
Esa soy yo por excelencia. Mi lengua se revuelve buscando el sentido a las palabras que tratan de enredar o conmover al otro lado de un hilo frío. Sin duda mi don de gentes envuelve, ¡me escuchan!
¡me dicen sus nombres! ¡me cuentan sus vidas!... En apenas unos segundos consigo conectar con muchas vidas, con distintas formas de pensar que a su vez tratan de envolverme y convencerme de que ya hacen bastante.
Nunca es suficiente, siempre se puede hacer algo más. Desde que trabajo en una ONG miro el mundo de otra manera. Antes cuando una señorita amable me llamaba pues solía evitar la conversación y tratar lo antes posible de colgar, sin que me convencieran a moverme hacia ningún lado.
Ahora admiro la labor del de operador de telemarketing. Y eso que hasta ahora no puedo quejarme de falta de educación, de engaño sí, pero uno va cogiendo sus tácticas y va engrosando los tipos de reflexiones o respuestas en una casilla aprendiendo a dilucidar la verecidad de la información que recibe.
El porcentaje de éxito tras la reflexión es bajo. O captas al socio al instante o la probabilidad de éxito es de uno entre cien, así de claro. Hoy probé a enviar cartas, casi me empapelan, pero la jefa intentó comprobar mi trabajo y al final tuvo que darme la razón, la gente por teléfono es reacia a darte su numeración bancaria, pese a tener interés en colaborar.
La anécdota del día? La señora de 91 años que me dijo que sí y luego no veía los números de banco, la llamé y descolgó el teléfono hábilmente le envié una carta, a ver si el día que su compradora la rellena...
Mi paso hasta el trabajo fue sin detalles a resaltar. Gente cargada con los niños, apresurada para entrar en el colegio, el tráfico que rompe el silencio de una noche sosegada, la niebla que aún se mantiene robándole protagonismo al sol que comienza a imponerse con decisión y reino.
Luego la llegada fría a mi puesto en el banco de color marrón, antesala del saludo de mis compañeras de trabajo, pasamos y en escasos minutos consigo mi primera carta ( detestan el envío de cartas, pero al final la gente sí que las devuelve, aunque el porcentaje sea bajo para el número que se envían claro), luego transcurrieron mis cinco horas frente una pantalla, utilizando mi agenda telefónica que la mayoría de veces no está actualizada (tienen cuatro años de antigüedad)y tienes que inventar argumentos cuando preguntas por alguien fallecido.
La presión en mi trabajo ha disminuido. Tengo más autonomía, esas cinco horas han transcurrido sin que me diera cuenta, mis dedos teclearon infinidad de números a razón de uno por minuto y en conversaciones dos o tres. También las tuve de cinco, en definitiva tengo buena onda para captar la atención y resultar agradable a pesar de que las respuestas sean negativas.
Siempre hay que posicionarse en un no. Si el sí se consigue ¡enhorabuena! pero hoy en día no vivimos momentos precisamente positivos en los que las personas quieran colaborar dando algo de sus recursos económicos para ayudar a gente que lo necesita más.
Digamos que nunca fue tarea fácil.
¡me dicen sus nombres! ¡me cuentan sus vidas!... En apenas unos segundos consigo conectar con muchas vidas, con distintas formas de pensar que a su vez tratan de envolverme y convencerme de que ya hacen bastante.
Nunca es suficiente, siempre se puede hacer algo más. Desde que trabajo en una ONG miro el mundo de otra manera. Antes cuando una señorita amable me llamaba pues solía evitar la conversación y tratar lo antes posible de colgar, sin que me convencieran a moverme hacia ningún lado.
Ahora admiro la labor del de operador de telemarketing. Y eso que hasta ahora no puedo quejarme de falta de educación, de engaño sí, pero uno va cogiendo sus tácticas y va engrosando los tipos de reflexiones o respuestas en una casilla aprendiendo a dilucidar la verecidad de la información que recibe.
El porcentaje de éxito tras la reflexión es bajo. O captas al socio al instante o la probabilidad de éxito es de uno entre cien, así de claro. Hoy probé a enviar cartas, casi me empapelan, pero la jefa intentó comprobar mi trabajo y al final tuvo que darme la razón, la gente por teléfono es reacia a darte su numeración bancaria, pese a tener interés en colaborar.
La anécdota del día? La señora de 91 años que me dijo que sí y luego no veía los números de banco, la llamé y descolgó el teléfono hábilmente le envié una carta, a ver si el día que su compradora la rellena...
Mi paso hasta el trabajo fue sin detalles a resaltar. Gente cargada con los niños, apresurada para entrar en el colegio, el tráfico que rompe el silencio de una noche sosegada, la niebla que aún se mantiene robándole protagonismo al sol que comienza a imponerse con decisión y reino.
Luego la llegada fría a mi puesto en el banco de color marrón, antesala del saludo de mis compañeras de trabajo, pasamos y en escasos minutos consigo mi primera carta ( detestan el envío de cartas, pero al final la gente sí que las devuelve, aunque el porcentaje sea bajo para el número que se envían claro), luego transcurrieron mis cinco horas frente una pantalla, utilizando mi agenda telefónica que la mayoría de veces no está actualizada (tienen cuatro años de antigüedad)y tienes que inventar argumentos cuando preguntas por alguien fallecido.
La presión en mi trabajo ha disminuido. Tengo más autonomía, esas cinco horas han transcurrido sin que me diera cuenta, mis dedos teclearon infinidad de números a razón de uno por minuto y en conversaciones dos o tres. También las tuve de cinco, en definitiva tengo buena onda para captar la atención y resultar agradable a pesar de que las respuestas sean negativas.
Siempre hay que posicionarse en un no. Si el sí se consigue ¡enhorabuena! pero hoy en día no vivimos momentos precisamente positivos en los que las personas quieran colaborar dando algo de sus recursos económicos para ayudar a gente que lo necesita más.
Digamos que nunca fue tarea fácil.
No digamos que me disgusta el trabajo, es agradable relacionarse con gente e introducirse en sus vidas, participando como este señor que me dio el móvil de su hijo para que colabore con nosotros me dice que tiene 80 años y sin más paso a llamar a su hijo, mañana insistiré de nuevo.
La anécdota divertida de ayer la protagonizó un matrimonio. La mujer: Ponte que no para de llamarme...El marido: no, no, me pongo...
Y al final pese a sus indecisiones conseguí que se hiciera socio. de los curraos...
O esa chica que me trataba con la familiaridad de una amiga que la llama todos los días, en mi lucha por llegar a hablar con la autoridad del comercio.
Juasssssss....
Mi ojos son pantalla, ahora veo muchas vidas que rozaron con su hechizo la mía, incluso algún otro animalillo como ese gato pardo, callejero que salvó su trasero por escasos segundos de un atropello, olisqueando todos los rincones en busca de algo con que saciar su hambre matinal.
Me gustaría hablar de los pasos que doy de las caras que veo año tras año envejecer cerca de mí sin conocer ni tan siquiera sus nombres, como el de la vendedora de cupones de ciegos que llevo más de veinte años viéndola, ahora con su propio sitio y caseta , privilegio de unos pocos, pienso que todos los vendedores de cupones deberían tener un puesto fijo más que estar por la calle pasando las necesidades del día sin ninguna protección o amparo.
El día no ha acabado y todavía queda mucho de qué hablar, sobre vida y vivencias siempre quedan momentos para narrar.
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