En estas reflexiones se hallaba
Piedreta, apuntando con fidelidad todos lo acontecido en su ágil
memoria de libro cuando de repente, supo que empezaba a tener
emociones, sí, ella que en la protección de la montaña se había
sentido inerte, un trozo de roca donde no existía el pensamiento,
deseo o necesidad ahora notaba crecer en su interior un corazón que
la dotaba de una emoción pura, incontrolable, desbordante donde
galopaban con intensidad los sentimientos . Había experimentado la
cólera con el pastor, el amor fraternal con los castores, el
egoísmo con el niño y el cariño por los seres que se
desarrollaban sobre la faz de la Tierra. El deseo por conocer más y
mejor al Hombre para comprender antes de juzgarle, la hicieron
experimentar una nueva emoción, ella no lo sabía pero estaba
naciendo en su interior la empatía. Un sentimiento noble, descubre
la bondad del que la posee, consiste en ponerse en el lugar del otro
y valorar lo que induce o impulsa a actuar de esa manera.
Inquieta, orgullosa y pletórica
brillaba con máximo esplendor en un día de calor otoñal en el
recodo del meandro de la desembocadura del río, donde se junta con
las aguas del mar. Contemplaba absorta los cambios experimentados en
las hojas de los árboles. Al principio de su llegada eran verdes,
frescas y suaves como las caricias del viento. Sin embargo, habían
mudado de color y forma; ahora estaban secas, arrugadas, de color
amarillo o tierra, muertas extendidas por el suelo creando un capa
gruesa, mullida que crujía al ser pisada por los animales
poniéndolos al descubierto cuando se acercaban a beber al río.
También eran recogidas por los pájaros para cubrir el nido de la
puesta. Los conejos y liebres las usaban para ocultar sus madrigueras.
Pronto darían protección y cálido abrigo para poder sobrevivir al
acuciante y largo invierno.
De repente estalló una tormenta, al
principio las gotas pequeñas cayeron conjugando el aroma reseco del
suelo en el aire. Olía a tierra seca, que cambia de olor a fresca y
a esencia de pino. El trepidar del agua produjo una orgía de olor
intercambiante, alternaban a ráfagas su intensidad, para hacer
sentir cada trozo de vida de aquel maravilloso bosque, donde las feas
hojas desteñidas destilaban bajo el golpeteo del agua su esencia más
pura y primitiva.
Parecía que toda la flora salvaje se
hubiera conjurado en aquel momento para hacer un sabroso té de
hojas, corteza, tierra y flores. Era embriagador, absorber ese
preciado aroma sutil y pesado a la vez, puro, embebedor, frutal,
teñido en esencia de romero, lavanda, tomillo, laurel y clavo. A
Piedreta la transportaron a un concierto altisonante, mágico de
ensoñación donde el vapor de las nubes absorbía la esencia como
premio. Estaba tan concentrada en la orquesta de gotas que no fue
consciente de la crecida del río, fue de nuevo la fuerte corriente
la que transportó hasta el mar.
Quedó aturdida en el cambio de aguas.
El mar era azul, hermoso, inmenso, intenso y bravo. Estuvo depositada
en el fondo viendo a los peces curiosear, sin duda querían descubrir
si era comestible. Estaba un poco aburrida de mirar los corales, de
los meros de ojos saltones y bocas serias, cuando de repente vio una
gran tortuga enredada en una red que le oprimía una aleta,
dificultando su avance.
-Eh tú, puedo ayudarte, acércate-le
gritó Piedreta desde el fondo-
-¿Cómo lo harás? Sólo eres una
piedra...
-Ven y lo sabrás-le dijo algo molesta
ante la soberbia respuesta, con ganas de olvidarla.
La tortuga de ojos tristes, se acercó
poco convencida de que aquella piedra oscura pudiera hacer algo para
liberarla. Piedreta de un salto, comenzó a cortar la red que la
tenía retenida casi por completo. Al soltar su aleta derecha,
comprobó que estaba herida. Se había hecho daño tratando de nadar
con toda aquella malla. La curó con sus poderes mágicos y le pidió
un favor. Debía llevarla hasta el lugar más próximo que tuviera
Tierra.
Macuca que así se llamaba la tortuga
verde, consintió cogiéndola en su boca la transportó a la arena de
la playa donde iba a depositar sus huevos. Era desierta en una isla
inhabitada, el lugar donde ella misma había nacido.
-Te daré protección para tus
pequeñas, con mi poder nadie podrá saquear el nido y cuando las
tortuguitas nazcan, tendrán el caparazón tan duro y de sabor tan
malo, que todos los animales que traten de comerlas, las abandonaran
por ser en exceso desagradables.-dijo a modo de sentencia final-
-Gracias Piedreta, nunca olvidaré lo
que has hecho por mí y mis pequeñas, si alguna vez me necesitas...
-Tranquila, mi deber es ayudar a todos
los animales, soy parte de la Gran Madre- respondió a modo de
despedida y dicho esto prosiguió su viaje.
Se quedó en la arena de la playa
maravillada por la intensidad del reflejo de los pequeños fragmentos
de colores variados que allí se hallaban. De pronto, un Hada de las
que inundan los cuentos se hizo presente para coger un cristal.
-Son mágicos, ¿sabes? Con ellos
iluminamos nuestras varitas mágicas para que los niños puedan
cumplir sus deseos.-le dijo con una voz dulce y clara-
-¡Ah!deben ser las famosas piedras
preciosas; zafiro, esmeralda, turquesa, ambar, aguamarina, rubí,
diamante...
-¡Nooo, paraaa! estos cristales son
vulgares. Llegan aquí transportados por las aguas, al principio son
picudos, pero las mareas y la erosión de la olas los redondean. Son
residuos del Hombre, esta isla los dota de poder para conceder
deseos. Si fueran cristales que tuvieran valor para el ojo que todo
lo atesora y quiere, ya no estarían aquí, esta isla maravillosa no
sería un lugar de retiro para las tortugas y las Hadas.
Piedreta quedó reflexiva ante la
invención de la propia tierra volcánica, sin duda recibía órdenes
directas de la Gran Madre, estaba en el camino adecuado. Recogió
apuntes y de nuevo quiso marchar.
-Oye gaviota, si me llevas tendrás
comida suficiente para abastecerte un año-le dijo a una voraz ave
blanca que estaba degustando un gran pescado.
-¿Cómo lo harás?-preguntó burlona
no creyendo ni una sola palabra.
-Prueba y verás. Cada vez que tengas
hambre, un pez del mar saltará a tu boca en sacrificio a su deber,
así durante un año.
-Vale, voy a probar...
Se dirigió a la orilla y dijo en voz
alta “tengo hambre”. Al minuto, un salmonete gordo y sabroso,
salió volando, en dirección a su boca, que lo engulló sin apenas
saborearlo. Se volvió a mirar sorprendida y satisfecha,a Piedreta y
simulando hacerle un favor muy costoso le dijo: “trato hecho,
roca”.
Voló con la gaviota transportada en su
pico. En el vuelo fue pensando en cómo le había crecido el corazón
al prestar ayuda desinteresada a los animales, lo hizo por pura
casualidad, salía del fondo de su sentimiento. Cuando llegaron a la
ciudad, el ave se detuvo a refrescarse en una fuente. Allí pudo
observar su cambiada forma. Ya no era tan estriada y cortante. Su
forma era redonda, pulida y su color gris blanquecino. Aún le
quedaban manchas moteadas, así que debía abordar su próxima
misión. Esta vez sería en compañía del temido ser humano.
Cuando aún observaba su transformación pudo contemplar en ese instante que le crecían manos, brazos, pies y cabeza. Ahora sería un precioso niño rubio de ojos grandes azules como el cielo de verano y cara ovalada angelical. Sin duda, la Gran Madre del Saber, le había preparado para abordar su última aventura.
Cuando aún observaba su transformación pudo contemplar en ese instante que le crecían manos, brazos, pies y cabeza. Ahora sería un precioso niño rubio de ojos grandes azules como el cielo de verano y cara ovalada angelical. Sin duda, la Gran Madre del Saber, le había preparado para abordar su última aventura.
-Fin
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