Era un día como otro cualquiera en la vida de Anastasio, el tiempo sin contar, muerto en la vida del abandono sin amor. Su peine carcomido por el uso, sus pelos grasientos y sus ropas adecentadas en alguna fuente con algo de jabón, liberadas de la miseria de vagabundo sin lugar a donde anclar le dotaban de un aspecto semi normal. Salvo sus manos sucias, sus periódicos bajo el brazo y su americana pasada de moda, era imperceptible a primera vista distinguir su pésima situación en la vida al ser un paria sin cama.
No sabría decir la de años que lo había visto caminar por las diferentes etapas de mi vida. Siempre me maravilló su exquisita educación, sus formas para contar rápido, su sonrisa amplia... Cuántas veces pensé que hecho trascendental cambió el curso de un hombre normal y lo llevó a ser un hombre solitario, abandonado y juzgado por una sociedad que no le gusta ver seres que tiran la toalla y se humillan buscando el consuelo de una limosna de turno.
Pero las voluntades se tuercen, cuando la mala suerte golpea con dureza la vida. Pasó de ser un empleado envidiado y brillante a un ser sin iniciativa propia tras su pérdida de empleo en la sucursal de correos: Un despido disciplinario dijeron, por no entrar en razón con el jefe que durante años se dedicó a enviarle al trastero a ordenar todas aquellas cartas inclasificadas por empleados incompetentes que no ejercían su trabajo con habilidad. Y es que ser eficiente, educado y muy trabajador no es conveniente, no le convino serlo y al final la cosa acabó mal.
Un despido tan injusto, lejos de llenarle de ganas de luchar, le desequilibraron de por vida. Pudo haber buscado otro empleo, sin embargo, prefirió ver alejarse por la ventana todas las cosas que un día le importaron; trabajo, familia, casa...
Todavía recordaba a su hijo con los ojos de admiración verlo aparecer los domingos en horario de visita. Siempre le preguntaba porque iba vestido con la americana reglamentaria del trabajo si era festivo y ese día no trabajaba. Él siempre le respondía que porque acababa de salir y con las prisas se le había olvidado ir a casa.
La razón era bien distinta. Quería parecer importante ante su hijo. Aquella vieja americana la conservaba doblada y escondida en el fondo de una vieja maleta, roída por el paso del tiempo en un sitio escondido para que sus propios compañeros de penurias no se la robaran.
Era tan duro el recuerdo de aquellos ojos del niño despreciándole años después al descubrirlo pidiendo en la calle, sentado y sin nada que decir, que le hubiera gustado morir de algunas de aquellas gripes sin tratar, que año tras año lo habían tumbado en al calle próximo a la muerte por falta de atención médica.
No sabría decir la de años que lo había visto caminar por las diferentes etapas de mi vida. Siempre me maravilló su exquisita educación, sus formas para contar rápido, su sonrisa amplia... Cuántas veces pensé que hecho trascendental cambió el curso de un hombre normal y lo llevó a ser un hombre solitario, abandonado y juzgado por una sociedad que no le gusta ver seres que tiran la toalla y se humillan buscando el consuelo de una limosna de turno.
Pero las voluntades se tuercen, cuando la mala suerte golpea con dureza la vida. Pasó de ser un empleado envidiado y brillante a un ser sin iniciativa propia tras su pérdida de empleo en la sucursal de correos: Un despido disciplinario dijeron, por no entrar en razón con el jefe que durante años se dedicó a enviarle al trastero a ordenar todas aquellas cartas inclasificadas por empleados incompetentes que no ejercían su trabajo con habilidad. Y es que ser eficiente, educado y muy trabajador no es conveniente, no le convino serlo y al final la cosa acabó mal.
Un despido tan injusto, lejos de llenarle de ganas de luchar, le desequilibraron de por vida. Pudo haber buscado otro empleo, sin embargo, prefirió ver alejarse por la ventana todas las cosas que un día le importaron; trabajo, familia, casa...
Todavía recordaba a su hijo con los ojos de admiración verlo aparecer los domingos en horario de visita. Siempre le preguntaba porque iba vestido con la americana reglamentaria del trabajo si era festivo y ese día no trabajaba. Él siempre le respondía que porque acababa de salir y con las prisas se le había olvidado ir a casa.
La razón era bien distinta. Quería parecer importante ante su hijo. Aquella vieja americana la conservaba doblada y escondida en el fondo de una vieja maleta, roída por el paso del tiempo en un sitio escondido para que sus propios compañeros de penurias no se la robaran.
Era tan duro el recuerdo de aquellos ojos del niño despreciándole años después al descubrirlo pidiendo en la calle, sentado y sin nada que decir, que le hubiera gustado morir de algunas de aquellas gripes sin tratar, que año tras año lo habían tumbado en al calle próximo a la muerte por falta de atención médica.
Los años han enloquecido sus ojos. Hoy pasó junto a mi de nuevo, llevaba mucho tiempo sin verlo, sus ojos estaban perdidos, creyeron reconocerme, pero siguieron, cuánta soledad y dureza acumulada. El impacto me hacen temblar de pavor, pienso en las noches, los días los años que lo conozco y como su sonrisa ha desaparecido, veo vacio, veo soledad, veo ...
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