domingo, 7 de diciembre de 2014

Las aventuras de Piedreta III

Cavilaba aún Piedreta en la fuente viendo el reflejo de su cuerpo, cuando de repente pudo percibir la presencia de personas. Era una mujer muy elegante con dos niños que se había detenido mirándola con perplejidad, la señalaba y murmuraba entre dientes. Tras la critica, le volvió la espalda con cierto aire de superioridad cogiendo a sus hijos por las manos caminó deprisa calle abajo, no quería verse envuelta en un problema semejante. En una esquina de la plaza, vigilaba una anciana cubierta con un chal, en espera del desenlace. Corría el mes de febrero y hacia frío. Eran las cinco de la tarde y pronto el sol se ocultaría por completo. Se acercó a Piedreta envolviéndola en su apariencia de niño de seis años en el chal de lana negro y diciéndole estas palabras:

-No te preocupes criatura, pensé que el alma de esa mujer adinerada y pudiente se conmovería al verte. Ella tiene dos hijos y podría haberte recogido con su buena situación. No siempre entre los que más tienen se encuentra un corazón generoso. Te llevaré al cuartel, allí te darán de comer y abrigo. Verás que pronto se arregla tu situación, tesoro. Y le besó en la cabeza con compasión.

Dicho esto se llevó a Piedreta al departamento de policía del pueblo que no supo que hacer con un niño al que nadie había reclamado. Mientras el caso era resuelto, el niño sería custodiado por una familia que deseara acogerlo por unos días. Esa fue la orden recibida por la central. El oficial realizó muchas llamadas a los padres de niños que vivían con holgura, pero recibió mil excusas para no acoger al pequeño abandonado. Sorprendido, irritado con las personas a las que creía bondadosas, iba a llevarlo al hospital para que lo cuidaran justo cuando apareció Agustina, para preguntar por el pequeño. Deseaba ofrecerse para su cuidado.

Damián el oficial a cargo, no objetó ningún impedimento. Aliviado, la recibió como el ángel que acude a su salvación tras un día muy duro. Había intentado emocionar a algún alma de mujer compasiva entre las madres del pueblo para que acogieran a aquel pequeño silencioso. Algo extraño, ya que los niños suelen ser ruidosos e inquietos, aún en la peor situación, no dejan de jugar y tocar todas las cosas.

-Firma aquí, es puro formulismo como que acoges en tu casa a este niño sin hogar. Cuando el caso pase a los servicios sociales supongo que acudirán pronto a liberarte de este …

-No se preocupe, lo hago con mucho gusto, no tengo hijos y siempre que puedo intento estar cerca de ellos. Este tiempo que pase con este pequeño, será como un regalo.-le interrumpió ella deseosa de firmar y con una gran sonrisa en los labios, llena de satisfacción-

El policía la miró con interés. Era una mujer joven, de pelo castaño y ojos azules, grandes como los del pequeño. ¿Y si ella misma fuera la madre? Descartó la idea de inmediato. Esa mujer estaba casada y de todos era conocido su deseo de ser madre. Pero por algún problema la pareja no había tenido hijos. Le entregó al pequeño satisfecho, estaba seguro de dejarlo en las mejores manos.

Agustina lo vistió con mucho mimo, poniéndole la ropa que había ido a comprar a la tienda antes de venir y salió a la calle en dirección a su casa. Al pasar por la juguetería se detuvo para comprarle algunos soldados y una pelota. Lo llevaba de la mano, cuando de repente sintió la necesidad de darle un abrazo. Lo besó y le preguntó su nombre. Pero el niño no hablaba ni una palabra. Comprendió que la tristeza de su corazón sería la causa del silencio de aquel pequeño.

Al llegar a casa lo acomodó en una habitación con mucho cariño. Lo dejó solo para que inspeccionara todas las cosas. En ese momento Piedreta que había estado absorbiendo todos los comportamientos humanos, sintió amor por aquella mujer generosa, cándida, amorosa, dotada de un gran corazón generoso y amable para los demás. Cuando llegó la hora de la cena, pudo conocer a su marido, Jorge, un hombre serio, con rostro anguloso y ojos chispeantes. Pudo comprobar que era tan agradable como ella. Era muy hablador y creativo, le gustaba jugar con los soldados y hacer batallas.

Disfrutó de la compañía del matrimonio y de su bondad. Le hablaron de las ganas que tenían de tener un hijo, pero como no llegaba, estaban dispuestos a si no aparecía su familia para reclamarle hacerse cargo de él, sólo si el lo deseaba también.

Piedreta, cerró sus manos y al volverlas abrir dos capullos de amapola aparecieron en su interior. Les dio una a cada uno. Ellos la retuvieron en sus palmas, tenía un poder mágico y en pocos minutos su infertilidad fue sanada. Aquel hecho se repitió con asiduidad, cada día hacia brotar capullos de las flores más bellas y olorosas en sus palmas. Rosa, clavel, jazmín..., para sorprender a Agustina, que se dejaba llevar por el hechizo silencioso de aquel niño que devolvía su dedicación con aquellas pequeñas flores.

Las otras madres, al saber del extraño poder del niño, primero lo despreciaron con envidia, decían que debía ser un caso raro de alguna bruja que lo había enviado para dañar a sus pequeños, bien habían hecho de no acogerlo. Pero sentían una insoportable ira celosa, por aquel ser tan maravilloso y especial, cuando lo veían caminar de la mano de Agustina y regalarle capullos de flores olorosas que ella a su vez iba dejando en las ventanas bajas de las casas del pueblo.

Todo era felicidad y calma, hasta que un día Piedreta sintió la llamada de la Gran Madre del Saber. Amaba a la familia que la cobijaba con intensidad y fruto de ese amor, su corazón se halló al fin preparado para regresar.

Una noche abandonó su cama, besó la cabeza de Agustina y Jorge saliendo de la casa a hurtadillas para no ser descubierta. En la misma plaza del pueblo, junto a la fuente fue transformada en piedra. Era blanca, pulida, brillante, traslúcida, hermosa y pura. Un águila la cogió entre sus garras y voló con ella hacia la montaña.

El viaje duró algunos días pero estaban acostumbradas a recorrer grandes distancias. Al llegar la depositó en la cumbre, la Gran Madre la recibió con mucha alegría y quiso saber la conclusión de su viaje.

-Me alegra Piedreta que hallas regresado tan diferente a como partiste. Eres una joya brillante, pulida y con una fuerza superior a cualquier roca que se halle en esta montaña. Has conocido el mundo, viajado por el río, el mar y has convivido con el Hombre. Llena de sabiduría espero que puedas aclararme porqué los elementos ya no obedecen mis órdenes.

-Madre, yo también estoy muy feliz de mi regreso. Podría contarte lo mucho que he sufrido tratando de comprender el mundo y sus injusticias, pero esos detalles los he borrado. Las cosas horribles no deben ser escritas para tomar decisiones, sólo para no repetir los errores. Te traigo el mensaje de los animales, debemos hacer lo posible para seguir ayudándolos nos necesitan, son formidables. Las plantas, deben gozar de la misma protección. En cuanto al Hombre, te diré que goza de muchas máscaras pero pude verlo sin engaño. Tienen muchas emociones; ira, egoísmo, bondad, sabiduría, ignorancia, amor, odio, cariño, desapego... Los más felices, son aquellos que buscan su equilibro en la paciencia de conseguir las cosas sin forzar, los que viven en humildad y se forjan en la seguridad de un carácter disciplinado bondadoso y gentil, donde las emociones son controladas para no desbordarlos.

He conocido seres mediocres, ricos, avaros, mentirosos y que disfrutaban siendo el centro de envidia. Muchos otros deseaban ser como ellos sin conocer la verdad. Parecen ser felices con sus riquezas, pero cuando he ahondado en su interior, he visto la frialdad de su alma, el ansia caprichosa con la que se regalan lujos inacabables que nunca les sacian. Estos seres están condenados a la oscuridad y al olvido, no merece la pena ayudarles.

Pero los otros, si que debemos hacer que sigan prodigando sus enseñanzas y extiendan la belleza de su corazón. Esos seres debemos ampararlos. Habla con los elementos, explícales lo que te he dicho y que sean benevolentes con ellos. Cuéntales las cosas buenas que hacen y así los convencerás para que no castiguen con tanta firmeza ciertas partes de la Tierra.

La Gran Madre, dubitó y dialogó largo y tendido con todos. El Aire prometió soplar con menos furia, sólo lo haría sobre ciertas partes cuando no pudiera aguantar más. El Sol, se comprometió a secar los mismos desiertos, respetando las cosechas de otras zonas. El Agua, quiso argumentar que regaría los campos con prudencia y sobriedad. Y con estos juramentos, firmaron una tregua con la Tierra.

La Gran Madre del Saber, fusionó a Piedreta en su cima para darle cobijo y abrigo para siempre. Ya no deseaba conocer más cosas.

A los pocos meses de aquello le llegó una voz susurrante que reía muy feliz. Era Agustina, emocionada, pletórica, repleta de fuerza, hablaba con amor inventando nanas y palabras aladas para su hija recién nacida, la sostenía entre sus brazos dándole calor. Le decía a Jorge que aquel niño que estuvo con ellos debía ser el niño Jesus, porque el milagro de la vida se había producido en su interior. Debió ser una prueba de Dios. El asentía conmocionado por tanta felicidad.

Le pusieron de nombre Aurora, por ser la primera luz del día. Sería la estrella que alumbraría con amor sus vidas. Los ojos de aquella niña eran de un color azul intenso y grandes, en recuerdo de Piedreta.


-Fin-
Autora@MaiteAlbarrán

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