sábado, 24 de enero de 2009

Ciro, el selvático humano


Casi eran las siete de la tarde, hora de cerrar el parque. Los animales estaban irritados; no recibían la ración adecuada de frutas y pienso seco para cubrir sus necesidades. Empezaban a evidenciar la escasez de comida, su aspecto físico era deplorable. Algunos tenían problemas de desnutrición, los menos avispados para comer, se notaba al mirarlos su tristeza por la hambruna.

El ardiente día de agosto les había resultado insoportable. No habían podido refrescarse con las exiguas frutas pasadas que habían recibido. Sin hierba fresca para alimentarse difícilmente podían atenuar su falta de alimentos. El parque se hallaba sobre un monte árido con escasos arbustos de secano. Ciro el cuidador había tenido de ingeniárselas para que no notaran esa falta de alimentos, quitando un poco a los elefantes y a las jirafas para aumentársela a los hipopótamos, que eran los más afectados por la dieta obligada, ya que eran grandes engullidores de frutas y hierbas secas. La jornada había resultado muy dura para Ciro.

Casualmente tropezó a la salida con el nuevo jefe, don Julián. Había heredado la dirección del parque hacia unos meses, su padre era ya demasiado viejo para seguir administrando todo aquello. Era el responsable directo de la falta de recursos alimentarios, nadie sabía lo que hacía con el dinero. El parque recibía muchos visitantes y se hacían buenas recaudaciones diarias. Ciro lo zarandeó levantándolo del suelo como si no pesara nada , luego lo lanzó contra su vehículo un todo terreno pintado con colores de camuflaje; marrón y verde. D. Julián se quedó afásico por un momento, no entendía nada de lo que farfullaba ese anormal de fuerza bruta, pero intuyó que debía estar relacionado con el recorte de víveres para los animales. No le importaba sacrificar alguna manada incluso.

Ciro estuvo a punto de reventarlo entre sus brazos, por eso lo estrelló con tanta furia. Sabía que a D. Julián no le importaban los animales, nada tenía que ver con su padre.

D. Julián se recompuso orgulloso, estaba un poco magullado y enfurecido. No le quitó la vista de encima a Ciro mientras se subía en bici antigua. Comenzaba a idear su venganza.

Se montó en la bicicleta era heredada de su abuelo el cartero, y emprendió el camino de regreso a casa, a diez kilómetros del parque. Vivía solo desde que su madre murió, de eso hacía más de diez años.

Al entrar en la casa fue a lavarse . Luego preparó su cena. Consistía en un trozo de panceta, pan y vino. Antes de comenzar a digerir su comida frugal, puso en marcha el tocadiscos Sólo tenía un par de discos. Uno era la obertura de Rossini “El barbero de Sevilla , pieza que se solía usar por su energía para despertar el interés del público antes de la ópera; divertida, alegre y muy rítmica, duraba siete minutos. De niño la había disfrutado en la serie des dibujos animados de “Tom y Jerry”.

Era un apasionado del “Adagio en sol menor”.del maestro Tomaso Albinoni, compositor italiano de óperas del siglo XVII.. Ese era su segundo disco, una pieza de música clásica tocada con una lentitud tétrica, llena de silencios y sueños rotos; rosas, mieles y dolor.

En ese momento se sentía protegido por la ternura de los ángeles lejos del Infierno terrenal. Soñaba tras cada nota que todas las criaturas perseguidas por el Hombre eran al fin respetadas. En los silencios imaginaba que había un Cielo para él entre ellos. El final lo imaginaba como una reconciliación del Hombre con la madre Tierra. Necesitaba aferrarse a esa tenue de esperanza..

Por eso disfrutaba tanto con el adagio de Albinoni. La partitura pertenecía al período Barroco comprendido entre los siglos XVII y XIX. El rasgo más característico de la corriente barroca fue el dolor psicológico del hombre y su lucha interna en busca de la verdad. Se encontraba herido por las dudas. En general los artistas nutrieron sus creaciones con abstracciones; la música se llenó de sonidos fúnebres, las letras de metáforas y alegorías.

Los compositores barrocos escribían piezas lentas. Para ello alargaban las notas, dejando silencios entre el final de una y el principio de la otra. Daba tiempo para meditar sobre la realidad y volar por un mundo imaginario, donde el dolor existencial era aliviado por el polvo de los ángeles. La tristeza de Ciro se esfumaba tras escucharla, por eso lo hacía siempre antes de irse a la cama.

Ciro entró a trabajar en el parque con veinte años. Su estatura era de dos metros, pesaba ciento cuarenta kilos . De aspecto tosco; cara barbuda, ojos negros saltones ,al mantenerle la mirada uno tenía la sensación de que lo estaba engullendo, , pelo largo negro ondulado y estructura corporal fornida. Había sido labrador .Despertaba temor entre los vecinos del pueblo. Decían de él que de no haber trabajado entre las bestias salvajes, hubiera sido un buen enterrador. Su carácter era sombrío, se había acostumbrado a vivir en el silencio, por lo que apenas articulaba palabras comprensibles, salvo para sus padres que conocían sus sonidos guturales.

“Aprendí de las fieras a protegerme con mi propio lenguaje, nada tengo que ver con los que hablan“ ese era su principio de supervivencia. Cuando algún visitante del parque intentaba ser amable con él a pesar de su aspecto desagradable, el siempre contestaba mascullando las palabras de manera que hasta las cordiales terminaban pareciendo amenazas a respetar.

El empleo lo logró por intermediación de su divina madre, “La Paca”. Mujer humilde de gran corazón que no pidió nunca nada a nadie; orgullosa analfabeta con mucho carácter. Únicamente se arrodilló a los pies de D. Ambrosio el dueño del parque, que era un primo lejano de su marido.

D. Ambrosio tenía cincuenta años, naturalista de profesión fundó el parque invirtiendo su acaudalada herencia familiar. Según sus amistades dilapidó una gran fortuna en favor de la protección y conservación de las especies en peligro de extinción.

Los negocios nada tenían que ver con su carácter. Su vida era el olor del monte, y los animales. Diseñó y trabajó duramente para crear un entorno natural fortificado , lejos de la destrucción del Hombre.

Su vida se contenía dentro de su obra; cada vena de su cuerpo era una ramificación de aquel parque, quería a cada uno de sus animales, luchaba por su supervivencia y única ambición ampliar las especies protegidas dentro de el. Por eso su celo y sus dudas a la hora de elegir a sus vigilantes Quería hombres instruidos amantes de los animales, que estuvieran en todo momento pendiente de sus necesidades.

-Mira Paca el chico es algo incompleto, me atemoriza incluso a mí. Es demasiado fuerte y puede asustar hasta las mismas bestias. Y no entiendo nada de lo que dice, no sabe hablar.

-Pero Sr. Ambrosio el chico tiene mu buen corazón, sabe trabajar duro y nunca se queja de na, se lo pido por favor, deje que trabaje en el parque Y no le de na hasta que ud. quiera.

-De acuerdo Paca, hago una excepción contigo, sea por la familia. Pero te lo advierto, si ese hijo tuyo, , maltrata a alguno de mis animales saldrá de aquí a patadas.

- El buen señoriíto Ambrosio, a sus pies pa siempre . Verá que mi Ciro es tan güeno como sus bestias, verá como se entienden con él.

D. Ambrosio se quedó atónito ante la respuesta de “La Paca”. Fue digiriendo su desconfianza a medida que fue corroborando con sus propios ojos que era cierto. Lo vigilaba a cada instante, con mirada inquisidora y nunca vio en él una falta. Los animales se mostraban relajados y confiados en su presencia. El muchacho a pesar de su aspecto de bruto, era tierno y esmerado en el cuidado se entendía a la perfección con el mundo salvaje. Así que se quedó a trabajar en el parque.

Los principios en el parque fueron sufridos para el joven campesino. Los otros cuidadores le gastaban bromas y se mofaban de él sin tregua. Algunas fueron crueles, como cuando hubo que castrar a un toro “watusi”. Le ordenaron la labor de reducir al toro con la fuerza de sus brazos. Ciro se sintió imposibilitado de realizar una hazaña tan quijotesca, al calibrar el tamaño de la cornamenta del astado animal. Salió huyendo. Por nada del mundo pelearía con ese toro cuyos cuernos medían cerca de un metro. Se meó encima de terror y llegó a casa llorando, humillado y herido, le dijo a su madre que jamás volvería al parque Entonces Ciro no sabía que esa raza africana de bovinos era inofensiva. Además antes de apresar al animal lo dormían con dardos tranquilizantes. La Paca lo supo cuando indagó en el parque sobre lo sucedido.

Con los años Ciro desarrolló un talento natural para percatarse de las enfermedades de los animales. A pesar de ser considerado por sus compañeros del parque como un hombre ininteligible, de corta inteligencia, solía leer libros de ciencia natural, sobre fauna y flora.

Cuando una especie iba a ser introducida en el parque, él era el primero en informarse sobre el hábitat que se debía desarrollar para su sostenimiento. Incluso llegaba a imponer sus criterios por encima de los veterinarios, biólogos y naturalistas que colaboraban en el desarrollo del ecosistema , por desgracia lo hacía con el uso de la fuerza bruta, lo que le valió un título de “cuidado con el salvaje” Estaba tan especializado en la materia que hasta los expertos confesaban que aprendían de sus conocimientos. Sólo él era capaz de crear un entorno perfecto y de mantenerlo en condiciones óptimas, los resultados eran brillantes. Todos los animales que arribaban al parque sobrevivían sanos y fuertes.

Su infancia fue triste y solitaria. Su primer recuerdo angustioso fue a los seis años, su primer día de escuela. Todos se rieron del niño grande. Le fue imposible integrarse ya que lo rechazaron desde el principio.

En los recreos en el patio de la escuela solía jugar con sus únicas amigas: las cochinillas, las buscaba con empeño en la tierra húmeda del jardín. Sus manos estaban teñidas de naranja, las cochinillas excretaban ese líquido como mecanismo de defensa. Por eso las usaban los fabricantes de patatas y aperitivos para dar color anaranjado a las patatas o bolas de queso. Los bolsillos de sus pantalones llegaban a casa llenos de bolitas negras. Cómo le repugnaba a su madre encontrarlas al revisar los pantalones antes de lavarlos.

La Paca quiso intervenir en la escuela, para ello fue varias veces a hablar con la maestra, pero ésta hacía como que la comprendía , luego actuaba de forma bien distinta.

Doña. Aurelia la maestra, era una avinagrada solterona de aspecto dictatorial. Quiso corregir al niño embrutecido adoptando una actitud agresiva . Siempre estaba castigado. No hacía nada bien. Lo consideraba reactivo y extraño. Ella fue la primera piedra, los niños no hicieron más que seguir su ejemplo.

Provocaba rechazo por ser diferente. La soledad en la que aquella inhumana maestra lo sumió fue insufrible para él durante años. Cuando lo acosaba con reprimendas se protegía los oídos para no escucharla y gritaba hasta que su madre acudía a rescatarlo.

A los doce años dejó de ir al colegio, ya medía más de 1’80 cm. Y pesaba 90 Kg., las labores del campo en las que colaboraba diariamente le habían dotado del cuerpo de un hombre. La maestra no osaba maltratarlo, lo temía, apenas era capaz de mirarlo a los ojos. El odio lo encontraba en las pupilas del chico. Se limitaba a tenerlo en clase, como un objeto abstracto en el que posaba su vista muy de vez en cuando.

-Pena hijo mío me da que dejes la escuela pero no te quieren allí. Ciro, el papa tara mu feliz que le ayudes en el campo tas fuerte como un güen mulo. Mi Ciro va ser mu güen campesino. Mas listo que naide.

Una vez la maestra aprovechando una coincidencia con ella en la panadería quiso amonestarla públicamente por el absentismo escolar del púber Pero la Paca no se mordió la lengua : “ Señorita Aurelia, mi Ciro le da medo a to los chicos y Ud no lo trata bien, déjemelo a mí y Ud. Busque otro al que moler” Aquella víbora, tuvo que tragar su propio veneno cayó por no ponerse aún más en evidencia. Que más le daba a ella que ese salvaje no acudiera a la escuela. Nunca más volvió a dirigirle la palabra a la madre del animal, cosa que la Paca le agradeció con alivio.

En la preadolescencia fue cuando germinó en él un odio atroz sin misericordia hacia los humanos.. El hecho que aconteció para alejarlo de la especie humana, fue la muerte violenta de “Cojito”.

Así se llamaba su perro. Ciro tenía once años cuando lo conoció .Había sido abandonado en el pueblo por unos veraneantes sin escrúpulos que aprovecharon la parada para tomar unos refrescos y deshacerse de él. Al principio todos los vecinos pensaron que fue un descuido, un perro bonito; negro de mediana estatura y mirada tierna. Así que se turnaban para alimentarlo y aunque vivía en la calle, no le faltaba agua y comida. Pero nadie regresó a buscarlo. Y poco a poco, los altruistas fueron cansándose, nadie quería llevárselo a su casa.

Pasó de ser un perro dócil paulatinamente a convertirse en una fiera desconfiada sin amo. Durante meses comió de las basuras y deambuló a su antojo. Pero tuvo mala suerte y un día al cruzar la calle fue atropellado por una furgoneta. El perro huyó emitiendo alaridos desgarradores, nadie pudo acercarse para curarlo, la pata trasera se le quebró se le cojo consecuencia de la falta de cuidados. Fue entonces cuando Ciro se interesó por la suerte de aquel animal.

Vigiló al perro sagazmente. No tenía amigos ni entre los canes. Poco a poco fue acostumbrándolo a su presencia, se conformó con pasar frente a él a ponerle comida, el perro comenzó a comprender que sus intenciones era buenas y fue relajándose cada vez más. Volvió a confiar , se dejaba tocar alguna vez por el muchacho, pero nunca aceptó un amo, no pudo ponerle una correa al cuello ni entrarlo en su casa. El perro lo seguía fielmente por el pueblo, pero al llegar a casa siempre se quedaba fuera, frente a la puerta esperando la nueva salida.

Cojito fue su único compañero. Los otros muchachos tediosos acechaban su amistad con el perro abandonado. Sentían una envidia malsana por su fusión.

Cojito protegía a Ciro constantemente de los ataques de los otros chicos. Ya no se atrevían a tirarle piedras , por miedo a que les persiguiera. A pesar de su cojera les daba alcance y solía morderles la pernera del pantalón con una ferocidad salvaje, era suficiente para que los chicos palidecieran y lloraran llamando a sus mamás. Era un buen escarmiento correccional.

Pero aquella pandilla de golfillos no olvidaron esos bocados, esperaban poder resarcirse con la venganza sobre aquel chucho presuntuoso. La oportunidad la tuvieron cuando Ciro cayó gravemente enfermo de paperas . Tuvo que guardar cama un mes entero. Mientras la Paca se preocupaba de atender a Cojito.

Hasta el fatídico día en el que tuvieron que ausentarse para ir al hospital. Cojito se quedó solo tumbado frente a la entrada de la casa. Los muchachos vieron que no había nadie al salir de la escuela. Más tarde regresaron con un malévolo plan. Lo sorprendieron por detrás mientras dormía una siesta placidamente cerca de la puerta de entrada de la casa. Entre varios taparon la cabeza del animal metiéndola dentro de un saco y atándolo con una cuerda de esparto. Cojito intentó defenderse, pero sus dentadas era ineficaces, no alcanzaba a ninguno. Pasaron a la siguiente fase, formaron un círculo y el centro se hallaba el perro. Provistos de palos golpearon al perro hasta que este cayó desfallecido. Le quitaron el saco para verlo, estaba destrozado, irreconocible y la lengua le caía fuera de la boca, . Para encubrir su cruel hazaña , rociaron con gasolina a Cojito

-Muerte a la bestia del estúpido Ciro, a ver que hace cuando ya no existas, inmundo y sucio perro- Le dijeron al perro antes de prenderle fuego.

Murió calcinado lanzando sus últimos aullidos espeluznantes. Fue una muerte dolorosa y despiadada. Los chicos corrieron hacia el pueblo mirando hacia atrás, sentían temor de que aún le quedaran fuerzas para perseguirlos envuelto en llamas.

-Madre oigo a “Cojito” algo pasa, quiero irme a casa.

Su madre asintió, ella también intuía que algo sucedía, un extraño malestar le recorría todo el cuerpo. Regresaron sin haber pasado la revisión médica en el hospital. Al llegar a casa el aire estaba impregnado de olor a carne quemada. Los restos de Cojito carbonizado yacían frente a la puerta.

Ciro recogió los restos de su amigo y lo metió en un saco, no podía llorar, el odio se lo impedía. No dijo nada y lo enterró en la parte trasera de la casa. Al meterse en la cama lloró toda la noche y muchas otras, acababa durmiéndose agotado con las imágenes de su perro esperando su ayuda que nunca llegó a tiempo.

Juró que si alguien volvía a dañar a algún animal, lo escarmentaría. Supo por los comentarios que oía en la escuela quienes participaron en la matanza de Cojito, aún se atrevían a presumir de ello. No quiso desquitarse con esa basura, pero les deseó la peor de las suertes con toda su sed de justicia.

Tuvo que esperar muchos años para verlos caer en sus vidas adultas. Si Dios existía no podía dejar libres a aquellos asesinos. Unos acabaron sumidos en la droga, otros fueron a la cárcel por robos. Los más afortunados se casaron pero o bien tuvieron hijos enfermos o sus mujeres los abandonaron. Ninguno logró ser feliz.

“Justicia divina, el mejor de las castigos, lenta pero segura”. Era la frase que solía decirle su madre, “hijo no te vengues Dios lo hará por ti” y fue verdad.

Desde los doce años Ciro trabajó los terrenos familiares como un hombre junto a su padre. Los campos eran de olivo de secano, recolectaban la aceituna.

Había que trabajar el campo todo el año para obtener una buena cosecha; arar el terreno con la ayuda de los burros dos veces al año. Podar las ramas sobrantes cada dos años. Fumigar los olivos para proteger la aceituna de las enfermedades y plagas. Tras una cosecha buena los olivos necesitaban recuperar fuerzas, así que se sabía que al año siguiente sería mala, por lo que se podían disminuir las labores un poco. Lo que más temible a tener en cuenta eran las plagas de insectos.

La plaga de la mosca del olivo era una de las más perjudiciales. La mosca depositaba sus larvas en el interior de las aceitunas y éstas devoraban la cosecha desde el interior del fruto. En cuanto avispaba enjambres de mosca Ciro fumigaba , incluso las comunes sucumbían, “nada bicho negro que vuela sobre los olivos bicho que muere” sentenciaba.

La de la cochinilla era más fácil de advertir. En cuanto algún olivo era atacado por ellas una sustancia negra y pegajosa se percibía en la corteza del árbol.

La del escarabajo barrenillo se eliminaba empleando tácticas ancestrales. Tras la poda de los olivos se dejaban las ramas bajo los troncos. A los quince días se examinaban las ramas, si contenían cavernas hechas por las larvas del escarabajo, había una plaga corrosiva que debía ser aniquilada sistemáticamente quemando las ramas cortadas , se había engañado al insecto sin tener que lastimar al árbol.

Ciro era muy perspicaz, antes de que los árboles enfermaran el ya estaba buscando la solución. Se convirtió en un experto en cosechas de olivo, nunca su padre tuvo aceitunas tan gordas y sanas, era un chaval brillante, esmerado y trabajador.

Los olivos los abonaban con estiércol cada dos años. Tenía que desplazarse con su padre para comprarlo a una vaquería a cien kilómetros. Regresaban con la camioneta cargada de excrementos de vaca, hediondos . A Ciro no le importaba que el olor se le metiera adentro. Durante semanas a pesar de su higiene y baño diario, seguía oliendo a caca de vaca. No había labor que no realizara con entusiasmo, todo fuera por los olivos y la cosecha.

Pasó sus años adolescentes en labores de labranza, poda , fumigación y recolección. Nunca sintió atracción por las chicas de su edad, las veía de lejos y cuando estas presentían que las miraba, rehuían llenas de pavor su mirada, podía incluso percibir como temblaban de horror.

Su padre lo llevó al club del pueblo. Allí se estrenó con 19 años con una prostituta de cerca de 50. Liberó las tensiones de la fogosidad de su cuerpo joven y le gustó, la sensación del sexo lo hizo flotar durante días.

Fue su única forma de obtener mujeres. Se hizo cliente asiduo al club. . El único amor que saboreó fue el de las prostitutas. Muchas veces las protegía de los clientes borrachos que las pegaban a la hora de pagar por el servicio. Limpió el local de proxenetas navajeros que vivían a costa de las chicas. A más de uno de aquellos delincuentes llegó a cortarles el rostro con sus navajas, fue la única manera de demostrarles que iba en serio Ciro no consentía que los hombres lastimaran a las damas de la necesidad humana. No serían santas, pero eran mucho más humanas que muchas que se creían decentes. Con los años las chicas dejaron de cobrarle, incluso se peleaban para meterse en la cama con él.. Era un vigoroso amante. Muchas se sentían de nuevo mujeres sólo cuando el las tocaba con aquellas manos imponentes; duras y suaves a la vez.

La muerte del padre sucedió inesperadamente. Un día de calor que estaban labrando los olivos, Ciro vio caer perpendicularmente a su padre, el buen Pepe, sin presentir la desgracia. Pensó que su padre quería reírse de él gastándole una broma. Pasaron unos minutos de indecisión y temiendo la calamidad, corrió a su lado. Tuvo que darle la vuelta para descubrir que no respiraba, su boca y cara estaban cubiertas de la tierra roja sólo pudo cerrarle los ojos. Comenzó a llorar sin consuelo, le costaba conducir con la vista nublada. En el hospital los médicos diagnosticaron que fue un fallo cardíaco la causa de la muerte súbita de Pepe, provocada por las altas temperaturas. No sintió dolor.

La Paca lloró desconsolada desde el entierro ,por la pérdida de su marido y el futuro de su hijo. ¿Cómo iban a salir adelante sin él? Ciro no era experto en el negocio de las aceitunas, sólo había aprendido a cosechar, nada sabía de venderlas. Ella era analfabeta, que sabía ella de cuentas. Así que para protegerse de los engaños, no le quedó otra opción que vender las tierras. Fue el motivo de pedirle el favor a D. Ambrosio, necesitaba emplear a su hijo en labores al aire libre.

Era el cuidador con más antigüedad en el parque. Había trabajado treinta y cinco años , y acababa de cumplir cincuenta y cinco, aunque no llevara la cuenta de su edad, ya que raramente se acordaba de sus cumpleaños. Sus turnos de trabajo fueron de doce horas, por deseo propio de lunes a domingo. Toda su vida estaba en el parque. Era un hombre frío y distante, pero sus compañeros le tenían un gran respeto.

Sus especies de animales predilectas eran: las jirafas y los hipopótamos. Cuando iba a alimentarlas. las cuello largo daban saltos de júbilo en torno a su furgoneta. A ellas les reservaba las mejores piezas de fruta fresca; peras y manzanas sobretodo . Las jirafas se agachaban para recogerlas de su mano. Todas fueron bautizadas con un nombre por Ciro, cuando las regañaba ellas retrocedían. Desanimadas, en espera de las volviera a llamar para darles más frutas.

Ciro se sentía un animal más en peligro de extinción, dentro de aquel entorno. Los visitantes del parque, lo seguían en su recorrido por las sendas, en las horas en las que alimentaba a los animales.

Cuando su camioneta se paraba junto al recinto de los hipopótamos la gente se bajaba de sus coches y se amontonaba frente a la valla. Entonces la mamá hipopótamo galopaba al ritmo que sus carnes magras carnes se lo permitían junto a su cría , al lugar habitual donde Ciro la esperaba. Él entonces partía las jugosas sandías, variedad americana sin pepitas, y se las introducía directamente en la boca. La mamá deglutía la sandía con unos sonidos similares al de una ballena absorbiendo el océano, era muy desagradable verla engullir, babeaba y un enorme charco con el jugo de la sandía se formaba bajo su boca. No era capaz de retener todo el líquido así que se le derraba cada vez que masticaba, junto a pequeños trozos de sandía, que eran aprovechados por los ciervos oportunistas, disimuladamente se aproximaban con la intención de interceptar algún pedazo, la necesidad les agudizaba las maneras de conseguir algún manjar refrescante.

Ciro guardaba especialmente para los hipopótamo, entre ocho y diez sandías. Pesaban aproximadamente unos ocho kilos cada una.. Luego esparcía dos fardos de heno; hierba seca prensada compuesta por alfalfa, avena trigo y cebada . Los terrenos del parque eran áridos, no había pasto fresco natural para los animales.

A la mañana siguiente cuando Ciro iba a comenzar su jornada fue avisado para que se dirigiera al despacho del D. Julián. Aún recordaba su enfrentamiento del día anterior a la hora de salida. En el despacho de D. Julián le esperaba un abogado para informarle de su despido disciplinario. No volvería más al parque. Por orden expresa de D. Julián.

Sus modales justicieros le habían hecho perder su empleo. No dijo nada, ni firmó papel alguno. El abogado intuyendo una rabia contenida no objetó nada quería salir de aquel despacho entero.

Sus compañeros al enterarse del despido quisieron respaldarle, pero la decisión fue inapelable. D. Julián argumentó que el dueño era él y que estaba harto de aguantar las amenazas de aquel retrasado. Aprovechó interesadamente el zarandeo que le dio Ciro para despedirlo. Saltándose la norma que su padre le impuso; “ Ciro era su mejor cuidador y debía mantenerlo activo hasta la jubilación”.

Los recursos monetarios del parque eran desviados para saciar los lujos personales de D. Julián, por eso no había dinero. Aquél déspota perdía las recaudaciones del parque en sus partidas de juego. No se podía esperar a providencia esta vez, tenía que intervenir para salvar a los animales.

Al salir de la oficina Ciro se fue tranquilamente a casa. Al anochecer se dirigió con su bici hacia el club donde D. Julián solía ir cada noche. Lo vio salir cerca de la una, iba solo, perfecto se dijo. Se agazapó detrás de su todo terreno y cuando se disponía abrir la puerta, se le echó encima y sin darle una oportunidad , lo ahogó entre sus poderosas manos.

Luego registró sus bolsillos para encontrar las llaves del todoterreno. Se subió al coche abandonando el cuerpo inerte en la cuneta de la carretera. Tomó la dirección del parque. Ahora le tocaba decidir en que jaula moriría . La del león territorial y violento era perfecta. Era el único que vivía aislado por su fiereza y mal carácter.

Entró en su jaula sin hacer ruido. El león no parecía percatarse de su intromisión, eso pensaba el pobre Ciro. La fiera lo esperó sin mover un solo músculo, cuando tuvo su presa en el lugar deseado se abalanzó sobre él bruscamente. De un bocado le arrancó la cabeza, murió en el acto sin enterarse, como el buen Pepe. A la mañana siguiente, los cuidadores la encontraron porque el león por respeto, no quiso comérsela.

En la jaula del león carnicero había mucha sangre y trozos de carne humana esparcida por el suelo, incluso entre barrotes hallaron vestigios La ropa y los zapatos que llevaba la encontraron hechas jirones..

Hizo cumplir de nuevo la justicia divina, dejó su suerte en las fauces de un león. Su muerte no fue olvidada. Aquel parque pasó a manos de uno de los hijos de D. Julián por voluntad de su abuelo. El nieto era un devoto amante de los animales, veterinario de profesión, por suerte nada tenía que ver con su padre.

A Jorge le costó aceptar el nuevo nombre del parque, no respetaba el salvajismo de Ciro ni su venganza justiciera. Pero acató la voluntad de su abuelo, perplejo y herido. Aquel gigante parecía tener más relevancia en la familia que su propio padre. El parque pasó a llamarse: “ La selva única de Ciro”.

Fin

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