Llevo días con la idea de ir a donar sangre. Hace calor y mi mente actúa con precisión analítica en la época que nos ocupa; es verano, disminuyen los donantes y aumentan los accidentes de tráfico por los desplazamientos vacacionales.También están los dependientes de esa trasfusión de sangre por su enfermedad, incluído niños. Así que con mi buen humor y vitalidad habitual me encamino rumbo al hospital con sala de donaciones cercano a mi hogar. Entro y la ATS y médico, ambas mujeres están charlando amigablemente, comentando los detalles de los programas de cotilleo matutinos que están en ese momento en antena. Me reciben con cordialidad. Relleno el temible formulario leyendo por encima y señalando con una aspa en el "no" en todas las casillas. Soy una mujer afortunada después de todo con una salud de adolescente, reflexiono en silencio al recordar levemente las indagaciones genéricas del equipo médico y su manera de descartar a un donante que sea un riesgo.
Paso a la sala contigua con la doctora. Pincha mi dedo, extrae unas gotas y un cristal las absorbe. Lo introduce en una máquina para medir mi nivel de hemoglobina supongo, debe ser superior a doce. Analiza la sangre tras unos minutos, arroja un valor de once y poco. Vuelve a pincharme, esta vez en la otra mano, para realizar otra prueba más fiable. Ella desea llevar a cabo la donación presintiendo mi perfil de persona apta y con estado de salud óptimo. Comenta que no se fía de la maquinita ésa ( médica pragmática y experta) y que va a probar con la gotita echada en un vaso que contiene un líquido de color azulado. La prueba siguiente consiste en observar la gotitas de sangre deben mantenerse al menos veinte segundos flotando antes de irse al fondo. Esperamos ambas con inquietud y sí, va a realizar la extracción de los 450cc tan necesarios. La estudio no puedo evitarlo, necesito confianza. Ella es una mujer fuerte, más alta que yo y un poco fondona, de pocas palabras como todos los médicos y mirada escrutadora que saca conclusiones sin necesitar de preguntar demasiado. Estoy hablando sin parar, necesito saber como piensa. Apenas participa, hace su trabajo, sólo escucha, toma mi tensión la max 10 y la min 6, es baja, lo normal en mí porque no bebo, no fumo y mi vida es muy tranquila. Sin darme cuenta presumo, soy deportista, ella me mira valorando con ojos de buena inspectora lo declarado, mi pulso es de 54 ppm es lógico, ahora cree con demostrada certeza. Los deportistas tienen un pulso algo más lento que las demás personas.
Tras la breve estancia con la doctora paso a la primera sala. Lo agradezco, no me gusta la compañia de esta mujer tan poco comunicativa y bajo estado de ánimo, casi sombrío. La ATS está esperándome, estoy afable y le doy a elegir un brazo, por variar. Palpa primero el izquierdo, mi vena a la altura del pliegue interno del codo. Revela que es como el Amazonas sinuosa. Me explica que no es ideal no hay agujas curvas, sólo rectas, no quiere fallar. Entiendo con pocas explicaciones y le ofrezco el brazo de costumbre, ella vuelve a tocar y asiente, este es perfecto, con una vena recta bien marcada.
Noto el pinchazo y la aguja introducirse en mi vena, ni un ligero dolor aunque si noto el grosor del metal alojarse. Tapa con discrección con una gasa por encima de la aguja para evitar que me asuste, estudia mis reacciones. No soy de las flojas, decide tras mirarme a los ojos, no hará falta pasar un algodón impregnado en amoníaco para evitar un desmayo. Me trae una lata del refresco, coca, me sienta fenomenal en las donaciones. Cafeína y azúcar. Limpia la lata con papel antes de abrírmela, como lo agradezco ese detalle con la mirada. Mientas en el sillón-camilla paralelo ( hay tres, enfrente un televisor colgado que emite para entretener al donante y dejar que no piense en la bolsa que se va llenando) un señor con un libro lomo de ladrillo del doce se recuesta esperando su turno.
La ATS se acerca para tomar el primer contacto. Con spicología inicia una conversación en torno a ese libro. Giro mi cabeza hacia ese lugar. Lo observo, pertenece a una biblioteca pública, el hombre tapa con su mano el título y ella consigue descubrir al autor, ¡Vaya! analizo con sorpresa, somos tres lectores en potencia, pero no entro a debate, escucho con atención sus comentarios. Hablan del "último judio" y la forma de relatar tan realista del autor. El señor no quiere profundizar la conversación y ella decide dejarle en paz. Le trae el mismo refresco porque él lo solicita. Se inicia una conversación distendida entre ella y yo sobre el deporte y las zonas que no tiene mi ciudad para correr, yo le comento que aún así algo se encuentra. En apenas unos minutos mi bolsa se ha llenado, la máquina avisa con un piiiiii de alarma que ha finalizado. Ellla apaga la alarma retira la aguja de mi brazo, posa un algodón que apreto levemente ya que recuerdo que no hay que ejercer presión sólo sugetarlo ( se hacen hematomas y puede causar un problema no recuerdo el motivo pero si que no debo hacerlo). Tras unos minutos cambia, ahora aplica una goma elástica alrededor de mi brazo a la altura del pinchazo, justo en el codo y lo sujeta con unas tijeras verdes de punta plana para agarrar con fuerza. Me levanto y estoy cinco minutos más sentada. Ha sido un éxito completo, no hay mareos, bajadas de tensión o malestar. Ahora damos paso a los hijos y en unos pocos minutos conversamos sobre ellos. Somos tres padres hablando de la misma pasión y miedo; la idas y vueltas de ellos reclamando nuestra atención constante en sus vidas. Me despido sabiamente con dulzura habiendo compartido un rato de mi vida con tres extraños y hecho algo bueno por los demás, sin esfuerzo.
Donar sangre no duele, es como sentarse a tomar una coca gratis en un lugar fresquito mientras charlas con los amigos. Soy positiva y la vida me respalda. Mañana de nuevo sacaré mis zapatillas para quemar kilómetros. ¡Qué felicidad!
Paso a la sala contigua con la doctora. Pincha mi dedo, extrae unas gotas y un cristal las absorbe. Lo introduce en una máquina para medir mi nivel de hemoglobina supongo, debe ser superior a doce. Analiza la sangre tras unos minutos, arroja un valor de once y poco. Vuelve a pincharme, esta vez en la otra mano, para realizar otra prueba más fiable. Ella desea llevar a cabo la donación presintiendo mi perfil de persona apta y con estado de salud óptimo. Comenta que no se fía de la maquinita ésa ( médica pragmática y experta) y que va a probar con la gotita echada en un vaso que contiene un líquido de color azulado. La prueba siguiente consiste en observar la gotitas de sangre deben mantenerse al menos veinte segundos flotando antes de irse al fondo. Esperamos ambas con inquietud y sí, va a realizar la extracción de los 450cc tan necesarios. La estudio no puedo evitarlo, necesito confianza. Ella es una mujer fuerte, más alta que yo y un poco fondona, de pocas palabras como todos los médicos y mirada escrutadora que saca conclusiones sin necesitar de preguntar demasiado. Estoy hablando sin parar, necesito saber como piensa. Apenas participa, hace su trabajo, sólo escucha, toma mi tensión la max 10 y la min 6, es baja, lo normal en mí porque no bebo, no fumo y mi vida es muy tranquila. Sin darme cuenta presumo, soy deportista, ella me mira valorando con ojos de buena inspectora lo declarado, mi pulso es de 54 ppm es lógico, ahora cree con demostrada certeza. Los deportistas tienen un pulso algo más lento que las demás personas.
Tras la breve estancia con la doctora paso a la primera sala. Lo agradezco, no me gusta la compañia de esta mujer tan poco comunicativa y bajo estado de ánimo, casi sombrío. La ATS está esperándome, estoy afable y le doy a elegir un brazo, por variar. Palpa primero el izquierdo, mi vena a la altura del pliegue interno del codo. Revela que es como el Amazonas sinuosa. Me explica que no es ideal no hay agujas curvas, sólo rectas, no quiere fallar. Entiendo con pocas explicaciones y le ofrezco el brazo de costumbre, ella vuelve a tocar y asiente, este es perfecto, con una vena recta bien marcada.
Noto el pinchazo y la aguja introducirse en mi vena, ni un ligero dolor aunque si noto el grosor del metal alojarse. Tapa con discrección con una gasa por encima de la aguja para evitar que me asuste, estudia mis reacciones. No soy de las flojas, decide tras mirarme a los ojos, no hará falta pasar un algodón impregnado en amoníaco para evitar un desmayo. Me trae una lata del refresco, coca, me sienta fenomenal en las donaciones. Cafeína y azúcar. Limpia la lata con papel antes de abrírmela, como lo agradezco ese detalle con la mirada. Mientas en el sillón-camilla paralelo ( hay tres, enfrente un televisor colgado que emite para entretener al donante y dejar que no piense en la bolsa que se va llenando) un señor con un libro lomo de ladrillo del doce se recuesta esperando su turno.
La ATS se acerca para tomar el primer contacto. Con spicología inicia una conversación en torno a ese libro. Giro mi cabeza hacia ese lugar. Lo observo, pertenece a una biblioteca pública, el hombre tapa con su mano el título y ella consigue descubrir al autor, ¡Vaya! analizo con sorpresa, somos tres lectores en potencia, pero no entro a debate, escucho con atención sus comentarios. Hablan del "último judio" y la forma de relatar tan realista del autor. El señor no quiere profundizar la conversación y ella decide dejarle en paz. Le trae el mismo refresco porque él lo solicita. Se inicia una conversación distendida entre ella y yo sobre el deporte y las zonas que no tiene mi ciudad para correr, yo le comento que aún así algo se encuentra. En apenas unos minutos mi bolsa se ha llenado, la máquina avisa con un piiiiii de alarma que ha finalizado. Ellla apaga la alarma retira la aguja de mi brazo, posa un algodón que apreto levemente ya que recuerdo que no hay que ejercer presión sólo sugetarlo ( se hacen hematomas y puede causar un problema no recuerdo el motivo pero si que no debo hacerlo). Tras unos minutos cambia, ahora aplica una goma elástica alrededor de mi brazo a la altura del pinchazo, justo en el codo y lo sujeta con unas tijeras verdes de punta plana para agarrar con fuerza. Me levanto y estoy cinco minutos más sentada. Ha sido un éxito completo, no hay mareos, bajadas de tensión o malestar. Ahora damos paso a los hijos y en unos pocos minutos conversamos sobre ellos. Somos tres padres hablando de la misma pasión y miedo; la idas y vueltas de ellos reclamando nuestra atención constante en sus vidas. Me despido sabiamente con dulzura habiendo compartido un rato de mi vida con tres extraños y hecho algo bueno por los demás, sin esfuerzo.
Donar sangre no duele, es como sentarse a tomar una coca gratis en un lugar fresquito mientras charlas con los amigos. Soy positiva y la vida me respalda. Mañana de nuevo sacaré mis zapatillas para quemar kilómetros. ¡Qué felicidad!
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