martes, 2 de diciembre de 2014

El hermoso corazón de Coquita



El hermoso corazón de Coquita


Coquita estaba ansiosa y feliz. Dentro de poco sería de nuevo Navidad. A sus setenta y ocho años aún tejía bufandas y peucos para los niños. Una enorme sonrisa se le dibujaba en el rostro cada vez que llegaba un nuevo niño al barrio. 

Desde la distancia, comenzaba a observarlo haciendo conjeturas sobre el tamaño de sus pies y altura. Pronto ese infante, disfrutaría de un preciosa bufanda de lana y unos peucos divertidos de colores alegres,calentitos y suaves para las noches de invierno. Tenía por costumbre elaborar los regalos durante todo el año para que cuando llegara la Nochebuena los tuviera terminados.


Su gato Lolo tranquilo, perezoso y travieso la vigilaba, de penetrantes ojos azul turquesa, simulaba dormir placidamente en el sofá, fingía, en esperaba de cualquier descuido de su ama para abalanzarse sobre su mecedora y enredar las madejas de hilos de lana. Se lo pasaba en grande en los pequeños momentos donde conseguía hacer rodar y enredar todas las madejas, era un auténtico desastre el que dejaba tras su paso. luego corría entre maullidos lastimeros para evitar que la anciana prosiguiera una persecución plumero en mano, para darle un escarmiento por sus repetidas travesuras. También él disfrutaba de una mantita de colores con la que cada noche Coquita le cubría para que no pasara frío.

Doña Roquita, también era una flel devota de los ovillos de lana. La ratona recogía con mucha cautela los pequeños trozos sobrantes que caían al suelo al terminar de tejer alguna pieza. Luego los llevaba a su ratonera e imitaba a la dueña de la casa tejiendo con mucho amor gorritos para su nueva camada de ratoncitos. Ese invierno dormirían todos muy calentitos.
Así transcurrían los días en aquel hogar de armoniosa paz. Hasta que le llegó una carta. Al abrirla la anciana sufrió un dolor en su corazón. Se le acababa de agarrotar el latido y tuvo que dejarla e ir a beber agua mientras su mente, trataba de imaginar lo que sucedería a partir del aquel instante. La carta decía lo siguiente: " Por motivo de no haber cubierto la deuda del préstamo hipotecario vamos a ejecutar el desahucio". Que tristeza a su edad, quedarse sin hogar. Recordaba que su marido sacó un dinero para reformar la casa antes de morir pero no sabía que aquel dinero aún no se había terminado de pagar. En el banco la agobiaron, no le dieron soluciones más bien todo lo contrario. Debía marcharse a final de mes.

Con mucha ansiedad quiso retomar la serenidad de sus días, pero era imposible, aquel hecho la había sumido en una profunda tristeza. Los padres de los niños supieron pronto de la desgracia de aquella anciana. Ella siempre había sido buena y generosa con todos y no se merecía que por confiada se aprovecharan de ella. Así que decidieron ayudarla. Hicieron una colecta en el barrio, sorteos y rifas. Si esto no fue suficiente compraron décimos de loteria para recaudar más fondos. Casi consiguieron reunir la cantidad de la deuda, pero el banco, deseoso de apoderarse de la propiedad, no quiso aceptar el pago en el último momento. El plazo para poder liquidar la deuda había expirado. Debía marcharse.

Coquita vivió con mucho alivio la actuación de los vecinos, casi se sentía salvada a pesar de saber que no habían conseguido nada. Cuando llegó Nochebuena, como era costumbre todas las mamás y papás acudieron a su casa a recibir los regalos de esa noche tan especial.
Uno a uno todos fueron pasando, regalándole la hermosa sonrisa del niño ilusionado, maravillado, a cambio de su paquetito de Navidad. Entre los más pequeños, envolvía también dulces de chocolate y gominolas.

Era casi mediodía cuando escuchó el primer premio de Lotería. Coquita había comparado diez décimos y había hecho participaciones para todos los padres, que debido a la crisis económica muchos se hallaban sin trabajo y algunos en una situación tan desesperada como la suya.

Escuchó la preciosa voz de la niña, debía tener diez años 26,555 una y otra vez repetía el número llena de alegría por haber sido capaz de cantar el primer premio.
En ese momento, dejó su labor de recibir a los niños y fue a comprobar con sus ojos que no estaba equivocada. Era el número. Había comprado la serie entera y todo el barrio recibiría el premio. Fue tanta la inmensa emoción, que tuvo que sentarse y ser atendida por las mamás para que no le diera algo.

Su casa estuvo todo el día llena de gente. Pronto hasta las cámaras de televisión se hicieron eco de la noticia. Era maravilloso. Cuando llegó la noche, con el ánimo más calmado se reunió con su gato Lolo, de nuevo se sirvió su lata de paté de atún supremo y éste festejó con maullidos la satisfacción que sentía por el premio.

Coquita se sentó en el sofá, puso su ópera preferida y se durmió, ajena al futuro y a lo que sucedería con una dulce sonrisa abandonó este mundo, en la más infinita sensación de paz y felicidad. Por cierto, ella no se quedó ninguna participación del número, al fin había comprendido que ya no la necesitaba.
-Fin-


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