
Otra noche más vuelvo a sentir la tristeza tirando de un lágrima que no se deja vencer, que no quiere nacer, pero sin duda acabará naciendo para morir cerca de mi chaqueta de lana gastada, donde mi gato afila sus uñas de vez en cuando cuando desea aproximarse.
Y vuelvo a pensar, he de hacer balance del día que viví y se fue, tan vacío como ayer, sin seres nuevos en mi vida que llenaran el vacío de esta noche.
Busco en mi memoria la mejor secuencia del día. Sin duda se dió a primera hora, cuando en mi caminar rumbo hacia el trabajo me crucé con un hombre del que estuve profundamente enamorada en mi época de casada.
No puedo percibir si me vio antes él o yo. Presiento que fue una sorpresa, nunca le hablo, nunca le digo nada y hoy le saludé, fríamente como lo hice siempre. Me respondió , no pude ver sus ojos, estaban protegidos por cristales oscuros.
Ambos sabemos que nos tropezaremos todas las mañanas...
¿Debo caminar por la acera contraria? O quizás crear ese lazo de saludo... No sé que hacer, por tanto ignoraré la presencia de él. La ruta nos convierte en dos seres que pasean por el mismo camino hacia su trabajo a la misma hora rutinaria.
Siempre me incomodó su presencia. Demasiado dominante y engreído, me hizo desistir de cualquier contacto en el pasado. Ahora no lo veo en mi camino, salvo que vea algo dulce que no tiene, algo que me mueva a ver cualidades que quizás necesite...
Vuelvo a recordar esa máquina limpia asfaltos levantar una enorme nube de polvo a mi paso, pienso en mi pelo, bueno me digo, lo tengo para lavar, dejo de respirar, no quiero contaminar mis pulmones por los residuos de inmundicias levantadas por ese gigante metálico conducido por un operario.
Salgo de mi trabajo. Se pasaron las horas sin darme cuenta. Ahora comienzo a pensar en mis hijos, sé que me esperan, necesito verlos. Sigo caminando. Acompaño a mi hijo al colegio, una madre malhumorada golpea a patada limpia un fino tubo de color rojo que está enganchado en un registro de agua, su hija ha tropezado y se ha hecho daño con él, ella mira y blasfema contra el que dejó aquello allí .
Pienso que tiene razón, pero las patadas contra la manguera no tienen sentido. Llego a la puerta del colegio, mi hijo entra, luce el sol, de nuevo camino hacia mi hogar, todo igual, sigo viendo el mismo trayecto sin cambios a primera vista.
Ya en casa, decido limpiar al ritmo de "la felicidad" de Sole Gimenez. Termino y vuelvo a por mi retoño, hago compras y de nuevo estoy en el hogar.
Ninguna sensación oprime esta noche mi corazón salvo la de no querer dormir. Sé que me espera una fría cama, daré varias vueltas hasta encontrar un descanso en esa soledad. Mi gato aguarda, me gustaría darle un beso y que se convirtiera en príncipe, aunque recuerdo su operación, no tiene sexo, es un ángel...
¿Que haría yo con un ángel en la cama? Dormir de nuevo lo intento.
Y vuelvo a pensar, he de hacer balance del día que viví y se fue, tan vacío como ayer, sin seres nuevos en mi vida que llenaran el vacío de esta noche.
Busco en mi memoria la mejor secuencia del día. Sin duda se dió a primera hora, cuando en mi caminar rumbo hacia el trabajo me crucé con un hombre del que estuve profundamente enamorada en mi época de casada.
No puedo percibir si me vio antes él o yo. Presiento que fue una sorpresa, nunca le hablo, nunca le digo nada y hoy le saludé, fríamente como lo hice siempre. Me respondió , no pude ver sus ojos, estaban protegidos por cristales oscuros.
Ambos sabemos que nos tropezaremos todas las mañanas...
¿Debo caminar por la acera contraria? O quizás crear ese lazo de saludo... No sé que hacer, por tanto ignoraré la presencia de él. La ruta nos convierte en dos seres que pasean por el mismo camino hacia su trabajo a la misma hora rutinaria.
Siempre me incomodó su presencia. Demasiado dominante y engreído, me hizo desistir de cualquier contacto en el pasado. Ahora no lo veo en mi camino, salvo que vea algo dulce que no tiene, algo que me mueva a ver cualidades que quizás necesite...
Vuelvo a recordar esa máquina limpia asfaltos levantar una enorme nube de polvo a mi paso, pienso en mi pelo, bueno me digo, lo tengo para lavar, dejo de respirar, no quiero contaminar mis pulmones por los residuos de inmundicias levantadas por ese gigante metálico conducido por un operario.
Salgo de mi trabajo. Se pasaron las horas sin darme cuenta. Ahora comienzo a pensar en mis hijos, sé que me esperan, necesito verlos. Sigo caminando. Acompaño a mi hijo al colegio, una madre malhumorada golpea a patada limpia un fino tubo de color rojo que está enganchado en un registro de agua, su hija ha tropezado y se ha hecho daño con él, ella mira y blasfema contra el que dejó aquello allí .
Pienso que tiene razón, pero las patadas contra la manguera no tienen sentido. Llego a la puerta del colegio, mi hijo entra, luce el sol, de nuevo camino hacia mi hogar, todo igual, sigo viendo el mismo trayecto sin cambios a primera vista.
Ya en casa, decido limpiar al ritmo de "la felicidad" de Sole Gimenez. Termino y vuelvo a por mi retoño, hago compras y de nuevo estoy en el hogar.
Ninguna sensación oprime esta noche mi corazón salvo la de no querer dormir. Sé que me espera una fría cama, daré varias vueltas hasta encontrar un descanso en esa soledad. Mi gato aguarda, me gustaría darle un beso y que se convirtiera en príncipe, aunque recuerdo su operación, no tiene sexo, es un ángel...
¿Que haría yo con un ángel en la cama? Dormir de nuevo lo intento.
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