Cavilaba aún Piedreta en la fuente
viendo el reflejo de su cuerpo, cuando de repente pudo percibir la
presencia de personas. Era una mujer muy elegante con dos niños que
se había detenido mirándola con perplejidad, la señalaba y
murmuraba entre dientes. Tras la critica, le volvió la espalda con
cierto aire de superioridad cogiendo a sus hijos por las manos caminó
deprisa calle abajo, no quería verse envuelta en un problema
semejante. En una esquina de la plaza, vigilaba una anciana cubierta
con un chal, en espera del desenlace. Corría el mes de febrero y
hacia frío. Eran las cinco de la tarde y pronto el sol se ocultaría
por completo. Se acercó a Piedreta envolviéndola en su apariencia
de niño de seis años en el chal de lana negro y diciéndole estas
palabras:
-No te preocupes criatura, pensé que
el alma de esa mujer adinerada y pudiente se conmovería al verte.
Ella tiene dos hijos y podría haberte recogido con su buena
situación. No siempre entre los que más tienen se encuentra un
corazón generoso. Te llevaré al cuartel, allí te darán de comer y
abrigo. Verás que pronto se arregla tu situación, tesoro. Y le besó
en la cabeza con compasión.
Dicho esto se llevó a Piedreta al
departamento de policía del pueblo que no supo que hacer con un niño
al que nadie había reclamado. Mientras el caso era resuelto, el niño
sería custodiado por una familia que deseara acogerlo por unos días.
Esa fue la orden recibida por la central. El oficial realizó muchas
llamadas a los padres de niños que vivían con holgura, pero recibió
mil excusas para no acoger al pequeño abandonado. Sorprendido,
irritado con las personas a las que creía bondadosas, iba a llevarlo
al hospital para que lo cuidaran justo cuando apareció Agustina, para
preguntar por el pequeño. Deseaba ofrecerse para su cuidado.
Damián el oficial a cargo, no objetó
ningún impedimento. Aliviado, la recibió como el ángel que acude a
su salvación tras un día muy duro. Había intentado emocionar a
algún alma de mujer compasiva entre las madres del pueblo para que
acogieran a aquel pequeño silencioso. Algo extraño, ya que los
niños suelen ser ruidosos e inquietos, aún en la peor situación,
no dejan de jugar y tocar todas las cosas.
-Firma aquí, es puro formulismo como
que acoges en tu casa a este niño sin hogar. Cuando el caso pase a
los servicios sociales supongo que acudirán pronto a liberarte de
este …
-No se preocupe, lo hago con mucho
gusto, no tengo hijos y siempre que puedo intento estar cerca de
ellos. Este tiempo que pase con este pequeño, será como un
regalo.-le interrumpió ella deseosa de firmar y con una gran sonrisa
en los labios, llena de satisfacción-
El policía la miró con interés. Era
una mujer joven, de pelo castaño y ojos azules, grandes como los del
pequeño. ¿Y si ella misma fuera la madre? Descartó la idea de
inmediato. Esa mujer estaba casada y de todos era conocido su deseo
de ser madre. Pero por algún problema la pareja no había tenido
hijos. Le entregó al pequeño satisfecho, estaba seguro de dejarlo
en las mejores manos.
Agustina lo vistió con mucho mimo,
poniéndole la ropa que había ido a comprar a la tienda antes de
venir y salió a la calle en dirección a su casa. Al pasar por la
juguetería se detuvo para comprarle algunos soldados y una pelota.
Lo llevaba de la mano, cuando de repente sintió la necesidad de
darle un abrazo. Lo besó y le preguntó su nombre. Pero el niño no
hablaba ni una palabra. Comprendió que la tristeza de su corazón
sería la causa del silencio de aquel pequeño.
Al llegar a casa lo acomodó en una
habitación con mucho cariño. Lo dejó solo para que inspeccionara
todas las cosas. En ese momento Piedreta que había estado
absorbiendo todos los comportamientos humanos, sintió amor por
aquella mujer generosa, cándida, amorosa, dotada de un gran corazón
generoso y amable para los demás. Cuando llegó la hora de la cena,
pudo conocer a su marido, Jorge, un hombre serio, con rostro anguloso
y ojos chispeantes. Pudo comprobar que era tan agradable como ella.
Era muy hablador y creativo, le gustaba jugar con los soldados y
hacer batallas.
Disfrutó de la compañía del
matrimonio y de su bondad. Le hablaron de las ganas que tenían de
tener un hijo, pero como no llegaba, estaban dispuestos a si no
aparecía su familia para reclamarle hacerse cargo de él, sólo si
el lo deseaba también.
Piedreta, cerró sus manos y al
volverlas abrir dos capullos de amapola aparecieron en su interior.
Les dio una a cada uno. Ellos la retuvieron en sus palmas, tenía un
poder mágico y en pocos minutos su infertilidad fue sanada. Aquel
hecho se repitió con asiduidad, cada día hacia brotar capullos de
las flores más bellas y olorosas en sus palmas. Rosa, clavel,
jazmín..., para sorprender a Agustina, que se dejaba llevar por el
hechizo silencioso de aquel niño que devolvía su dedicación con
aquellas pequeñas flores.
Las otras madres, al saber del extraño
poder del niño, primero lo despreciaron con envidia, decían que
debía ser un caso raro de alguna bruja que lo había enviado para
dañar a sus pequeños, bien habían hecho de no acogerlo. Pero
sentían una insoportable ira celosa, por aquel ser tan maravilloso y
especial, cuando lo veían caminar de la mano de Agustina y regalarle
capullos de flores olorosas que ella a su vez iba dejando en las
ventanas bajas de las casas del pueblo.
Todo era felicidad y calma, hasta que
un día Piedreta sintió la llamada de la Gran Madre del Saber. Amaba
a la familia que la cobijaba con intensidad y fruto de ese amor, su
corazón se halló al fin preparado para regresar.
Una noche abandonó su cama, besó la
cabeza de Agustina y Jorge saliendo de la casa a hurtadillas para no
ser descubierta. En la misma plaza del pueblo, junto a la fuente fue
transformada en piedra. Era blanca, pulida, brillante, traslúcida,
hermosa y pura. Un águila la cogió entre sus garras y voló con
ella hacia la montaña.
El viaje duró algunos días pero
estaban acostumbradas a recorrer grandes distancias. Al llegar la
depositó en la cumbre, la Gran Madre la recibió con mucha alegría
y quiso saber la conclusión de su viaje.
-Me alegra Piedreta que hallas
regresado tan diferente a como partiste. Eres una joya brillante,
pulida y con una fuerza superior a cualquier roca que se halle en
esta montaña. Has conocido el mundo, viajado por el río, el mar y
has convivido con el Hombre. Llena de sabiduría espero que puedas
aclararme porqué los elementos ya no obedecen mis órdenes.
-Madre, yo también estoy muy feliz de
mi regreso. Podría contarte lo mucho que he sufrido tratando de
comprender el mundo y sus injusticias, pero esos detalles los he
borrado. Las cosas horribles no deben ser escritas para tomar
decisiones, sólo para no repetir los errores. Te traigo el mensaje
de los animales, debemos hacer lo posible para seguir ayudándolos
nos necesitan, son formidables. Las plantas, deben gozar de la misma
protección. En cuanto al Hombre, te diré que goza de muchas
máscaras pero pude verlo sin engaño. Tienen muchas emociones; ira,
egoísmo, bondad, sabiduría, ignorancia, amor, odio, cariño,
desapego... Los más felices, son aquellos que buscan su equilibro en
la paciencia de conseguir las cosas sin forzar, los que viven en
humildad y se forjan en la seguridad de un carácter disciplinado
bondadoso y gentil, donde las emociones son controladas para no
desbordarlos.
He conocido seres mediocres, ricos,
avaros, mentirosos y que disfrutaban siendo el centro de envidia.
Muchos otros deseaban ser como ellos sin conocer la verdad. Parecen
ser felices con sus riquezas, pero cuando he ahondado en su interior,
he visto la frialdad de su alma, el ansia caprichosa con la que se
regalan lujos inacabables que nunca les sacian. Estos seres están
condenados a la oscuridad y al olvido, no merece la pena ayudarles.
Pero los otros, si que debemos hacer
que sigan prodigando sus enseñanzas y extiendan la belleza de su
corazón. Esos seres debemos ampararlos. Habla con los elementos,
explícales lo que te he dicho y que sean benevolentes con ellos.
Cuéntales las cosas buenas que hacen y así los convencerás para
que no castiguen con tanta firmeza ciertas partes de la Tierra.
La Gran Madre, dubitó y dialogó
largo y tendido con todos. El Aire prometió soplar con menos furia,
sólo lo haría sobre ciertas partes cuando no pudiera aguantar más.
El Sol, se comprometió a secar los mismos desiertos, respetando las
cosechas de otras zonas. El Agua, quiso argumentar que regaría los
campos con prudencia y sobriedad. Y con estos juramentos, firmaron
una tregua con la Tierra.
La Gran Madre del Saber, fusionó a
Piedreta en su cima para darle cobijo y abrigo para siempre. Ya no
deseaba conocer más cosas.
A los pocos meses de aquello le llegó
una voz susurrante que reía muy feliz. Era Agustina, emocionada,
pletórica, repleta de fuerza, hablaba con amor inventando nanas y
palabras aladas para su hija recién nacida, la sostenía entre sus
brazos dándole calor. Le decía a Jorge que aquel niño que estuvo
con ellos debía ser el niño Jesus, porque el milagro de la vida se
había producido en su interior. Debió ser una prueba de Dios. El
asentía conmocionado por tanta felicidad.
Le pusieron de nombre Aurora, por ser
la primera luz del día. Sería la estrella que alumbraría con amor
sus vidas. Los ojos de aquella niña eran de un color azul intenso y
grandes, en recuerdo de Piedreta.
-Fin-
Autora@MaiteAlbarrán
Autora@MaiteAlbarrán
No hay comentarios:
Publicar un comentario