

En un pueblecito situado en el valle entre dos hermosas y altas montañas llamado Ladoeu, vivía una hermosa y solitaria joven, que tenía por costumbre hablar con los pájaros, peinar a los gatos y recitar bellos poemas y cuentos a todos los animales de la granja.
Era muy habladora, solía bajar al pueblo todos los sábados, su finca era la que más lejos se situaba del poblado, subiendo una pendiente un poco sinuosa, accesible por un estrecho camino por el cual apenas cabían dos vacas, se encontraba su pequeña casa de labor, protegida por un innecesario cercado ya que era el final del camino, tras de su hogar se extendía la colosal montaña de escarpadas puntas de color volcán, marrón intenso donde no crecía ni una sola flor.
La campesina tenía nombre de flor, Amapola, la hermosa flor reina de las montañas. Su madre amante de la vida en el campo y de las flores de extrema belleza, le puso aquel nombre porque quería que su condición era humilde y vulgar, nada especial salvo para aquellas montañas .
Cuando en primavera nacían los nuevos brotes de las amapolas, los campos se vestían del color del corazón, formando un bello paisaje junto con las margaritas, las jaras y el verde silvestre de la maleza en pleno esplendor. Sin embargo, las amapolas eran tóxicas para el consumo de los herbívoros, únicamente te podían alimentar de sus semillas. Toda belleza esconde un peligro pensaba amargamente nuestra campesina.
Desde hacía muchos años, vivía tristemente sola, desde que sus padres murieron tras enfermar de un gripe funesta que asoló el pueblo, causando numerosas bajas entre ancianos y niños. Amapola siempre quiso amar, pero sus novios nunca le dieron amor en la cantidad suficiente para desear formar una familia, así con el corazón quebrado por la decepción tras muchos amoríos, había decidido cantar el amor a los cuatro vientos y recibirlo de los que saben amar y escribir sobre los corazones cálidos en aquellos hermosos versos llenos de ilusión y ternura.
Nadie entendía como una mujer joven y hermosa prefería vivir así de sola , hablando con todos los seres sin habla, gallinas, conejos, gatos e incluso con la naturaleza y apenas pronunciaba una palabra en presencia de otros habitantes del pueblo.
Sin duda su hermoso corazón no estaba preparado para luchar contra la falsedad del mundo.
Por eso se refugiaba en la poesía, los cuentos que leía y releía sin parar. A los atentos animales que se sentían especiales al escucharla narrar sus historias.
Un día bajando por el camino estrecho le sobresaltó la presencia de un ser horroroso. Un extraño animal de color rojo la estaba esperando. silbaba alegremente Su aspecto era un poco atemorizante, llevaba una horca o tenedor, con tres puntas afiladas, entre sus piernas de pies de cabra asomaba un rabo largo que terminaba en punta de flecha, dos pequeños apéndices crecidos sobre su frente, afilados y con punta redondeaba le dotaban de un aspecto feroz. Su estatura era casi de enano, regordete y muy vivaracho. Se movía con una alegría desbordante, como si estuviera cantando una canción, dudó si pasar cerca de aquel ser o regresar pavorosamente a su casa, pero la curiosidad superó su aprensión y guardando la compostura, sus nervios se templaron y casi iba a pasar de largo al lado del demonio cuando éste, muy burlón le dijo:
¡Vaya! ¿Es que no sabes que las bellas mujeres como tú no deben pasar al lado de seres malvados? ¿Eh? Ji,ji,ji- Anda y sal corriendo boba-
¡ Sin duda das mucho miedo! Dijo tratando de disimular su temor. Hola me llamo Amapola. Tienes el color de las amapolas en flor cuando crecen en las montañas en el mes de abril y mayo. Tus ojos son negros, con fuego negro, como el carbón y brillantes como la luna, tu aspecto es sensacional y me haces reír, además de dar un calor estupendo.
El demonio desorientado ante la desenvoltura de tan osada mujer, quedó perdidamente agitado, enamorado de sus palabras tiernas que le daban un trato distinto. Jamás nadie le había dicho cosas tan bonitas. Ella era la mujer de su corazón, porque él tenía un corazón rojo, de intenso fuego alimentado por todas las almas malvadas que le dotaban de una fuerza sobrenatural.
Y se decidió a la conquista. A partir de aquel día cuando Amapola recitaba poesía a sus gallinas, él se sentaba desde fuera del cercado a escucharla. Ella al principio, lo ignoraba, le hacía gracia que un ser tan graciosamente feo tuviera interés por la belleza de las palabras.
Así pasó el verano. Y Amapola seguía sin amar al demonio. Aquel ser que se había quedado en las montañas, comía animales enteros que cazaba sin ocultarse y devoraba como un animal salvaje, causaba estragos entre los campesinos con sus diabluras, estropeaba cosechas, enfrentaba a los campesinos haciendo cosas que los provocaran entre ellos y se sentaba a reír, disfrutaba por así decir haciendo actos malvados. El mal era su diversión.
Pero cuando Amapola lo miraba, se volvía bueno. Sonreía y traía flores a sus manos cada día para ella con una sonrisa abierta como nunca nadie vio. Cuidaba únicamente de loss animales de ella, gallinas, conejos sin devorarlos y parecía acariciarla con sus bellos ojos, sin atreverse nunca a tocarla.
Y el invierno llegó. El demonio dormía siempre custodiando la entrada al pie del cercado. Amapola era su amor y estaría siempre cerca de ella, aunque ella no lo aceptara plenamente. Las noches se comenzaron a ser muy frías y con la primera nevada el demonio casi enfermó.
Amapola preocupada por la situación de aquel ser que no sabía bien que intenciones tenía, le dijo un día al percibir el malestar del pobre demonio:
Mira, demonio puedes quedarte en casa hasta que te cures. Pero en cuanto estés bueno quiero que te vayas, no deseo vivir con nadie y menos con un demonio que se pasa los días haciendo estropicios entre las personas y los animales. Concluyó algo airada ante sus ojos, cediendo pero sin dar premisas de posible amistad entre ambos.
El demonio tras el reposo y el calor del hogar se recuperó rápidamente. El dormir en aquella cuna que Amapola había sacado del olvido, en la que ella un día pasó su infancia hasta los tres años, habían creado en él un amor loco, enarbolado por la unión de una cuna compartida por ambos. Era amplia, como media cama , con las patas redondas y labradas en madera de roble. Pero finalmente tuvo que abandonar la casa.
Amapola sufrió mucho con la partida de su demonio enamorado, dándose cuenta por primera vez de que amaba a aquel ser malvado. Sin su presencia los días se le hacían vacíos de contenido. Jamás había necesitado a nadie y sin embargo ahora, ansiaba la presencia de aquel extraño ser malvado, que tanto amor le había dado, sin esperar nada a cambio.
Buscaba durante el día, mientras alimentaba a las gallinas los ojos de su demonio, que la acariciaban calidamente cada vez que presentían ser el centro de atención. Ella molesta, retiraba la mirada algo enojada, por si aquel ser había sido capaz de descubrir su secreto, pero al momento de soslayo volvía a buscarlo, guardando un sonrisa de felicidad encubierta.. El amor fluía con intensidad entre los dos, sin que ninguno de los dos se atreviera a pronunciar la palabra amor.
Así que el demonio acostumbrado al calor del hogar, no quiso renunciar a su cuna. Y pensando que su presencia no sería notada se colaba en la casa. Amapola sabedora de ello, dejaba intencionadamente la puerta abierta sin pestillo cada noche para que el demonio pudiera entrar y dormir en ella.
Por la mañana al despertar, Amapola iba a la habitación donde se encontraba durmiendo plácidamente el demonio, mandaba un beso con todo el amor de su corazón a aquel ser repelente y después gritaba:
¡Fuera sucio demonio! ¡Fuera de aquí! ¿Cómo entraste otra vez? ¡Vete de mi casa, vete!
Y el pobre demonio, cabizbajo, con el rabo entre la piernas y la punta en forma de flecha agitada, describiendo un acto de sumisión perruna, salía de la casa, varias veces con sus grandes ojos llenos de lágrimas volvía la mirada hacia la casa, esperando un poco de compasión en Amapola, porque se esforzaba enormemente por ser todo lo que ella deseaba, necesitaba su amor, sólo eso le bastaba. Pero sus ojos se encontraban con los de ella, que le negaban con un movimiento de cabeza de izquierda a derecha un no, por respuesta.
Después Amapola volvía a la habitación y besaba amorosamente con lágrimas en los ojos las sábanas aún calientes, impregnadas de un olor maloliente, similar al de una cabra, sacando el amor de su corazón en una suave nube de besos, para que de noche acunaran a su bebé demonio, la piedra dolorosa de su corazón.
Amapola no quería dejar ver el amor verdadero que sentía al demonio. El era un ser maléfico y no podía dejar de serlo por nadie. Tan solo podía amarlo en la distancia, disculpando sus actos, comprendiendo sus soledades y agradeciendo a la vida que el pobre corazón del demonio la amase, así de cualquier manera, sin esperar ser correspondido.
Y en los silencios, cuando ella reía y hablaba con animales él robaba las tiernas palabras que ella pronunciaba, siendo él protagonista de los besos que las enamoradas mandaban a sus amados, él era el príncipe valeroso y honrado, el bello caballero de rizos hermosos negros cayendo sobre la frente, el alto caballero de sonrisa perfecta, era todos y cada uno de esos hombres perfectos que ella adoraba con voz dulce en la poesía que recitada.
Y así trascurría la vida de ambos. Amándose en el silencio. Acompañando el movimiento de sus cuerpos en los días y noches y juntando sus corazones como ningún enamorado lo había hecho sin pronunciar palabras, simplemente se daban amor en los deseos entrecruzados de adorarse eternamente sin confesarlo.
Era muy habladora, solía bajar al pueblo todos los sábados, su finca era la que más lejos se situaba del poblado, subiendo una pendiente un poco sinuosa, accesible por un estrecho camino por el cual apenas cabían dos vacas, se encontraba su pequeña casa de labor, protegida por un innecesario cercado ya que era el final del camino, tras de su hogar se extendía la colosal montaña de escarpadas puntas de color volcán, marrón intenso donde no crecía ni una sola flor.
La campesina tenía nombre de flor, Amapola, la hermosa flor reina de las montañas. Su madre amante de la vida en el campo y de las flores de extrema belleza, le puso aquel nombre porque quería que su condición era humilde y vulgar, nada especial salvo para aquellas montañas .
Cuando en primavera nacían los nuevos brotes de las amapolas, los campos se vestían del color del corazón, formando un bello paisaje junto con las margaritas, las jaras y el verde silvestre de la maleza en pleno esplendor. Sin embargo, las amapolas eran tóxicas para el consumo de los herbívoros, únicamente te podían alimentar de sus semillas. Toda belleza esconde un peligro pensaba amargamente nuestra campesina.
Desde hacía muchos años, vivía tristemente sola, desde que sus padres murieron tras enfermar de un gripe funesta que asoló el pueblo, causando numerosas bajas entre ancianos y niños. Amapola siempre quiso amar, pero sus novios nunca le dieron amor en la cantidad suficiente para desear formar una familia, así con el corazón quebrado por la decepción tras muchos amoríos, había decidido cantar el amor a los cuatro vientos y recibirlo de los que saben amar y escribir sobre los corazones cálidos en aquellos hermosos versos llenos de ilusión y ternura.
Nadie entendía como una mujer joven y hermosa prefería vivir así de sola , hablando con todos los seres sin habla, gallinas, conejos, gatos e incluso con la naturaleza y apenas pronunciaba una palabra en presencia de otros habitantes del pueblo.
Sin duda su hermoso corazón no estaba preparado para luchar contra la falsedad del mundo.
Por eso se refugiaba en la poesía, los cuentos que leía y releía sin parar. A los atentos animales que se sentían especiales al escucharla narrar sus historias.
Un día bajando por el camino estrecho le sobresaltó la presencia de un ser horroroso. Un extraño animal de color rojo la estaba esperando. silbaba alegremente Su aspecto era un poco atemorizante, llevaba una horca o tenedor, con tres puntas afiladas, entre sus piernas de pies de cabra asomaba un rabo largo que terminaba en punta de flecha, dos pequeños apéndices crecidos sobre su frente, afilados y con punta redondeaba le dotaban de un aspecto feroz. Su estatura era casi de enano, regordete y muy vivaracho. Se movía con una alegría desbordante, como si estuviera cantando una canción, dudó si pasar cerca de aquel ser o regresar pavorosamente a su casa, pero la curiosidad superó su aprensión y guardando la compostura, sus nervios se templaron y casi iba a pasar de largo al lado del demonio cuando éste, muy burlón le dijo:
¡Vaya! ¿Es que no sabes que las bellas mujeres como tú no deben pasar al lado de seres malvados? ¿Eh? Ji,ji,ji- Anda y sal corriendo boba-
¡ Sin duda das mucho miedo! Dijo tratando de disimular su temor. Hola me llamo Amapola. Tienes el color de las amapolas en flor cuando crecen en las montañas en el mes de abril y mayo. Tus ojos son negros, con fuego negro, como el carbón y brillantes como la luna, tu aspecto es sensacional y me haces reír, además de dar un calor estupendo.
El demonio desorientado ante la desenvoltura de tan osada mujer, quedó perdidamente agitado, enamorado de sus palabras tiernas que le daban un trato distinto. Jamás nadie le había dicho cosas tan bonitas. Ella era la mujer de su corazón, porque él tenía un corazón rojo, de intenso fuego alimentado por todas las almas malvadas que le dotaban de una fuerza sobrenatural.
Y se decidió a la conquista. A partir de aquel día cuando Amapola recitaba poesía a sus gallinas, él se sentaba desde fuera del cercado a escucharla. Ella al principio, lo ignoraba, le hacía gracia que un ser tan graciosamente feo tuviera interés por la belleza de las palabras.
Así pasó el verano. Y Amapola seguía sin amar al demonio. Aquel ser que se había quedado en las montañas, comía animales enteros que cazaba sin ocultarse y devoraba como un animal salvaje, causaba estragos entre los campesinos con sus diabluras, estropeaba cosechas, enfrentaba a los campesinos haciendo cosas que los provocaran entre ellos y se sentaba a reír, disfrutaba por así decir haciendo actos malvados. El mal era su diversión.
Pero cuando Amapola lo miraba, se volvía bueno. Sonreía y traía flores a sus manos cada día para ella con una sonrisa abierta como nunca nadie vio. Cuidaba únicamente de loss animales de ella, gallinas, conejos sin devorarlos y parecía acariciarla con sus bellos ojos, sin atreverse nunca a tocarla.
Y el invierno llegó. El demonio dormía siempre custodiando la entrada al pie del cercado. Amapola era su amor y estaría siempre cerca de ella, aunque ella no lo aceptara plenamente. Las noches se comenzaron a ser muy frías y con la primera nevada el demonio casi enfermó.
Amapola preocupada por la situación de aquel ser que no sabía bien que intenciones tenía, le dijo un día al percibir el malestar del pobre demonio:
Mira, demonio puedes quedarte en casa hasta que te cures. Pero en cuanto estés bueno quiero que te vayas, no deseo vivir con nadie y menos con un demonio que se pasa los días haciendo estropicios entre las personas y los animales. Concluyó algo airada ante sus ojos, cediendo pero sin dar premisas de posible amistad entre ambos.
El demonio tras el reposo y el calor del hogar se recuperó rápidamente. El dormir en aquella cuna que Amapola había sacado del olvido, en la que ella un día pasó su infancia hasta los tres años, habían creado en él un amor loco, enarbolado por la unión de una cuna compartida por ambos. Era amplia, como media cama , con las patas redondas y labradas en madera de roble. Pero finalmente tuvo que abandonar la casa.
Amapola sufrió mucho con la partida de su demonio enamorado, dándose cuenta por primera vez de que amaba a aquel ser malvado. Sin su presencia los días se le hacían vacíos de contenido. Jamás había necesitado a nadie y sin embargo ahora, ansiaba la presencia de aquel extraño ser malvado, que tanto amor le había dado, sin esperar nada a cambio.
Buscaba durante el día, mientras alimentaba a las gallinas los ojos de su demonio, que la acariciaban calidamente cada vez que presentían ser el centro de atención. Ella molesta, retiraba la mirada algo enojada, por si aquel ser había sido capaz de descubrir su secreto, pero al momento de soslayo volvía a buscarlo, guardando un sonrisa de felicidad encubierta.. El amor fluía con intensidad entre los dos, sin que ninguno de los dos se atreviera a pronunciar la palabra amor.
Así que el demonio acostumbrado al calor del hogar, no quiso renunciar a su cuna. Y pensando que su presencia no sería notada se colaba en la casa. Amapola sabedora de ello, dejaba intencionadamente la puerta abierta sin pestillo cada noche para que el demonio pudiera entrar y dormir en ella.
Por la mañana al despertar, Amapola iba a la habitación donde se encontraba durmiendo plácidamente el demonio, mandaba un beso con todo el amor de su corazón a aquel ser repelente y después gritaba:
¡Fuera sucio demonio! ¡Fuera de aquí! ¿Cómo entraste otra vez? ¡Vete de mi casa, vete!
Y el pobre demonio, cabizbajo, con el rabo entre la piernas y la punta en forma de flecha agitada, describiendo un acto de sumisión perruna, salía de la casa, varias veces con sus grandes ojos llenos de lágrimas volvía la mirada hacia la casa, esperando un poco de compasión en Amapola, porque se esforzaba enormemente por ser todo lo que ella deseaba, necesitaba su amor, sólo eso le bastaba. Pero sus ojos se encontraban con los de ella, que le negaban con un movimiento de cabeza de izquierda a derecha un no, por respuesta.
Después Amapola volvía a la habitación y besaba amorosamente con lágrimas en los ojos las sábanas aún calientes, impregnadas de un olor maloliente, similar al de una cabra, sacando el amor de su corazón en una suave nube de besos, para que de noche acunaran a su bebé demonio, la piedra dolorosa de su corazón.
Amapola no quería dejar ver el amor verdadero que sentía al demonio. El era un ser maléfico y no podía dejar de serlo por nadie. Tan solo podía amarlo en la distancia, disculpando sus actos, comprendiendo sus soledades y agradeciendo a la vida que el pobre corazón del demonio la amase, así de cualquier manera, sin esperar ser correspondido.
Y en los silencios, cuando ella reía y hablaba con animales él robaba las tiernas palabras que ella pronunciaba, siendo él protagonista de los besos que las enamoradas mandaban a sus amados, él era el príncipe valeroso y honrado, el bello caballero de rizos hermosos negros cayendo sobre la frente, el alto caballero de sonrisa perfecta, era todos y cada uno de esos hombres perfectos que ella adoraba con voz dulce en la poesía que recitada.
Y así trascurría la vida de ambos. Amándose en el silencio. Acompañando el movimiento de sus cuerpos en los días y noches y juntando sus corazones como ningún enamorado lo había hecho sin pronunciar palabras, simplemente se daban amor en los deseos entrecruzados de adorarse eternamente sin confesarlo.
Fin

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