Todo le apestaba, la habían largado en diez minutos a la lista del paro, sin previo aviso. Y eso que le había asegurado su arpía supervisora, de mil caras, que le iban a renovar. A la salida, le ordenó quedarse, por lo visto había descendido en picado y no le podían ampliar el contrato. No protestó, simplemente era una lección más para aprender. No confiar en una supervisora que te trata de tú a tú hoy y mañana te llama de “usted”. De risa loca y palabras empalagosas, la falsedad inunda la mente del que se somete a su trato . Debió escupirle en el mismo momento del despido por su engaño sutil ¿pero para qué?
Cruzó la calle y entró en el pequeño bar donde solía desayunar un cortado. Era la una y media, estaba a tope de obreros, había un edificio próximo en construcción. No le intimidó ser una de las pocas mujeres del local, necesitaba una copa, así que pidió un ron con limón, bien cargado.
Consumía su bebida cabizbaja, encerrada en sus sentimientos de rabia y dolor, cuando percibió un aroma cautivador que la hizo girarse. Aquel local olía a comida, a tapas, café, tostadas, pinchos, bocadillos de calamares, cerveza, humo de cigarrillos y a la esencia de un hombre fuerte, poderoso, dominante. Era una fragancia intensa, un aroma embriagador que uno siente la necesidad de identificar, así que se volvió encontrando un varón atractivo con el pelo brillante, que estaba sentado en una mesa detrás de ella.
Al volverse lo observó con descaro. Sus miradas dominantes llenas de poder de seducción trazaron un lazo de conexión. Era alto, metro ochenta y cinco, nariz recta poderosa, moreno, de complexión fuerte, pelo negro con algunas canas, cejas anchas y pobladas, ojos verdes grandes, largas, pestañas y mirada penetrante. Vestía camisa rosa a rayas y pantalón vaquero desteñido.
Él también escudriñó a Anabel. Engulló su almuerzo con deseo, sin quitar la vista de ella. Sus formas eran perfectas. Se levantó y su puso en la barra casi rozándola descaradamente, esperando una reacción. Ella no se incomodaba por la cercanía. Entonces prosiguió con su plan que había premeditado mientras almorzaba. La miró de soslayo un instante más y de improviso le cogió la mano derecha, la llevó a su boca para darle un beso, abrió con delicadeza la palma dejando un papel doblado. La volvió a cerrar y se quedó un instante más acariciándola hasta que el camarero le trajo las vueltas. Abandonó entonces el local sin mirar atrás.
Anabel sobresaltada, trémula de un mar de sensaciones placenteras no osó abrir su mano hasta llegar a su casa. Extraño día estaba viviendo, lleno de emociones contradictorias. Un despido amargo y un posible encuentro amoroso.
Se quitó los zapatos y saltó al sofá ilusionada como una adolescente. Tenía miedo de descubrir que aquella nota no estuviera en su palma. Estaba. Era el teléfono móvil de Jose Luis con el mensaje” llámame a las diez, esta noche”. Ella enfurecida y presa de una emoción efervescente por el atrevimiento de aquel desconocido quiso romperla, pero no pudo. Necesitaba tener algo bueno en su vida. Ese desconocido la había enamorado en dos segundos; un olor especial y una mirada amorosa penetrante de hombre que sabe lo que se espera de él, fueron la clave de la conquista.
Pasó la tarde escuchando discos de “Presuntos Implicados”. La voz de Sole le quitaba las capas de embrutecimiento con las que solía protegerse a diario. Las manos le sudaban. Al fin eran las diez. Marcó sin dilación. Segura de lo que ansiaba, al otro lado una voz potente, varonil le contestó al tercer tono.
-Hola eres tú? Estaba seguro que me llamarías encanto. Desde que te vi esta mañana no he dejado de pensar en que hay debajo de esa ropa.
.
-Hola, buenas noches, sí, soy yo. . Me llamo Anabel, encantada de conocerte ¿Tú nombre es?-contestó con la voz más insinuante y dulce que pudo interpretar-
-Jose Luis, preciosa. Estás nerviosa, ya te lo dije antes. ¿ Mi dirección o la tuya? Es por no desperdiciar nuestro tiempo.
-De acuerdo, prefiero que vengas a mi casa, ¿soy clásica verdad? Le dio la dirección rápidamente .
-Llego en una hora, no de defraudaré, guapa, espérame con la sensualidad que sueles tener y lo demás lo pongo yo.
Tenía que prepararse para la llegada de Jose Luis. Tomó una ducha ligera, se vistió con su última adquisición en lencería fina. Un picardía color amarillo, de tul, adornado con una cinta de raso negra cosida transversalmente, con lacito en medio de los seno a juego con un culotte con puntilla , imitando la arquitectura de la parte superior. Se calzó con unas sandalias de charol rojas, tacón de aguja, para demostrar seguridad en sí misma. Mientras lo hacía pensaba en la locura que estaba a punto de cometer, pero estaba libinidosa, excitada por la insensatez de su deseo.
Estaba preparada, olía a jazmín, su último toque atrayente, cuando sonó el timbre Al llegar a su puerta vio que él portaba una botella de cava y un paquete de refinada confitería. Él al encontrarse de nuevo, se quedó impresionado, parecía una diosa de cuerpo curvilíneo. Físicamente era alta, morena, de ojos almendrados color gris azulado, largas cejas y boca grande, de sonrisa perfecta y acogedora. Dotada de un cuerpo fuerte, atlético y bien estructurado, de metro setenta. Todo su ser insinuaba una invitación a la lujuria más voluptuosa
.
-Bueno ya estoy aquí, Anabel estás preciosa, pasaría toda la noche sorbiendo tus fluidos. Me encantas. ¿Por dónde empezamos? A ver ... Déjame que te proponga algo.. .
-Gracias, tú tampoco estás mal.
De pie frente a Anabel, él se dispuso a descorchar el cava Anabel entendió que necesitaría dos copas así que fue en su busca. No le dio tiempo, de repente sintió en su espalda la propulsión y burbujas del cava, él la estaba rociando. Su lencería quedó empapada. Se sentía confusa, extraña con la piel llena de espuma, se llevó las manos al rostro, estaba dudando si debía enfadarse o dejarse llevar, y comenzó a reír a carcajadas. Jose Luis se acercó, la mimó mientras la fue dirigiendo hacia el sofá. Sus manos la desnudaban con cierta rudeza premeditada, poco a poco sus labios sorbían su piel sabrosa, la empujó delicadamente hacia atrás..
Ella cayó sentada sobre el sofá, sus piernas estaban semi abiertas, se podía el interior de su sexo .Jose Luis recordó que había traído dulces, el paquete de confitería, estaba sobre la mesa. Lo abrió, había dos bolas de crema de chocolate recubiertas de cabellos de chocolate negro
Él entonces la agarró por las piernas y se las abrió a modo de tijeras en ángulo al límite de su elasticidad, mientras simultáneamente mordisqueaba sus pezones. Bajó sus caderas hasta el borde del asiento , el sexo de ella estaba abierto, húmedo encarnado. Tenía un pelo de escaso tamaño, adecuadamente recortado que invitaba a hacer experimentos Comenzó a lamer su zona erógena, lubricó un aroma excitante, frotó con pasión la nariz contra la vagina para absorber aún más su olor. La lengua circulaba sobre el clítoris a un ritmo rápido, éste chorreaba de placer. Tomó un pastel de la bandeja y lo aplastó en su monte venus bajándolo hasta el final de sus glúteos . Ella dio un respingo, estaba bastante, frío.
Que extraña sensación notaba Anabel en su sexo. Frío por el cava y el pastel, calor por la lengua vigorosa potente que se movía como una serpiente nacida en el infierno del placer. Jose Luis no la dejó a pesar de que cuerpo se convulsionó sacudido por varios orgasmos que se sucedieron en escasos minutos a intervalos de minutos, la quería entregada, arrodillada por el deleite de un placer sublime, los ojos de Anabel le dieron la respuesta de cuando parar, ella toocó las nubes sin moverse del sofá.
Jose Luis se detuvo entonces para quitarse la ropa, al despojarse del calzoncillo de licra rojo, Anabel observó su proyectil erecto, excitado preparado para la batalla.
Se sentó sereno en el sofá al lado de ella, desnudo con las piernas bien abiertas, esperando una reacción. Anabel no tardó en adivinar sus intenciones, así que continuó su juego erótico, devolviendo el favor sexual. Lamió, chupó y disfrutó del dulce chocolate frotado contra el pene y testículos. Al terminar de comer el pastel, el falo estaba endurecido y convulsionado, que no pudo evitar recibir en su boca el líquido pastoso, blanquecino que mezclado con el dulce le supo a gloria.
-Lo siento no suele pasarme, eres tan buena que...
-No te preocupes, no eres el único que me lo ha dicho.
Rieron juntos, con los ojos llenos de estrellas, insatisfechos y con ganas de explorarse mucho más a fondo todas las terminaciones nerviosas de sus cuerpos. Hablaron para reponerse de sus gustos y aficiones. Descubrieron que compartían muchos aficiones y puntos de vista.
Jose Luis al rato comenzó de nuevo a juguetear con su pecho.
- Esta vez tengo que conseguir que disfrutes con mi verga. Ahora sentirás el cabalgar de un hombre potente.
-Pensé que no lo ibas a decir nunca. Anabel le retiró la mano de su sexo, se puso a cuatro patas esperándolo.
Cruzó la calle y entró en el pequeño bar donde solía desayunar un cortado. Era la una y media, estaba a tope de obreros, había un edificio próximo en construcción. No le intimidó ser una de las pocas mujeres del local, necesitaba una copa, así que pidió un ron con limón, bien cargado.
Consumía su bebida cabizbaja, encerrada en sus sentimientos de rabia y dolor, cuando percibió un aroma cautivador que la hizo girarse. Aquel local olía a comida, a tapas, café, tostadas, pinchos, bocadillos de calamares, cerveza, humo de cigarrillos y a la esencia de un hombre fuerte, poderoso, dominante. Era una fragancia intensa, un aroma embriagador que uno siente la necesidad de identificar, así que se volvió encontrando un varón atractivo con el pelo brillante, que estaba sentado en una mesa detrás de ella.
Al volverse lo observó con descaro. Sus miradas dominantes llenas de poder de seducción trazaron un lazo de conexión. Era alto, metro ochenta y cinco, nariz recta poderosa, moreno, de complexión fuerte, pelo negro con algunas canas, cejas anchas y pobladas, ojos verdes grandes, largas, pestañas y mirada penetrante. Vestía camisa rosa a rayas y pantalón vaquero desteñido.
Él también escudriñó a Anabel. Engulló su almuerzo con deseo, sin quitar la vista de ella. Sus formas eran perfectas. Se levantó y su puso en la barra casi rozándola descaradamente, esperando una reacción. Ella no se incomodaba por la cercanía. Entonces prosiguió con su plan que había premeditado mientras almorzaba. La miró de soslayo un instante más y de improviso le cogió la mano derecha, la llevó a su boca para darle un beso, abrió con delicadeza la palma dejando un papel doblado. La volvió a cerrar y se quedó un instante más acariciándola hasta que el camarero le trajo las vueltas. Abandonó entonces el local sin mirar atrás.
Anabel sobresaltada, trémula de un mar de sensaciones placenteras no osó abrir su mano hasta llegar a su casa. Extraño día estaba viviendo, lleno de emociones contradictorias. Un despido amargo y un posible encuentro amoroso.
Se quitó los zapatos y saltó al sofá ilusionada como una adolescente. Tenía miedo de descubrir que aquella nota no estuviera en su palma. Estaba. Era el teléfono móvil de Jose Luis con el mensaje” llámame a las diez, esta noche”. Ella enfurecida y presa de una emoción efervescente por el atrevimiento de aquel desconocido quiso romperla, pero no pudo. Necesitaba tener algo bueno en su vida. Ese desconocido la había enamorado en dos segundos; un olor especial y una mirada amorosa penetrante de hombre que sabe lo que se espera de él, fueron la clave de la conquista.
Pasó la tarde escuchando discos de “Presuntos Implicados”. La voz de Sole le quitaba las capas de embrutecimiento con las que solía protegerse a diario. Las manos le sudaban. Al fin eran las diez. Marcó sin dilación. Segura de lo que ansiaba, al otro lado una voz potente, varonil le contestó al tercer tono.
-Hola eres tú? Estaba seguro que me llamarías encanto. Desde que te vi esta mañana no he dejado de pensar en que hay debajo de esa ropa.
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-Hola, buenas noches, sí, soy yo. . Me llamo Anabel, encantada de conocerte ¿Tú nombre es?-contestó con la voz más insinuante y dulce que pudo interpretar-
-Jose Luis, preciosa. Estás nerviosa, ya te lo dije antes. ¿ Mi dirección o la tuya? Es por no desperdiciar nuestro tiempo.
-De acuerdo, prefiero que vengas a mi casa, ¿soy clásica verdad? Le dio la dirección rápidamente .
-Llego en una hora, no de defraudaré, guapa, espérame con la sensualidad que sueles tener y lo demás lo pongo yo.
Tenía que prepararse para la llegada de Jose Luis. Tomó una ducha ligera, se vistió con su última adquisición en lencería fina. Un picardía color amarillo, de tul, adornado con una cinta de raso negra cosida transversalmente, con lacito en medio de los seno a juego con un culotte con puntilla , imitando la arquitectura de la parte superior. Se calzó con unas sandalias de charol rojas, tacón de aguja, para demostrar seguridad en sí misma. Mientras lo hacía pensaba en la locura que estaba a punto de cometer, pero estaba libinidosa, excitada por la insensatez de su deseo.
Estaba preparada, olía a jazmín, su último toque atrayente, cuando sonó el timbre Al llegar a su puerta vio que él portaba una botella de cava y un paquete de refinada confitería. Él al encontrarse de nuevo, se quedó impresionado, parecía una diosa de cuerpo curvilíneo. Físicamente era alta, morena, de ojos almendrados color gris azulado, largas cejas y boca grande, de sonrisa perfecta y acogedora. Dotada de un cuerpo fuerte, atlético y bien estructurado, de metro setenta. Todo su ser insinuaba una invitación a la lujuria más voluptuosa
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-Bueno ya estoy aquí, Anabel estás preciosa, pasaría toda la noche sorbiendo tus fluidos. Me encantas. ¿Por dónde empezamos? A ver ... Déjame que te proponga algo.. .
-Gracias, tú tampoco estás mal.
De pie frente a Anabel, él se dispuso a descorchar el cava Anabel entendió que necesitaría dos copas así que fue en su busca. No le dio tiempo, de repente sintió en su espalda la propulsión y burbujas del cava, él la estaba rociando. Su lencería quedó empapada. Se sentía confusa, extraña con la piel llena de espuma, se llevó las manos al rostro, estaba dudando si debía enfadarse o dejarse llevar, y comenzó a reír a carcajadas. Jose Luis se acercó, la mimó mientras la fue dirigiendo hacia el sofá. Sus manos la desnudaban con cierta rudeza premeditada, poco a poco sus labios sorbían su piel sabrosa, la empujó delicadamente hacia atrás..
Ella cayó sentada sobre el sofá, sus piernas estaban semi abiertas, se podía el interior de su sexo .Jose Luis recordó que había traído dulces, el paquete de confitería, estaba sobre la mesa. Lo abrió, había dos bolas de crema de chocolate recubiertas de cabellos de chocolate negro
Él entonces la agarró por las piernas y se las abrió a modo de tijeras en ángulo al límite de su elasticidad, mientras simultáneamente mordisqueaba sus pezones. Bajó sus caderas hasta el borde del asiento , el sexo de ella estaba abierto, húmedo encarnado. Tenía un pelo de escaso tamaño, adecuadamente recortado que invitaba a hacer experimentos Comenzó a lamer su zona erógena, lubricó un aroma excitante, frotó con pasión la nariz contra la vagina para absorber aún más su olor. La lengua circulaba sobre el clítoris a un ritmo rápido, éste chorreaba de placer. Tomó un pastel de la bandeja y lo aplastó en su monte venus bajándolo hasta el final de sus glúteos . Ella dio un respingo, estaba bastante, frío.
Que extraña sensación notaba Anabel en su sexo. Frío por el cava y el pastel, calor por la lengua vigorosa potente que se movía como una serpiente nacida en el infierno del placer. Jose Luis no la dejó a pesar de que cuerpo se convulsionó sacudido por varios orgasmos que se sucedieron en escasos minutos a intervalos de minutos, la quería entregada, arrodillada por el deleite de un placer sublime, los ojos de Anabel le dieron la respuesta de cuando parar, ella toocó las nubes sin moverse del sofá.
Jose Luis se detuvo entonces para quitarse la ropa, al despojarse del calzoncillo de licra rojo, Anabel observó su proyectil erecto, excitado preparado para la batalla.
Se sentó sereno en el sofá al lado de ella, desnudo con las piernas bien abiertas, esperando una reacción. Anabel no tardó en adivinar sus intenciones, así que continuó su juego erótico, devolviendo el favor sexual. Lamió, chupó y disfrutó del dulce chocolate frotado contra el pene y testículos. Al terminar de comer el pastel, el falo estaba endurecido y convulsionado, que no pudo evitar recibir en su boca el líquido pastoso, blanquecino que mezclado con el dulce le supo a gloria.
-Lo siento no suele pasarme, eres tan buena que...
-No te preocupes, no eres el único que me lo ha dicho.
Rieron juntos, con los ojos llenos de estrellas, insatisfechos y con ganas de explorarse mucho más a fondo todas las terminaciones nerviosas de sus cuerpos. Hablaron para reponerse de sus gustos y aficiones. Descubrieron que compartían muchos aficiones y puntos de vista.
Jose Luis al rato comenzó de nuevo a juguetear con su pecho.
- Esta vez tengo que conseguir que disfrutes con mi verga. Ahora sentirás el cabalgar de un hombre potente.
-Pensé que no lo ibas a decir nunca. Anabel le retiró la mano de su sexo, se puso a cuatro patas esperándolo.
Fin
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