jueves, 6 de diciembre de 2007

El reino de los cuentos felices.





Había una vez, un reino bastante alejado de la civilización Donde los ríos regaban las tierras fértiles, los campesinos criaban con soltura a sus hijos, ya que no tributaban al reino salvo con el exceso de sus cosechas.

En el habitaba princesa muy testaruda. Aspiraba elegir el amor y no seguir las tradiciones de casarse con el príncipe conveniente La pretendían tres gallardos y jóvenes príncipes venidos de reinos muy lejanos, cargados de riqueza, con locuacidad, inteligencia, porte guerrero feroz y tierno corazón.

El rey había enviado mensajeros a los reinos vecinos anunciando la edad casamentera de su preciosa hija.. Estos príncipes trataban de seducirla con regalos, con dulces palabras, con galanterías y composiciones poéticas, pero a pesar de estar colmada de tantas atenciones, su corazón estaba vacío de sentimiento, no sentía amor salvo estratagemas para que consintiera dar un sí en matrimonio.

Es que todo eran cumplidos ajados, galanterías llenas artificio quimérico, que en vez de acrecentar su ego y vanidad la desmoralizaban. De sobra sabía ella las virtudes que tenía, era muy hermosa entrada en carnes, de labios rojos y piel muy blanca, con su melena negra, brillante de cabellos espesos y abundantes que le llegaban más allá de la cintura. Rondaba los 20 años y aunque su padre Filipo quería verla casada, ella se resistía, deseaba ser amada, respetada y encontrar un hombre que no la quisiera por su posición, por sus dones y muchas riquezas, soñaba con ser amada como aquellas damiselas de las novelas que tanto la envolvían en el mundo de las hadas.

Pero el rey Filipo se impacientaba. Temía que su hija en un arrebato de querer saber de verdad a qué sabe el amor verdadero, se entregara a cualquier mediocre vagabundo en lugar de un príncipe . Pavor le daba que fuera deshonrada y se quedara sin casar, o tuviera que casarla con la vergüenza de la mujer burlada por querer pretender la perfección de un amor.

Así que un día le dijo a su hija:

-Mira Ágata, tienes ya 20 años, tus pretendientes son ricos, elegantes, guapos, ricos y valerosos de tu amor, sé que te cuesta decidirte por alguno de ellos pero o eliges tú o tendré que darte en matrimonio al que más riquezas y dones posea -Le dijo el padre en un tono muy reposado, del que tras una larga cavilación, no encuentra mejor solución a un problema que le causa gran pesadumbre-.

-Tenéis razón señor padre, soy caprichosa, testaruda y obstinada. Me gustaría ser amada como las bellas princesas de las novelas de amor que leo...Padre...tú que eres un hombre justo y honesto, que has vivido una vida con moderación y serenidad, el hombre más honesto, digno y respetado de este mundo, ayúdame y dime: ¿Amabais a la señora reina, mi madre con un amor intenso o reposado? -Preguntó inocentemente Ágata mientras su padre, el rey sucumbía ante un acceso de timidez-

Miró los enormes ojos negros, inocentes, cristalinos puros de su querida hija e intentó ser sincero-Mira querida hija....yo,..ejem...carraspeó y sin saber como salir de semejante aprieto, quiso mudar el tema. Al percibir la decepción en los ojos de su hija, un arrebato de sinceridad le traicionó y hablando con el sentimiento le dijo: “Cuando conseguí que tu madre accediera al matrimonio, apenas la conocía, no la amaba, simplemente debía casarme, tener hijos y ella me era apetecible por su belleza, durante el matrimonio conocí sus enormes virtudes, su fuerza, su dulzura y entre nosotros nació un amor que nos ha mantenido unidos toda una vida, que cuidamos y queremos que sea para siempre”.

Padre, ¡oh! que historia más bella. ¿Crees que para tu hermosa hija el destino le reservará una vida llena de dulzura y amor verdadero? ¿Eh? Anda, dime, dame un consuelo que al fin me ayude a decidirme-Respondió Ágata sobresaltando el corazón del rey ya que mientras se postraba de rodillas cariñosamente ante su padre abrazándole como una chiquilla, sus ojos enternecidos le reclamaban una solución-.

El rey Filipo sopesando la respuesta, ante la idea de perder el amor de su hija no sabiendo muy bien que responder, no dijo nada, le prometió meditar y darle una respuesta al día siguiente.

Se despidieron como siempre con una beso de Ágata en al mejilla de su padre. Pero un suceso inesperado cambió el curso de la historia...

Al día siguiente Ágata no se levantó. Unas fuertes fiebres la tuvieron en cama más de un mes. Sus tres pretendientes Juan, Martín y Lucanor la visitaban a diario, sufrían o aparentaban estar sufriendo al menos, se mordían los nudillos, la mimaban leyéndole historias, portando flores bellas a su alcoba, pero Ágata no mejoraba y su sonrisa se fue marchitando, su hermoso cabello se debilitó hasta el punto de tener que ser rasurado ya que se caía sin que ningún médico de la corte supiera por qué.

Y sus ojos se fueron volviendo opacos, sin brillo, se hundieron y su hermoso rostro se volvió amarillento, opaco al igual que sus ojos. Su piel, se tornó acartonada, sin pelo y sin ánimo ni de hablar presagió con gran tristeza y pesadumbre el abandono de la belleza de su cuerpo y la posesión de la enfermedad. La incertidumbre, la fealdad, comenzaron a hacer estragos, como poseía por una maldición, mientras los tres príncipes horrorizados, se deshacían en excusas inexcusables para salir huyendo de una situación en la que ninguno pensó verse nunca y el loco amor, que todos sentían por la bella Ágata se esfumó al ritmo en que lo hizo su belleza.

Sólo un joven en toda la corte siguió amándola, a pesar de que no debía. Ernesto, el hijo del caballerizo del rey. Su oficio era jardinero, se dedicaba a cuidar los hermosos jardines de jazmines, rosas y bellas flores olorosas, con pasión y esmero. Con un amor intemporal, un amor sin esperanza regaba las hermosas plantas, mientras sus ojos espiaban a esa hermosa niña, de bello pelo, de risa ligera y abierta, de color blanco marfil, labios rojos y ojos negro azabache.
Su sangre era alimentada con la alegría de ver crecer a la princesa desde la lejanía pero cercana al sueño de tenerla, como la más bella flor de un jardín que no necesita ser regado

Él, al enterarse de la extraña enfermedad que azotaba a la princesa de forma cruel, perdió un poco el temor y se acercaba con precaución a la alcoba de la princesa, siempre con la excusa de renovar las flores frescas de su aposento Aunque nadie custodiaba las estancias de la joven princesa, desde que la bella se tornó casi una bestia, nadie le preguntaba que hacía allí o el tiempo que empleaba en estar en aquella habitación, ya que ningún miembro de la corte deseaba estar cerca de la princesa salvo el tiempo imprescindible para ofrecerle los cuidados básicos, las medicinas ineficaces o el aseo de su cuerpo. Ya que su olor era pestilente a pesar de los caros perfumes con que la bañaban, su aspecto desagradable.

Ernesto no cabía en gozo, libre para estar al fin cerca de ella .Pensando que estaba sumida en un profundo sueño, osó regalarle sus tiernas caricias sobre sus mejillas, recitarle la poesía que su corazón había escrito en él durante largos años de amor silenciado. Le cogía de la mano y hasta le consultaba que flores debía cultivar o si le gustaban los poemas que le escribía.

La situación de cercanía se mantuvo cerca de seis meses. En las que él absorto a la realidad se mantuvo fiel a su amor verdadero. Un hermoso día primaveral, en el que los pájaros cantan y las flores acompañan con su fresco aroma, Ágata se despertó de su dulce sueño comenzó a mejorar de forma inexplicable. Su aspecto era espantoso, pero ella, que siempre fue bella ignoraba que la belleza la había abandonado.

Todos los espejos fueron retirados por orden del rey de palacio, Preguntó a sus doncellas porqué su larga y preciosa melena negra había sido rasurada, éstas no sabiendo que responder no dijeron nada.

Una mañana soleada paseando cerca del estanque donde siempre había patos y cisnes, la fatalidad quiso que el agua estuviera ausente de ellos y fijando la mirada en el agua, indagó con horror en aquella imagen reflejada, sacudió la cabeza para asegurarse que no era otra persona, alguna bruja tras de si, se quedó sin habla, ¡qué imagen más repugnante! ¡qué color más amarillo que confundían el blanco de sus ojos con su piel!

Horrorizada, humillada y rota de dolor, cayó al suelo. Ernesto, sacudido por la certeza de que su amor hubiera descubierto al fin el triste estado trasmutado de su cuerpo, dudó al verla, no debía, no podía, sin embargo, la fuerza de su amor, le dotó del valor suficiente para tomarla en sus brazos, alzándola con ternura osó susurrarle al oído:

“Princesa, no debéis afligiros así, al fin vuestra enfermedad remite, dentro de poco seréis la más bella princesa del reino, todo pasará y la flor de vuestra hermosura renacerá de nuevo, no lloréis más, ¡Oh! bella flor desventurada, la vida volverá a recorrer vuestro hermoso cuerpo y todo volverá a ser como antaño”

¡Oh, jardinero! Os vi cien veces y jamás os sentí en mi corazón. Mi arrogancia y mi altivez, me negaron ver a un siervo por esposo, a pesar de vuestros bellos ojos que siempre sentí como un manto amoroso que desdeñé con ironía. Os habéis convertido en el más bello ser de mi alma, me han despertado al escuchar los susurros de poeta enamorado, ahora recuerdo vuestra voz, vuestra piel acariciando la mía, os sentí, os he olido os he sentido en el fondo de mi corazón como el eco de la esperanza , una luz soleada que ayudó a sanar mi cuerpo. Si la belleza vuelve a renacer en mí como esas flores de vuestros bellos jardines, seré vuestra esposa y vos mi príncipe soñado, ya que os amo con la locura de una amor agradecido, la de un amor que me salvó cuando la desgracia se ciñó a mí por su ama la señora muerte, tú mi más bello soldado luchaste con esperanza, confianza y fe y hoy si la vida corre por mí, sin duda es porque os mantuviste con ilusión y plantaste la flor en el único sitio donde la enfermedad no afectó a mi ser, mi corazón.

Y el rey, que sabía de las andanzas de joven bondadoso enamorado jardinero, lo dejó hacer, para que valiera al menos de consuelo del alma de su adorada hija. Al ver la preciosa escena de amor que entre los dos fluía supo que aunque su codicia no fuera recompensada lo había sido su alma, ya que aquel humilde siervo salvó a su preciosa hija de las danzas de la muerte, cuando los afortunados príncipes aleccionados en el honor y la lealtad, huían de ella.


Y pensó en darles la mejor boda que se pudo realizar en aquellas tierras. Ya que, a pesar de no ser lo habitual, la boda por amor verdadero le hicieron creer en la ilusión de tener una hija feliz, amada por un valeroso caballero que sin haber recibido la instrucción la nobleza, ni el refinamiento de un príncipe, poseía el corazón honesto, puro, fuerte como un león y noble, de las almas limpias , sinceras como lo son las clases laboriosas , incorruptibles y tenaces, valerosas y leales, como la del mejor caballero.

Y Ernesto no quiso decepcionar a nadie y aprendió el uso de las armas. Defendió las tierras del rey con valor y coraje, e incluso conquistó tierras nuevas, llenando de gozo a todos, ya que nunca se vio un hombre más feroz en la batalla, duro en la labor y leal al amor de su reina.

Y colorín colorado, la princesa con el vasallo se ha quedado.
Fin

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