lunes, 21 de julio de 2008

Hélida y sus deseos primitivos

Hélida y sus deseos primitivos

Hélida se despertó sudorosa . Eran las cuatro de la mañana.. Adalberto dormía como de costumbre hondamente. Se levantó sobresaltada, de mal humor de nuevo el sueño o pesadilla se repetía una y otra vez. En el ella estaba lamiendo el sexo de una mujer atractiva, exuberante y disfrutaba enormemente haciéndolo.

Fue hacia la cocina y bebió agua. Necesitaba desahogarse estaba sobre excitada. Tocó su sexo y hasta su clítoris estaba inflamado. Fue hacia el salón cogió su masturbador y introdujo en su dvd una película de sexo lésbico. Se quitó las bragas, mientras frotaba sus pechos chupó el aparato de silicona y lo deslizando lentamente hacia el interior de su vagina, imitando a las protagonistas de la escena pornográfica.

Estaba a punto de llegar al orgasmo cuando Adalberto la sorprendió. Las voces y jadeos lo habían despertado. Siguiendo el sonido de las mismas llegó hasta el salón.

-Pero Hélida de nuevo masturbándote. ¿Nunca tienes bastante ? Siempre estás con esas películas de tías viciosas que se meten pollas de goma, me voy a la cama. Disfruta por los dos. Dicho esto se alejó marcando sus pies descalzos al regresar a la habitación, síntoma inequívoco de su disgusto, la furia lo invadía. No soportaba ver a su novia metiéndose aquel masturbador de silicona, sentía que se alejaba de él y no sabía como satisfacerla para que dejara de hacer aquello.

Ahh!!! Es lo único que pudo decir ella. tras estallar en un impetuoso orgasmo. Todo su cuerpo palpitaba .Ni si inmutó al ser pillada en el acto. No se sentía culpable, necesitaba de aquellas películas. Los sueños la consumían en una lujuria insatisfecha. Necesitaba tener sexo con una mujer, su subconsciente le estaba revelando una bisexualidad. No quería ser así, pero no podía negarlo por más tiempo. Las mujeres la atraían. No cualquiera, sino las que poseían una carga sexual, atractivas, imponentes, seguras de sí misma, las que en definitiva no tenían barreras.

A la mañana siguiente mientras desayunaban juntos en la cocina antes de irse a trabajar, Hélida pudo percatarse del silencio intencionado de Adalberto. Apenas le dirigía la mirada, comía en silencio, pensativo, ausente, buscando una forma de olvidar lo que le estaba devorando de rabia.

Hélida no quería hablar de ello, así que ignoró la mala actitud de su novio, se vistió sin prisa y se fue como de costumbre hacia su trabajo. A las ocho, al salir de su turno laboral, sus pies la condujeron por primera vez hacia un bar de copas que era frecuentado por mujeres lesbianas. Entró, el ambiente era muy distinto a como se lo había imaginado. Un local oscuro, lleno de luces de neón, una mujer atractiva se situaba detrás de la barra, era de unos cuarenta, rubia y muy exuberante. Le preguntó con una voz agradable que tomaría

-Póngame una cerveza.

El local estaba casi desierto. Se notaba que acaban de abrir. A los pocos minutos comenzaron a entrar varias mujeres alegres, atractivas que se pusieron cerca de ella en la barra. No paraban de mirarla, se notaba que era nueva en el lugar y intentaban indagar quizás su grado de homosexualidad.

-Hola soy Blanca. Se presentó una morena, atractiva de unos veinticinco años, pelo largo negro, ojos grandes de mirada dulce e intensa. ¿Es la primera vez que buscas sexo con mujeres querida? Le preguntó intentando iniciar una conversación.

Hélida asintió sin decir palabra. Apenas se atrevía a mirarla. Le gustaba, rezaba para que no se fuera y siguiera hablándola.

- Bien, ¿ te gusto? A mí me pones bastante. ¿Podemos ir a tu casa? Le propuso Blanca sin más preámbulos. ¿Te llamas?

- Hélida. Titubeó mientras pensaba. Sí, podemos no vivo muy lejos además tengo el coche aparcado cerca. No pensó en Adalberto, la lujuria se había apoderado de ella y esa mujer voluptuosa la estaba invitando discretamente a tener sexo. Pagó su copa y ambas salieron habando amigablemente en dirección hacia la casa.

Al llegar al apartamento de Hélida ambas estaban muy excitadas. Habían ido manteniendo una conversación sobre sexo lésbico en el coche. Hélida sabia que su novio llegaría en una hora, no le dio importancia, tenían tiempo de sobra. Comenzaron a besarse impetuosamente, fueron hacia la bañera y juntas tomaron un baño descubriendo el cuerpo mientras se enjabonaban mutuamente. Acabaron y salieron mojadas, con ganas de seguir tocándose, cayeron enrolladas sobre la cama. Hélida insinuó a Blanca que quería que le lamiera el sexo. Esta sonrió y bajo su cabeza hacia el, chupando, lamiendo, introduciendo sus dedos en la vagina la hizo correrse de placer en apenas quince minutos.

Ambas mujeres se comieron a besos, se poseyeron vaginalmente empleando masturbadores, se lamieron todas las zonas sensuales; muslos, ombligo, axilas, trasero, espalda. Etc. Alcanzaron pletóricos orgasmos. Era tal la diversión que tenían, que no percibieron la presencia de Adalberto en el rellano de la puerta del dormitorio. Estaba serio, de brazos cruzados, sus ojos se adivinaban fríos, su porte reflexivo, estaba indeciso, no sabía que actitud tomar. La escena sin duda le desagradaba, le dolía ver a su chica follando con otra mujer, pero a la vez lo excitaba profusamente. Hélida pudo descubrirlo al encontrarse de forma fortuita con sus ojos, se quedó meditabunda, se levantó y fue a su encuentro, olvidando que estaba siendo comida por Blanca, lo besó cariñosamente y al abrazarlo, notó que su pene estaba medio erecto.

Adalberto emitía chispas, estaba conmocionado de rabia ,pero el roce de los labios de Hélida lo calmaron, lo trasmutaron y su deseo fue creciendo paulatinamente. La aceptó y poco a poco fue conduciéndolo hacia la cama. Blanca estaba estupefacta. Aquello se estaba convirtiendo en algo inesperado, temía el final, pero se repuso y se dejó llevar por los acontecimientos venideros.

Hélida la miró ordenándola una sumisión total hacia su hombre, símbolo de respeto. Blanca aceptó y lentamente fue dirigiéndose hacia él. Ambas lo tumbaron y lo fueron desnudando lentamente. Besos, arrumacos y muchas caricias en exclusiva hacia el tercer invitado que careciendo de ella se unía al trío improvisado.

Adalberto se dejó llevar por las chicas, ambas lamían y jugueteaban con su zona erógena, se llegaban a pelear por introducir el falo en la boca, Le practicaron ambas un buen sexo oral. Cuando llegó al límite de su control, le dijo a Hélida, come ”el coño de tu amante, yo voy darte por el culo” sonó duro, fuerte, dominante, como se sentía en ese preciso momento.

Ella quiso objetar, lo habían hablado otras veces, ella no era receptora de ese tipo de sexo, no le iba, pero era justo. Así que Adalberto aprovechó la infidelidad de su novia para que ella le dejara penetrarla por la región perineal, cosa a la que siempre se había opuesto férreamente.

Hélida estaba tensa. ¡Oh Dios las pocas veces que lo habían intentado no lo había soportado. Ojalá pudiera sosegarse y pensar en otra cosa!

-Relájate le impuso Adalberto, no te dolerá sino haces fuerza. Inició el acto metiéndole un dedo untado en saliva por el ano, ella seguía sin alterarse aparentemente lamiendo el sexo de Blanca, luego un poco de lubricante y un segundo dedo. Abrió bien sus piernas y puso su pene en la entrada. Tuvo que forzar un poco, seguía siendo estrecha. Ella al notarlo sintió dolor, él le susurró un no te cierres o te dolerá más. Ella obedeció, se abstrajo de esa sensación poco placentera lamiendo con fervor el sexo convulsionado a punto de orgasmo de Blanca, intentaba olvidarse de que su novio la estaba taladrando y le hacía daño. Duró unos cuantos minutos esa sensación, luego sentía una embestida distinta pero ya no era tan molesta.

Adalberto la tomó lentamente, sin prisas, disfrutando del calor y la angostura de su ano virginal. Estaba jubiloso. Veía que su novia estaba dejando de chupar a Blanca, jadeaba, estaba sintiendo placer, gemía, por lo visto estaba disfrutando de aquella primera vez..

Él fue adaptando los tiempos, cuando supo que Hélida logró su orgasmo, él se vino teniendo uno de sus mejores momentos de éxtasis. Blanca al verlos enganchados y tan febriles había optado por vestirse y abandonarlos sin que presintieran su fuera de escena. Desde el momento en que él la había tomado por detrás, Helida la había ignorado por completo, Su deseo había desaparecido de forma inusitada. Él al terminar, quiso saber que le había parecido esa forma nueva de amarla.

-Me ha producido sensaciones contrarias, dolor y placer, ha sido distinto, me ha gustado muchísimo. Pensé que precisaba tener una relación lésbica y no me lo he pasado ni la mitad de bien con ella que cuando tú me has tomado por sorpresa y me has condicionado con sexo anal. Era lo que faltaba por probar, ahora estoy segura de que no me gustan las mujeres.

-Bueno nena, no tan deprisa. Yo he visto como disfrutabas con tu amiguita Blanca y estoy seguro de que la llamaremos pronto. Me ha puesto mucho la escena que he vivido y quiero repetirla, puede ser un buen complemento para los dos.

-Bueno amor, si insistes, mantendremos tríos. Pero no será tan sensacional como sentirte a ti y tus embestidas mágicas.

Y ambos comenzaron de nuevo a amarse. Principiando una postura invertida, un sesenta y nueve de bocas jugosas sobre sus aparatos reproductores. Luego proseguirían con la postura que más les apeteciera, acababan de romper las únicas barreras que los alejaban del placer, las cumbres más álgidas habían sido coronadas.

Fin

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