Camino siempre observando la ciudad. Mis viajes en autobus son un poco las vivencias de mi vida más escrutadora del mundo que me rodea. Esa ciega que no fue capaz de saber dónde estaba la derecha de la calzada cuando traté de ayudarla y esas obras le impedían el paso conocido, esas caras cogiendo el mismo autobús todos los días, esas actitudes de querer imponer con agresividad el turno porque llegué el primero y debo ser el primero que suba...
Son muchas las caras que se cruzan en mi mente, muchos los conductores a los que miro a la cara y saludo antes de iniciar el trayecto. Las mismas palomas alimentándose en la misma plaza a la misma hora de todos los días, los mismos olores a sudor y rancio en el autobús, los mismos trompicones del conductor acelerado que frena bruscamente y me hace convertirme en una equilibrista ocasional, todos los días se repiten escenas similares y ninguna es igual a la otra.
Miro por las ventanillas y observo mi mundo por un momento en el anonimato que me da ser un par de ojos entre unas decenas más. Nadie siente curiosidad por fijar la vista entre los viajeros apiñados de los bus públicos, nadie importante viaja, sólo esclavos ocasionales de las prisas que nos dedicamos a utilizar este transporte para nuestro trabajo, los que tienen tareas pendientes por la zona céntrica y muchos jubilados que les gusta viajar sin tener un porqué hacerlo.
Me gusta aprenderme los pasos de peatones problemáticos. Aquéllos céntricos donde un segundo de despiste te puede llevar a un atropello y vencer la batalla de cruzarlos a tiempo, calculando por donde saldrán los coches del que me toca cruzar en rojo.
Ver las mujeres rumanas con preciosos bebés en las aceras pidiendo me descompone. No por ellas, sino por la mercancía necesitaria que venden, a sus bebés reclamando caridad. Hace mucho que no doy nada a los mendigos. No porque no los vea pobres y necesitados porque lo son, sino porque dar a alguien sin que le cueste esfuerzo alguno es facilitarle la tarea de la humillación pública y su recompensa segura por hacerlo. Nada falta más al respeto a un ser humano que humillarse ante cualquiera por unas monedas. Si se consiguen ya tenemos un trabajador mendigo de esquina fija por años.
Zapatos, bolsos, gafas, pantalones y camisetas, pelos y falta de ellos. Ojos preocupados y gente fría y que se cree subida de nivel por una simple apariencia. Miradas de deseo, cruces inesperados y personas voluminosas escondidas en grandes sacos de ropa. Secos pescados sin carne exponiendo unos tipos de espátula que saben a canelón sin relleno (mujeres talla 36 o inferior).
Expresiones e impresiones retenidas en un recorrido en bus.
Son muchas las caras que se cruzan en mi mente, muchos los conductores a los que miro a la cara y saludo antes de iniciar el trayecto. Las mismas palomas alimentándose en la misma plaza a la misma hora de todos los días, los mismos olores a sudor y rancio en el autobús, los mismos trompicones del conductor acelerado que frena bruscamente y me hace convertirme en una equilibrista ocasional, todos los días se repiten escenas similares y ninguna es igual a la otra.
Miro por las ventanillas y observo mi mundo por un momento en el anonimato que me da ser un par de ojos entre unas decenas más. Nadie siente curiosidad por fijar la vista entre los viajeros apiñados de los bus públicos, nadie importante viaja, sólo esclavos ocasionales de las prisas que nos dedicamos a utilizar este transporte para nuestro trabajo, los que tienen tareas pendientes por la zona céntrica y muchos jubilados que les gusta viajar sin tener un porqué hacerlo.
Me gusta aprenderme los pasos de peatones problemáticos. Aquéllos céntricos donde un segundo de despiste te puede llevar a un atropello y vencer la batalla de cruzarlos a tiempo, calculando por donde saldrán los coches del que me toca cruzar en rojo.
Ver las mujeres rumanas con preciosos bebés en las aceras pidiendo me descompone. No por ellas, sino por la mercancía necesitaria que venden, a sus bebés reclamando caridad. Hace mucho que no doy nada a los mendigos. No porque no los vea pobres y necesitados porque lo son, sino porque dar a alguien sin que le cueste esfuerzo alguno es facilitarle la tarea de la humillación pública y su recompensa segura por hacerlo. Nada falta más al respeto a un ser humano que humillarse ante cualquiera por unas monedas. Si se consiguen ya tenemos un trabajador mendigo de esquina fija por años.
Zapatos, bolsos, gafas, pantalones y camisetas, pelos y falta de ellos. Ojos preocupados y gente fría y que se cree subida de nivel por una simple apariencia. Miradas de deseo, cruces inesperados y personas voluminosas escondidas en grandes sacos de ropa. Secos pescados sin carne exponiendo unos tipos de espátula que saben a canelón sin relleno (mujeres talla 36 o inferior).
Expresiones e impresiones retenidas en un recorrido en bus.
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