso tuteando al señor Mateo.
Aquel hombre, esa voz alteraron aún más su estado. Era un sonido de hombre maduro, que sonaba jovial, seguro y seductor, no se dio cuenta de que la conversación la dirigía él, olvidando sus técnicas, su argumentario se convirtió en receptora del mensaje, se dejó corromper por el deseo de proximidad y a los pocos segundos su objetivo estaba realizado: Mateo le había dado todos sus datos. Cuando llegaba al final de su guión con cierta pena, él la paró diciendo escucha Bansara, acepté tus argucias a cambio de que esta noche a las 8 te sometas a mi voluntad sin temor y pudor, sabes donde vivo sólo tienes que venir ¿de acuerdo? Dejó resonar de forma juguetona Mateo, mientras producía en ella el efecto de un huracán arrasando todo a su paso.
Bansara pasó a ser la oyente, víctima de la estrategia y protagonista de una invitación sexual en toda regla, dudó pero, sus labios la traicionaron con un sí estaré allí, al escucharse a sí misma colgó sin más. Había caído en las garras de un desconocido en apenas dos minutos, un auténtico mago de la sensualidad y erotismo a través de las palabras soltadas por una cuerdas vocales magas en el amor.
Fue su mejor día de la semana laboralmente hablando. Consiguió sus objetivos, por primera vez en una semana estaba en el nivel que le exigían. Aquella voz era la causante de su éxito, la había levantado con alas invisibles la moral, volviendo a conseguir ser la de siempre, la dueña en casas desconocidas, domadora de voluntades y valerosa guerrera de los nos convertidos en sís.
Cuando tocó el timbre de Mateo sus manos sudaban , sus labios temblaban, le apetecía conocerlo y a vez sentía la necesidad de retroceder, huir de allí. La lucha la ganó la curiosidad insaciable que la gobernaba, cuando él abrió la puerta, dueña de nuevo en casa ajena retomó la conversación anterior dominando por completo a Mateo, que sólo la escuchaba con mirada risueña y divertida , desnudándola en cada mirada sin disimulos. Mientras la conducía al salón y la invitaba a tomar asiento frente a él, para poder seguir observándola sin disimulos, sus ojos reparaban en sus formas, quitando la ropa en esa calma sin palabras.
Cuando al fin se hizo muy evidente para Sansara quién era el dueño del silencio, cerró de repente la boca. Él la había vuelto a desarmar, con su frivolidad y sumisión conseguía dominarla, ella ahora mirándole rabiosa por su inteligencia y habilidad, no pudo menos que mascullar :
Bueno se me hace tarde, he de irme Mateo, sólo vine a conocerle y conversar sobre lo que hablamos esta mañana- Sonó dulce pero a metal carente de sentimiento, cercana ya la próxima despedida de Mateo-
No corras tanto, todavía no has visto mi ...se detuvo en seco. Ella lo miraba indignada, imaginando la proposición indecente que no llegó y en su lugar, jugando de nuevo terminó la frase con “cocina”. Bansara no podía creerlo, de nuevo la reducía a ser cordial y devota. Al entrar en la cocina, él sin mediar palabra la tumbó bocabajo sobre la mesa de madera cuadrada de bordes redondeados que por suerte era resistente y amplia. Le bajó su pantalón y sin preguntarle nada , comenzó a investigar sobre sus zonas erógenas predilectas.
Ella, ruborizada y sin poder resistirse a tanto placer se abandonó por completo sobre la mesa a cualquier resistencia, deseaba todo aquello, la lengua de él recorriendo todos sus rincones, descubriendo placeres olvidados.
En pocos minutos gemía mientras su cuerpo congestionado en espasmos estallaba como un arco iris por el estímulo de sus partes sexuales. No pudo descifrar tanto placer sentido, fue mágico, aquel hombre era un perfecto amante.
Las manos angulosas y suaves, sus dedos fuertes la perdían. Sus pechos erectos y su piel erizada hablaban de su excitación sin límites ante aquellas amas habilidosas, tan atrayentes como su dueño, que tocaban su sexo y la cedían exhausta por el temblor de un orgasmo tras otro.
Sus lenguas se fundían en un abrazo de serpientes ávidas del abrazo de la ternura. Comían y bebían la savia que regaba sus cuerpos. Sus propios fluidos corporales eran absorbidos en perfecta reciprocidad.
Cuando Mateo reclamó su atención y recompensa hacia su excitado falo, ella no pudo más que de nuevo doblegarse, lo deseaba, lo quería acariciar, lamer, engullir, ansiaba sentir el sabor dentro de su boca, rozar con la lengua la punta del glande, mientras sus ojos lo observaban disfrutar de un placer arrebatador, ella juguetona prosiguió su lección de dominio por primera vez, alargando sus técnicas de perfecta amante para aquel hombre tan potente, tan fantástico en el terreno sexual, que había conseguido elevar su alma a una nube de pasión intensa.
Cuando su pene estuvo loco y erguido como caballo de indio, Sansara notó agradecida su fuerza descubriendo la entrada de su cuerpo y moviéndose como jaleosa tubería en la entrada de un garaje caliente, donde era el único usuario . Ahora eran dos máquinas jadeantes al unísono que compartían un placer demencial. Besos, caricias, sexo y complicidad fueron el manto que les cubrió por entero durante toda la noche, bebían y se vaciaban como un río de caudal inagotable por la pasión eléctrica que les había conectado en aquella aventura que se produjo de forma causal por el encuentro solitario de dos almas que supieron reconocerse en el silencio del sonido de la voz.
Fin
2 comentarios:
Ah la curiosidad y los encuentros, ¿quién sabe a dónde nos ppueden codnucir?
Bonito cuento donde las insinuaciones se hacen realidad mágica.
Sí como tu bien dices nunca se sabe a donde le puede conducir leer fantasía eh??¿
jejejejejej.
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