jueves, 6 de diciembre de 2007

Los diamantes se cubren de piedras


Lucía quería un príncipe. Alto, para distinguir, guapo para admirarle y rico para vivir bien. Y pasaba los días soñando con él. Cultivándose en belleza y donaire para resaltar y hacerse digna de tan alto cargo, porque sería princesa.

Todo lo que tenía lo gastaba en destacar, el tiempo y el poco dinero. Pasaba hambre para comprar los espléndidos vestidos que lucía, además el sacrificio valía la pena, había que meterse en ellos sin que sobresaliera un solo michelín.

Juan la miraba con admiración. Siempre le gustó físicamente y también esa forma de ser ilusionada y poco realista, porque le daba un aire infantil. Porque Lucía era muy infantil, se creía todos los cuentos, todas las historias de princesas y príncipes con final feliz. Era imposible declarar su amor, ella nunca le aceptaría más allá del vasallaje al que se había sometido voluntariamente, por estar cerca de ella, valía la pena ser una alfombra, le llenaba tanto los días, le enloquecía esa forma que tenía de llamarle a todas horas para preguntarle que vestido le sentaba bien, que forma de pintarse debía usar ese día, que ropa interior debía usar...

Ardía en hogueras alrededor de la luz de su vida. Lo era todo; su esclavo, su prestamista, su pañuelo de lágrimas, su confidente, su amigo, su coartada para quedar con esos miserables que la ilusionaban y dejaban destrozada una y otra vez, era tan insufrible estar al lado de alguien y serlo todo, para acabar no siendo nada, se decía una y otra vez que mañana le diría que la amaba, pero al imaginarse su rechazo, su rostro compungido en asco, sorpresa y el sentimiento de traición ante un abuso de confianza, decidió que jamás diría nada.

Pero un día al fin el dolor superó al amor secreto. Fue después de enterarse de que su última conquista, un matón de tres al cuarto, atlético, guapo, con sonrisa encantadora y don de mujeres, la había abandonado por otra más vistosa. Ella le llamó en mitad de la noche, diciéndole que después de haberle pedido toda clase de perversiones en la cama, algunas humillantes y dolorosas, le había dicho que la dejaba porque se había enamorado de nuevo, que la vida era así y nunca le prometió nada, además tampoco valía tanto las ropas y los perfumes que usaba, se había intoxicado con tanto sueño de mujer normal fantaseada y le iban otro tipo de cosas...

¡Ah! ¡Grrr....! Pero que se había creído. Lucía. Atreverse incluso a relatarle hasta sus devaneos sexuales con ese ajilipollao engominado , que ni la valoraba ni nunca llegó a quererla.... ¡Se acabó! Prefería estar solo a seguir sufriendo así, por alguien tan vanidoso insensible, a los sentimientos ajenos!

Y los días se convirtieron en un vacío total. Sin ella, el sol no quemaba. Sin ella ,el día no amanecía salvo en tinieblas. Lloraba a todas horas...¡cómo un amor así podía consumirle! ¡Jamás la había besado! Ese amor insufrible, le hacía estar por encima de la posesión carnal, ella era el amor de su vida, hacia el lugar que mirara siempre la veía a ella, la amaba sin desesperación, con tranquilidad del que se sabe preso y dominado de un amor tan grande que todo lo llena y sin el, nada existe ¡amor verdadero! ¡amor incombustible! ¡amor sublime !


Mientras, Lucía sentía el peso de una gran tristeza en su corazón. Al principio el perder a su mejor amigo no la había afectado demasiado. Estaba un poco de harta de él, porque desde hacía tiempo que percibía que babeaba por ella, que le daba todo cuanto le pedía sin discutirle nada, nadie era así, salvo él, la abrazaba demasiado cuando lloraba, la escuchaba atento cuando estaba triste y siempre terminaba diciendo: “Anda no te preocupes que yo estoy para todo lo que necesites, ya encontraremos la manera de que consigas lo que quieres”.

¡Qué estúpida había sido! Ahora lo entendía todo. Todas las ganas de comprar esos vestido tan caros, todas esas ganas de estar guapa, de resaltar, de ser especial, de conquistar y seducir a todos esos idiotas lo había hecho inconscientemente buscando levantar admiración para ser envidiada y tenía un solo y único fin, que su mejor amigo, que su mejor confidente la adulase, se sorprendiera al verla, la desnudara con los ojos, anhelara rozarla, abrazarla, perderse en los mundos de la imaginación durante horas soñándola.


Y Juan ya no la llamaba. No sabía nada de él desde hacía más de seis meses. Era increíble que su relación diaria hubiera acabado en nada, salvo en un silencio vacío, tormentoso y abrumador, de todas esas letras que formaban palabras, que construían frases, que formaban ejércitos tronadores de tambores que reclamaban la libertad de latir en un solo corazón, al fin y dar una salida a tanto sentimiento.

Y Lucía decidida y enamorada perdidamente de Juan, tramó un pequeño encuentro, una pequeña coincidencia les haría volver a verse. Sabía que iba a comprar los sábados, por la mañana al mercado, a las diez para no esperar muchas colas y lo esperó desde las nueve y media, cuando el llegó ella dijo un :

¡Que coincidencia Luis! que sonó como : ¡cuánto he esperado que llegaras!

Juan se quedó bloqueado. Estaba tan confundido por los pasos de ella siempre tras otros pantalones que no podía creer que estuviera allí esperándole a él y le soltó:¡Hola! ¿qué necesitas Lucía? ¿Dinero? ¿Consejos? ¿Un pañuelo de lágrimas? Lo digo porque estoy muy bien desde que dejamos de vernos.

¡No!...¡Uhmn..Ajjj!...¡nada de eso! Necesito saber si alguna vez me has querido!-Dijo improvisadamente y sin más preámbulos ella-

¿Oh? ¡Vaya! Esto es nuevo...¿Juegas a volver a utilizarme porque al fin descubriste que te amo más que a nada en esta vida? Pues espera un poco a que sea yo el que que sienta la necesidad de servirte humildemente desde la posición de esclavo entregado, desde el vasallaje humillante de amarte sin esperar nada, salvo un poco de tu vanidad...-No podía creerse capaz de hablarle así, estaba sorprendido, angustiado por estar jugándosela tan fuertemente, podría fallar y perderla para siempre, temblaba y sentía, resbalarle el sudor del temor de todo esa amor que podía escapársele de las manos tras los pies de Lucía-

Pero ella ...¡percibió tanto miedo, tanta pena por perderla que... el farol cayó a sus pies, derritiendo las últimas resistencias de vanidad, de orgullo y apariencia. Y sintió su miedo compartido y no quiso jugar a perder al hombre de su vida, a su príncipe perfecto, que no era demasiado guapo, que no tenía riquezas, consciente de no ser princesa supo que lo sería para él, admirada y deseada por el único hombre que la había tratado con amor.

A las siete Juan te espero en mi casa. Espero que no faltes porque lo quiero todo contigo, porque a nadie amo más, mi único error no haberme dado cuenta, el tuyo haberme hecho princesa sin decirlo, sin atreverte a ser para mí. Y sin esperar una respuesta que no podía ser más que un “sí estaré” se volvió antes de que la voz le temblara, antes de que la emoción del momento, que la traición de las palabras, le descubrieran vulnerable y la dejaran desnuda ante él antes de saber podría perdonarla, por su egoísmo, por su vanidad extrema.

Y las siete sonaron al tic tac, como otra veces, como muchos otros días donde las siete no había sido un momento que nada significara en la vida salvo un momento en el que ir al baño, un segundo más sin percibir la vida. Y el timbre sonó, sin ser desesperado, más bien meditado del que sabe deseado y Juan apareció con una sonrisa renovada y un” ya llegué“...

Y no hubo palabras, en este momento sobraban. Se abrazaron , se fundieron en un tierno beso. Y él tomó las riendas de esa yegua alocada e infantil que tanto había amado. La había desnudado tantas veces en sus sueños, que conocía cada movimiento, cada sensación de sus manos en ese cuerpo tan bien formado, tan suave y terso. Y la hizo temblar con su pasión estudiada, que se dirigía hábilmente como un maestro consumado hacia los puntos álgidos de placer de una mujer que no había sido tan explorada nunca.

Y después de provocar varias montañas de placer extremo en ella, la invitó a levantar el motor de impulsión de esa posible unión de los cuerpos que se desean, que se necesitan y se buscan en un deseo que todo lo empaña. Y ella se entregó con pasión a esa labor, como nunca lo había hecho, con un amor desmedido que se mira y reflecta en un amor inmenso que se había ocultado durante demasiado en un mar de incertidumbres.

Y al cabalgar juntos sintieron que a pesar de sus muchos sufrimientos, eran dichosos, porque ese pequeño tesoro, ese pequeño secreto de hallar un verdadero amor, se había producido y los había coronado príncipe y princesa, del reino del amor verdadero, donde sus súbditos, la verdad, la entrega, la pasión, la sinceridad, la amistad, el apoyo, la sonrisa y el beso le rendían lealtad y entrega eterna.


FIN

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