jueves, 4 de diciembre de 2014

Las aventuras de Piedreta II

En estas reflexiones se hallaba Piedreta, apuntando con fidelidad todos lo acontecido en su ágil memoria de libro cuando de repente, supo que empezaba a tener emociones, sí, ella que en la protección de la montaña se había sentido inerte, un trozo de roca donde no existía el pensamiento, deseo o necesidad ahora notaba crecer en su interior un corazón que la dotaba de una emoción pura, incontrolable, desbordante donde galopaban con intensidad los sentimientos . Había experimentado la cólera con el pastor, el amor fraternal con los castores, el egoísmo con el niño y el cariño por  los seres que se desarrollaban sobre la faz de la Tierra. El deseo por conocer más y mejor al Hombre para comprender antes de juzgarle, la hicieron experimentar una nueva emoción, ella no lo sabía pero estaba naciendo en su interior la empatía. Un sentimiento noble, descubre la bondad del que la posee, consiste en ponerse en el lugar del otro y valorar lo que induce o impulsa a actuar de esa manera.

Inquieta, orgullosa y pletórica brillaba con máximo esplendor en un día de calor otoñal en el recodo del meandro de la desembocadura del río, donde se junta con las aguas del mar. Contemplaba absorta los cambios experimentados en las hojas de los árboles. Al principio de su llegada eran verdes, frescas y suaves como las caricias del viento. Sin embargo, habían mudado de color y forma; ahora estaban secas, arrugadas, de color amarillo o tierra, muertas extendidas por el suelo creando un capa gruesa, mullida que crujía al ser pisada por los animales poniéndolos al descubierto cuando se acercaban a beber al río. También eran recogidas por los pájaros para cubrir el nido de la puesta. Los conejos y liebres las usaban para ocultar sus madrigueras. Pronto darían protección y cálido abrigo para poder sobrevivir al acuciante y largo invierno.

De repente estalló una tormenta, al principio las gotas pequeñas cayeron conjugando el aroma reseco del suelo en el aire. Olía a tierra seca, que cambia de olor a fresca y a esencia de pino. El trepidar del agua produjo una orgía de olor intercambiante, alternaban a ráfagas su intensidad, para hacer sentir cada trozo de vida de aquel maravilloso bosque, donde las feas hojas desteñidas destilaban bajo el golpeteo del agua su esencia más pura y primitiva.

Parecía que toda la flora salvaje se hubiera conjurado en aquel momento para hacer un sabroso té de hojas, corteza, tierra y flores. Era embriagador, absorber ese preciado aroma sutil y pesado a la vez, puro, embebedor, frutal, teñido en esencia de romero, lavanda, tomillo, laurel y clavo. A Piedreta la transportaron a un concierto altisonante, mágico de ensoñación donde el vapor de las nubes absorbía la esencia como premio. Estaba tan concentrada en la orquesta de gotas que no fue consciente de la crecida del río, fue de nuevo la fuerte corriente la que transportó hasta el mar.

Quedó aturdida en el cambio de aguas. El mar era azul, hermoso, inmenso, intenso y bravo. Estuvo depositada en el fondo viendo a los peces curiosear, sin duda querían descubrir si era comestible. Estaba un poco aburrida de mirar los corales, de los meros de ojos saltones y bocas serias, cuando de repente vio una gran tortuga enredada en una red que le oprimía una aleta, dificultando su avance.
-Eh tú, puedo ayudarte, acércate-le gritó Piedreta desde el fondo-
-¿Cómo lo harás? Sólo eres una piedra...
-Ven y lo sabrás-le dijo algo molesta ante la soberbia respuesta, con ganas de olvidarla.

La tortuga de ojos tristes, se acercó poco convencida de que aquella piedra oscura pudiera hacer algo para liberarla. Piedreta de un salto, comenzó a cortar la red que la tenía retenida casi por completo. Al soltar su aleta derecha, comprobó que estaba herida. Se había hecho daño tratando de nadar con toda aquella malla. La curó con sus poderes mágicos y le pidió un favor. Debía llevarla hasta el lugar más próximo que tuviera Tierra.

Macuca que así se llamaba la tortuga verde, consintió cogiéndola en su boca la transportó a la arena de la playa donde iba a depositar sus huevos. Era desierta en una isla inhabitada, el lugar donde ella misma había nacido.

-Te daré protección para tus pequeñas, con mi poder nadie podrá saquear el nido y cuando las tortuguitas nazcan, tendrán el caparazón tan duro y de sabor tan malo, que todos los animales que traten de comerlas, las abandonaran por ser en exceso desagradables.-dijo a modo de sentencia final-
-Gracias Piedreta, nunca olvidaré lo que has hecho por mí y mis pequeñas, si alguna vez me necesitas...
-Tranquila, mi deber es ayudar a todos los animales, soy parte de la Gran Madre- respondió a modo de despedida y dicho esto prosiguió su viaje.

Se quedó en la arena de la playa maravillada por la intensidad del reflejo de los pequeños fragmentos de colores variados que allí se hallaban. De pronto, un Hada de las que inundan los cuentos se hizo presente para coger un cristal.

-Son mágicos, ¿sabes? Con ellos iluminamos nuestras varitas mágicas para que los niños puedan cumplir sus deseos.-le dijo con una voz dulce y clara-

-¡Ah!deben ser las famosas piedras preciosas; zafiro, esmeralda, turquesa, ambar, aguamarina, rubí, diamante...

-¡Nooo, paraaa! estos cristales son vulgares. Llegan aquí transportados por las aguas, al principio son picudos, pero las mareas y la erosión de la olas los redondean. Son residuos del Hombre, esta isla los dota de poder para conceder deseos. Si fueran cristales que tuvieran valor para el ojo que todo lo atesora y quiere, ya no estarían aquí, esta isla maravillosa no sería un lugar de retiro para las tortugas y las Hadas.

Piedreta quedó reflexiva ante la invención de la propia tierra volcánica, sin duda recibía órdenes directas de la Gran Madre, estaba en el camino adecuado. Recogió apuntes y de nuevo quiso marchar.

-Oye gaviota, si me llevas tendrás comida suficiente para abastecerte un año-le dijo a una voraz ave blanca que estaba degustando un gran pescado.

-¿Cómo lo harás?-preguntó burlona no creyendo ni una sola palabra.

-Prueba y verás. Cada vez que tengas hambre, un pez del mar saltará a tu boca en sacrificio a su deber, así durante un año.

-Vale, voy a probar...

Se dirigió a la orilla y dijo en voz alta “tengo hambre”. Al minuto, un salmonete gordo y sabroso, salió volando, en dirección a su boca, que lo engulló sin apenas saborearlo. Se volvió a mirar sorprendida y satisfecha,a Piedreta y simulando hacerle un favor muy costoso le dijo: “trato hecho, roca”.

Voló con la gaviota transportada en su pico. En el vuelo fue pensando en cómo le había crecido el corazón al prestar ayuda desinteresada a los animales, lo hizo por pura casualidad, salía del fondo de su sentimiento. Cuando llegaron a la ciudad, el ave se detuvo a refrescarse en una fuente. Allí pudo observar su cambiada forma. Ya no era tan estriada y cortante. Su forma era redonda, pulida y su color gris blanquecino. Aún le quedaban manchas moteadas, así que debía abordar su próxima misión. Esta vez sería en compañía del temido ser humano.

Cuando aún observaba su transformación pudo contemplar en ese instante que le crecían manos, brazos, pies y cabeza. Ahora sería un precioso niño rubio de ojos grandes azules como el cielo de verano y cara ovalada angelical. Sin duda, la Gran Madre del Saber, le había preparado para abordar su última aventura.

-Fin

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