domingo, 10 de julio de 2016

El testamento

El testamento


Viajaba en tren rumbo a su hiriente pasado. Al llegar a la estación se topó con una suave lluvia que le mojó la piel, rebajando la tensión que sentía. El aire viciado olía a una mezcla de humos de combustible, posiblemente gasoil y tierra mojada. Le refrescó los brazos, reduciendo los vellos erizados, su rostro tenso comenzó a relajarse, cada paso que daba le revolvía una vida anterior que había permanecido sellada durante muchos años.

Confundida y desorientada, llegaban escenas tan impetuosas que distorsionaban lo que percibía, trataba a cada instante de diferenciarlas de la realidad. Desde que se marchó hacia más de quince años no tuvo noticias de su familia. Temía que en cualquier momento la figura severa de su madre aparecería en la estación para llevarla de vuelta a casa. Pero eso era imposible. Una prima lejana le informó del fallecimiento .Una sudor frío le recorrió la espalda, aliviando el malestar de sentirse presa en la historia de la cual había escapado siendo una adolescente. Debía recuperar la calma y perdonar. Sólo así enterraría los fantasmas que tantas noches de sueño le habían tenido en pie, manteniendo conversaciones intensas con seres irreales donde no había encontrado un punto de acercamiento Dejó a su marido sin darle explicaciones de su misterioso viaje, sólo le dijo que debía resolver un tema del pasado.

No quiso establecer un nuevo contacto con sus dos hermanos. La educación sexista los elevaba por encima de su estado de mujer. De la casa de la cual había huido tras aquel episodio amargo, ellos eran los que tenían voz y mando. No hicieron nada por defenderla de su autoritaria madre que sólo parecía tener obligaciones y restricciones para la chica.

Gracias a las escasas pero importantes comunicaciones con su prima conoció la fecha exacta del fallecimiento de su madre, el veinticinco de agosto. Virginia la llamó cuando ocurrió, por si quería asistir a la misa y posterior entierro en el panteón familiar. No respondió, colgó sin más. Un mes después, estaba allí sin saber lo que trataba de conseguir con ello. Quizás su conciencia no estaba tranquila, necesitaba saber como vivió su madre sus últimos días y si alguna vez la amó. Esperaba que hubiera dejado una carta de disculpa, que tratara de justificar sus actos, ansiaba descubrir lo que ella había significado para su madre.

No tenía ningún documento que la relacionara como hija, así que con anterioridad tuvo que solicitar el certificado de defunción por internet en el portal web del Ministerio de Justicia para luego pedir el certificado de últimas voluntades, en el mismo sitio. Su primera visita sería al Notario que era poseedor del último testamento.

Caminó por las calles de la ciudad con paso apretado. Estaba furiosa, como un animal herido que teme al peligro de cruzarse con una nueva amenaza. La rabia contenida mucho tiempo afloraba por cada poro de su piel. Notaba lo susceptible que estaba, un simple empujón o roce con algún extraño caminante la ponían en situación de alerta. No sabía como dejar de sentirse así, estaba muy cerca del final y no sabía controlarse. Cuenta Sandra se decía, como los niños...diez, nueve, ocho...¡Respira profundamente! Piensa en algo que te llene de amor...Con una intermitencia regresaba la sensación de paz.

Cada año cuando llegaba la fecha de celebración del día de la madre perdía la conciencia, cayendo en un estado anímico deplorable. Sin poder evitarlo, se volvía inaccesible durante días. Sin hablar, tumbada en la cama sin comer o beber, en un profundo trance, del cual su atento marido lograba rescatarla. Para ello usaba lo único que servía, amarla y abrazarla sin hacer preguntas.

Lo que ella guardaba en su interior más profundo es que había sido madre pero por unos minutos de un tierno bebé. El hecho no se lo confesó nunca, así que aquella inmensa tristeza la desbordaba porque trataba de contener el dolor. No hubo alivio ni ayuda psicológica para superar aquello, ya que ocultaba lo que sucedió. Sabía que las células de su hijo estaban vivas en su cerebro. Fue el regalo de la conexión de nueve meses de amor verdadero.

Al llegar a la Notaría, preguntó por el encargado de entregar las copias de testamento. Notó que éste la recibía con cierta aspereza. Intuía que su madre no la habría favorecido, pero lo necesitaba para justificar el parentesco. No quiso descubrir ante aquel ser que disfrutaba con el sufrimiento ajeno, la reacción que le produciría saber su contenido, así que se limitó a cogerlo y salir con el sobre bajo el brazo. En su mirada pudo percibir que disfrutaba con la situación. Supo sin duda que lo que contenía podría ser peor a lo que en un principio había imaginado.

Al llegar al hotel dejó el sobre sobre la otra cama. Lo apartaba temerosa, sin querer enfrentarse a la verdad que la aguardaba. Al día siguiente, fue a solicitar el informe médico de su madre. Necesitaba saber cómo fueron sus últimos días. Para no escuchar mentiras iba a valerse del testimonio frío y distante de los médicos.

Al llegar a atención al paciente, la administrativa la atendió con las acostumbradas formas de los servicios públicos, donde la frialdad de trato y falta de empatía se hacían presentes. Le sorprendía a la funcionaria inquisidora que siendo la hija, no tuviera ningún documento personal de la fallecida. En ese instante, Sandra le entregó el sobre del testamento para establecer el vínculo a la desagradable mujer y esta quiso curiosear más de lo que debía.
-Aquí pone que es Ud su hija pero también que ha sido desheredada.
-No lo sabía...-contestó sobrecogida, tratando de reponerse. ¿A caso importa para establecer la relación familiar?

No le respondió, sus labios se torcieron a modo de desprecio, se levantó con brusquedad de la silla con malos modales, quería apabullarla para lograr una situación de superioridad, Sandra era percibida como una mujer muy fuerte y valiente. Pero no logró su propósito. Se atrevía a juzgarla sin conocerla. Su madre la había sentenciado públicamente como una mala hija que no se merecía nada y por escrito, eso era lo que los demás iban a pensar.

Sandra supo disimular, para no añadir un placer a aquella amargada. Aliviada por conocer el contenido en boca de otro, se atrevió a leer las hojas que le devolvían. Todo se limitaba a un artículo del código civil al cual remitía como causa de desheredación.

Regresó al hotel, debería esperar unos días para obtener su historial médico. Se dio una ducha caliente tratando de descongestionar su cabeza. Tomó una pastilla de paracetamol, el dolor comenzaba a ser insoportable.

Se recostó en la cama, abstrayéndose de la realidad, iba a quedarse dormida cuando los recuerdos de su infancia la asaltaron sin piedad. Estaba en el jardín entretenida arrancado pétalos de rosa de los rosales, le dolían las manos, al mirarse descubrió los arañazos que se había hecho al rozar su piel con las defensivas púas de los tallos, pero estaba absorbida por el olor y suavidad, descubriendo con curiosidad las múltiples capas de las fragantes rosas, así que no cesó en su hazaña. De repente, se vio sorprendida por una una figura que la miraba con seriedad, en su mano sostenía una vara flexible. Dejó caer su recolecta de la copa de su vestido, tras escuchar un fuerte grito. Dio un paso atrás y buscó un sitio donde esconderse. Tenía el vestido blanco manchado con la esencia de los pétalos. La madre caminó rápido hacia ella, la cogió por los hombros, sacudiéndola con brusquedad. Sin argumentar palabra, la tumbó sobre sus rodillas. Sandra veía los zapatos de charol y el suelo, aguantando entre dientes sin llorar. Pronto las gotas de sangre salpicaron el pavimento de cerámica azul. Así aprendería, le propinó una tunda interminable de azotes con su vara de rabo de toro La soltó cuando aquella enérgica rabia se hubo satisfecho. Se levantó para ir a por agua oxigenada. Iba a curar sus sangrantes latigazos en las nalgas.

Su hermando mayor observaba con pavor la escena desde la ventana que daba al jardín. Durante días no pudo sentarse en la silla y comía de pie. Joaquín a escondidas cogía pomadas del botiquín para aliviar el dolor, trataba que no se infectaran las feas heridas. Su madre no se preocupó más, no eran tan importantes y se curarían solas. Poco supo que lo hicieron tras las atenciones y preocupación de su hermano, fue allí donde descubrió que iba a ser médico. Su hermana iba a necesitar sus conocimientos para sanar sus heridas en muchas ocasiones.

Sandra sacudió la cabeza de lado a lado, se deshizo de aquellos pensamientos como de una mosca molesta que no deja de incordiar. Los episodios de violencia se sucedieron durante muchos años en su infancia. Sólo ella recibía el castigo cruel de manos de su madre. Sus hermanos estuvieron a salvo por ser varones, su madre los veía superiores aunque hicieran travesuras, no se atrevía a golpearles. Una mujer no vale lo que un hombre, es un ser débil, le repetía constantemente.

Se quedó embarazada en el instituto de un chico que le gustaba mucho. Se entregó a la mínima prueba de afecto, sin pensar en ella misma. Tras conocer su gestación, su madre la sacó del instituto recluyéndola en casa hasta el momento de dar a luz.

Trataba de zafarse de los traumáticos recuerdos de infancia cuando llegó el peor. Estalló como una tormenta inesperada sin que pudiera detenerlo. Estaba de pie en el comedor frente a su madre, se había despertado de madrugada con un fuerte dolor de espalda. Al levantarse de la cama un liquido caliente recorrió sus piernas, sin duda el momento había llegado. Aquel dolor que le cortaba la respiración y duraba al principio unos segundos, debían ser las contracciones, según avanzaba el tiempo se fueron haciendo más intensos. Con diecisiete años iba a ser madre. Mientras era observada por su madre que  estaba sentada en una silla, parecía rebuscar en un cajón los papeles para ir al hospital. Había colocado bajo sus pies una vieja manta de lana con listas de colores que estaba en el jardín, para que no manchara el suelo. Sandra suplicaba con su mirada que se diera prisa, pero no se atrevió a reclamarlo en voz alta, aquel niño tenía prisa e iba nacer en cualquier momento. Tenia las piernas separadas, jadeaba para poder respirar, se agachó cuando la contracción se hizo insoportable empujando con su abdomen con todas sus fuerzas. El tremendo esfuerzo insoportable le obligaron a soltar un fuerte grito, fue definitivo, Sintió que había expulsado algo. Miró bajo sus piernas para ver al pequeño cubierto por una sustancia blanquecina y sangre. Su madre dejo de buscar y corrió para recoger al bebé que había caído sobre la manta y lo envolvió en una preciosa toalla de color amarillo adornada con flores grandes. A los pocos minutos se desprendió la placenta. Quiso caminar hacia donde estaba su madre, estaba hablando por teléfono, pedía un taxi urgente. Al acercarse apartó la toalla para ver el rostro del pequeño, estaba azul.

Fue ingresada de inmediato para practicar una operación de urgencia. Los médicos lucharon en el quirófano muchas horas para detener la hemorragia. Tras recibir una transfusión con varias bolsas de sangre, lograron estabilizarla. Despertó dos días después en una habitación sola. Le extrañó no tener a su lado la cunita con el pequeño Gabriel. Estaba deseando cogerlo, abrazarle y darle el pecho para que se alimentara. Estaba muy dolorida, así que tocó el timbre para que le trajeran al bebé.
-Lo siento mucho, tranquila ahora pasará el médico a informarle de todo-le contestó una enfermera con excesiva amabilidad.

¿Lo sentía mucho? ¿Así la felicitaban por ser madre? ¿De qué debía informarle el médico? Quiso comprender, quizás al caer el bebé al suelo sufrió algún daño, estaría siendo atendido en neonatos. Eso debía ser... Aguardó varias horas hasta que el doctor en compañía de su madre pasaron a visitarla.
-¿Dónde esta mi hijo? Le preguntó sin poder contener su preocupación.
-Se recuperará bien. Sandra no podrá tener más hijos, acudió tarde a dar a luz, debió avisar a su madre, es usted muy joven, no se preocupe, puede adoptarlos. Lo importante es que conseguimos contener la hemorragia y salvarla.

A Sandra no parecía importarle la noticia de ya no poder concebir más, tenía al pequeño Gabriel. No agradeció que le salvaran la vida, estaba centrada únicamente en la situación del bebé, esperó paciente a que el doctor respondiera a su pregunta.

El doctor finalmente compasivo, tuvo que enfrentar la verdad. Para ello se acercó y cogiendo sus manos entre las suyas, la miró con afecto a los ojos para decirle que el bebé no sobrevivió. Si hubieran ido al hospital, todo hubiera sido diferente.

Sandra miró a los ojos de su madre recriminándole el haberla obligado a permanecer en casa. Ahora la crueldad de su alma se hizo presente. Ella intencionadamente la había retenido para que pariera sola en casa y por eso nació muerto.

No delató a su madre. Calló para que no la encerraran el la cárcel por provocar el fallecimiento de su nieto. Pero un fuego intenso de odio se encendió en su cuerpo. Después de aquello no volverían a reencontrarse.

Pidió ver a su hijo y no pudieron negarle ese derecho. Era precioso un varón moreno, tenía sus ojos pero estaba tan azul que no parecía humano. Lo acarició durante una hora aprentándolo contra su pecho. Estaba frío, ausente. Hubo que sedarla para apartarla de él. Murió solo sin saber lo que lo amaba y lo mucho que lo iba a querer.

Tras una semana de estar ingresada recibió una llamada de su madre. Pasaría a buscarla a las tres cuando le dieran el alta médica. Se vistió a toda prisa, debía escapar de allí. Mintió a las enfermeras para que la dejaran marchar.

La madre se sintió burlada, ya le daría un escarmiento al regresar a casa, pero no la encontró, supo que había decidido no volver. Mientras Sandra caminaba sin saber a donde, imaginó su reacción, la escuchó gritar que era una desagradecida y que no sabía valorar lo que se había esforzado por salvarla.

Cuando recibió el informe médico abrió el sobre con mucho más interés que el del testamento. Necesitaba saber como fueron sus últimos días. Una terrible enfermedad la asoló por más de tres años. No paró de reclamar la presencia de su hija para que viniera a cuidarla. Ninguna de sus llamadas surtió efecto.

Leyó durante horas sin que aflorara la compasión en su corazón. Su madre sufrió una enfermedad agónica que la consumió reduciéndose a poca cosa. En algunos momentos sintió un pequeño alivió ante el dolor que debió vivir en su cuerpo. La conexión entre madre e hija en su cerebro no exista desde lo de Gabriel, eliminó todo lazo de unión.

Así estaba absorta frente a un café que se había quedado frío, en la cafetería del hospital, cuando un hombre con bata blanca se detuvo delante de ella. Levantó la vista para decirle algo cortante y conseguir que se marchara, pero aquel rostro...le era familiar. Sin duda los años pasaron pero seguía siendo el mismo de antes, su hermano bondadoso y curativo: Joaquín.

-¿Qué lees con tanto interés, Sandra? Creía que no te importaba lo más mínimo, tuvo una muerte lenta y dolorosa, creo que pagó por todos sus pecados.
-No esperaba encontrarte, no me hables por favor.
-Debes perdonar y liberarte de estar carga de una vez. Es pasado, también hizo cosas buenas.
-¿Las hizo para ti? Yo solo la recuerdo entre lágrimas y dolor.
-Eres demasiado dura...
-¿A quién crees que me parezco?
-¡Sandra, tú nunca podrás ser como ella! -gritó alterado- Tu eres un ángel que ha sufrido muchísimo. Renuncié a mi parte de la herencia. Javier se quedó con todo, también heredó su carácter dominante, violento y manipulador. Es un monstruo, espero que no encuentre con quién casarse, la historia se repetiría...
-¿Por qué me cuentas eso?-balbuceó nerviosa- No tengo familia, sentenció.
-Me tienes a mí. Te he estado esperando para quererte y abrazarte. Sentí tanto no poder ayudarte...
-¡Basta, márchate ya!-le contestó airada, no sabía si también le odiaba.
-¡Te quiero hermana!-se atrevió a decir en voz baja mientras abandonaba la mesa- Soy psiquiatra cuando me necesites, llámame. Dejó caer una tarjeta profesional con su número muy cerca de ella.

Esa misma tarde se marchó de la ciudad. Rumbo a los brazos de su comprensivo marido, que la recibió aliviado. Parecía haberse deshecho de un gran carga. Había dejado atrás el odio, resentimiento y temor hacia su madre.

Conservó la tarjeta de su hermano. Cuando llegó el día de la madre tuvo que hacer esa llamada. El último dolor de su corazón fue sanado con la ayuda de Joaquín.

Tras superar todos sus traumas, un día decidió contar a su marido toda la verdad sobre su pasado. Al terminar la historia, éste la miró a los ojos enternecido. La abrazó y besó durante horas, tratando de curar cada recuerdo. ¿Cómo fue capaz de contener tanto dolor en su interior sin quebrarse? Era una mujer admirable, la amaba aún con más intensidad que antes.

-Fin-

2 comentarios:

Magdalena Araújo dijo...

Estremecedor escrito, Maite. ¡Qué epocas aquellas! ¡Qué madres aquellas! ¡Cuánto dolor crearon! Conozco esa experiencia de cerca. Posiblemente, no tan dura, o sí... A mí nunca me pegaron pero yo veía los castigos a mis hermanos y cuando les pegaban con un cinturón por suspensos o por otras razones. Yo aprendí a hacer todo lo posible por no recibir esos castigos. Ser observador de ello, saber que eso sucede, también te marca mucho. El perdón en necesario, aunque es difícil. Gracias por poner en palabras esas situaciones tan difíciles...

Maite dijo...

Te comprendo Magdalena, este escrito pone palabras al dolor que se siente cuando tu propia familia es la que te destroza. Un beso.