martes, 19 de febrero de 2008

Oliendo el asfalto de su presencia


Oliendo el asfalto de su presencia

Estaba acostumbrado a realizar viajes de largo recorrido. Solía cambiar de coche cada dos años, siempre el vehículo se le quedaba nuevo, olía a soledad y a sexo, estaba tan acostumbrado a buscar chicas y llevárselas a la comodidad de la parte trasera recostando el asiento, que rara vez disfrutaba de la comodidad de una cama.

Vivía en soledad perpetua. Comunicado con toda clase de tecnologías, hablaba sin parar con cientos de personas y sin embargo al caer la noche del sábado, se encontraba en su piso a las afueras de la ciudad, en estricta soledad. Comenzaba a pensar que todas sus pertenencias estaban sin estrenar aún , la casa, la cama, el coche etc. Era tan poco lo que su vida pesaba en todas aquellas cosas materiales que su presencia era vacua, ya que apenas dejaba huella de su recorrido diario en ellas, su vida era una farsa, se sentía un cromo de serie en un mundo de seres fríos y calculadores.

Por eso cuando Marga irrumpió en su vida quedó profundamente desequilibrado. Ella lo llenaba todo, todavía recordaba como la conoció en aquella cafetería, al escuchar su voz, solicitando un cortado al camarero, supo que algo ocurriría entre los dos. Era una mujer atractiva, con dominio de situación, con amabilidad gentil que sólo se encuentra en las personas simples que no se creen importantes y sin embargo resultan cautivadoras.

Él se quedó estupefacto. Quedó fascinado por aquellos ojos de color intenso que miraban a la cara de todos con curiosidad y aprecio. Sentir aquella mirada sobre la piel de uno, provocaba la sensación de ser alguien muy importante para la vida.

Ella directa y algo cómica terminó preguntándole ante su osadía de él de aparcar los ojos en toda su fibra de mujer: ¿Nos conocemos querido?

Abel, seguro de sí mismo respondió: Claro, estaba esperándote toda la tarde, casi llegas tarde a nuestra cita, amor.

Ella, hembra dominadora y fértil sintió que un escalofrío recorría su espalda. Paró sus hermosos ojos en aquella presencia de hombre seguro y su voz tan varonil entró a formar parte del curso de sus venas, miró abriendo sus ojos de manera exagerada aquellos ojos verdes de mirada divertida y penetrante , se levantó de su taburete, segura de sus pasos se sentó al lado de Abel, transportando su café al lugar donde se encontraba él, le invitó con un ¡Vaya al fin el hombre perfecto lo encontré en la barra de una cafetería! ¿Nos vamos?

Los ojos de Abel siguieron el curso de la mueca divertida que aquella mujer le hacía. Era una invitación arriesgada, directa y perfecta a un encuentro sin guión, así que Abel pagó la cuenta insignificante y besando la mano de Marga con cariño, entrelazó sus mano cariñosamente con la de ella y abandonó la cafetería rumbo a su casa. El viaje en el coche estuvo plagado de silencios, de miradas intensas, sin palabras, ambos sentían su corazón palpitar dentro de sus cuerpos.

Al entrar Marga notó la ráfaga de soledad que aquel perfecto piso emanaba. Todo era perfecto, estaba en su perfecto orden, decorado y limpio pero vacío de presencia, de calor humano.

Ella comprendió la esencia de ese hombre y en una mirada calló enamorada de su situación, le recordó lo sola que ella misma se encontraba. El alma de Marga comenzaba a llenar aquella estancia, Abel presintió ese calor, no la dejó pensar más, sirvió una copa de ron con coca mientras sus brazos se colgaban de la cintura de ella y sus labios abrían su boca, enlazando dos lenguas trémulas por el sentimiento incipiente compartido, que nacía en ese preciso momento, convirtiendo ese beso en algo intenso que estaban compartiendo.

Ambos cayeron juntos sobre el sofá, se fueron desnudando lentamente, disfrutando del momento de desconocimiento, de novedad, de improvisación.

Abel era un fogoso amante. Supo hacerla vibrar sin peticiones. Sus manos expertas, cuidadas de uñas arregladas y suavidad femenina, se lanzaron a la tarea de excitar sus partes erógenas. Ella sudaba, su cabeza ladeaba de lado a lado, dejando escapar apenas un susurro ahogado de un terrible gozo contenido. Abel no dejó rincón de su sexo sin descubrir, la disfrutó por espacio de media hora, en la que ella tuvo varios éxtasis sin dejar de gemir y mover su cuerpo como si una carga de corriente la hiciera interrumpir su calma en un estado de locura y frenesí.

Trascurrido ese tiempo, Marga se dedicó a la labor de devolver su momento de clímax. Abel estaba sentado en el sofá tranquilo, ella comenzó a besar sus pezones descendiendo con maestría mientras su mano comenzaba a apretar sus testículos, en un bombeo previo a la excitación. Pronto sus manos despojaron a Abel de su ropa interior, ahora sus labios besaban, chupaban y volvían a insistir sobre los órganos sensitivos de Abel. Pronto la erección fue presente, Marga no se detuvo un solo instante, dando la intensidad suficiente para que su compañero disfrutara del momento con una calidez y relajamiento deseado.

Tras el cual, ambos quisieron compartir sus cuerpos, se habían descubierto en la premisa de los juegos sexuales, ahora el acople debía llevarlos al éxtasis deseado, donde ella sintió la profundidad de un sexo varonil potente y seguro, que buscaba fundirse en su caverna secreta encarnada. Abel sintió el calor humano de un cuerpo con un temperatura adecuada, quiso quedarse dentro de el por siempre y aquel momento no terminara jamás, cerró los ojos y el tiempo dejo de correr, dejándolos fundidos en el sueño de un amor incipiente del que no despertarían si ambos conseguían guardar la intensidad de ese momento.

Fin

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