Aquella mujer que subía en el bus de una tarde calurosa me semejó a primera impresión extravagante. De porte alto, gafas de vista estilo secretaria, grandes de pasta encarnada, moño recogido informal algo suelto, que le dejaba caer su pelo grisáceo sin teñir, ojos claros, entre verdes y azules, camisa desfasada y pantalones al unísono, aparentaba un toque informal descabellado, algo estrafalario. Bien era seguro que llevaba una década sin comprarse nada a la moda. Pasaba de los sesenta y cinco con seguridad ,a juego con tu atuendo , una extraña maleta rectangular de color marrón, broches dorados y el armazón de un carro de la compra para portarla. Casi me río pero me contuve a tiempo por la ridiculez de su invento, con la de maletas modernas que incluían ruedas, en fin, cosas de viejas me dije sin más.
Ni siguiera sé su nombre y eso que permaneció sentada en el asiento derecho por espacio de quince minutos. La llamaré Matilde, por su forma de ver la vida. Nada más acomodarse a mi lado comenzó una conversación de lo más banal sobre las fiestas que en esos momentos eran las protagonistas de la ciudad. Me miraba a los ojos, al principio asentí por cortesía, su mal aliento me hacia rehuir cualquier conversación con ella. Pero al comenzar a narrar con detalle minucioso los hechos que le habían ocurrido me cautivó. Me sentí dichosa por tropezar con una mujer inteligente, de edad avanzada pero despierta y muy observadora que me describía con todo detalle los hechos que le habían acontecido, cosas triviales que se convertían por su forma de narrarlas en extraordinarias.
La que más me gustó, fue cuando me comentó que tuvo que ser atendida en urgencias, sin que hubiera otorrino de guardia, porque el sonido de un trueno le había hecho sangrar un oído, por un interino mexicano, sin lugar a dudas, falto de estudios, seguro que estudiante pensaba ella que casi atenderla, ni auscultarla, había rellenado un informe como si así lo hubiera hecho. Me divertía su indignación al dialogar retóricamente consigo misma” y decía que me había mirado el abdomen ¿qué abdomen blando? Ni siquiera me ha tocado, ¿qué presión arterial? No me ha tomado el pulso“. Que visión tienen los viejos de las irregularidades pensé... Y que soledad tenía aquella mujer, que ganas de ser atendida y escuchada, de dar a conocer su valía, aunque fuera ante una extraña como yo. Quizás un poco de cariño de aquí y allá le salvaguardaban un día más de supervivencia, de soledad maniática conversando con las paredes de casa.
Luego se quejaba del impacto de un petardazo en la calle y su daño sobre el tímpano derecho, “esto es una reincidencia, la otra vez que estuve me pasó lo mismo, consultaré con un abogado por si tengo derecho a una indemnización, conozco casos que denunciaron al ayuntamiento y sacaron mucho dinero. He observado desde mi casa, chicos pero ya mozos que van tirando truenos, pero no lo hacían por diversión como los más chicos, sino que seguramente eran pagados por el ayuntamiento o festeros para armar ruido y así dar más síntoma de fiestas y animar a otros a comprar“, deducciones muy inteligentes que afirmé porque no tenía argumentos que lo negaran.
Pasé de sentir su aliento nauseabundo a ráfagas porque había veces que hablaba sin mirarme , buscando detalles para entretenerse o calibrar cuantos minutos le quedaban aún para explayarse, a pasarme desapercibido por el volumen de sucesos que me detallaba y su forma de hacerlo. Próxima a mi parada de apeo, me di cuenta de que coincidíamos, al levantarse su sandalia se enganchó con las ruedas del carro, a punto estuvo de caerse la pobre, no dudé en ayudarla con su extraño equipaje, al momento me arrepentí, aquella maleta era un muerto tremendamente pesado, además de hortera, me recordaron a las que tenía mi madre hacia veinte años que fueron abandonadas en la basura. Aún así le ayudé a bajarla y una vez en la acera se despidió con un “Dios se lo pague” estuve a punto de decirle, perdone, no me envíe a Dios que soy atea, pero preferí callar y disimular mi fe de hereje consumada.
Y el efecto de aquella mujer, su soledad y su conversación repetitiva al estilo de termino y vuelvo a comenzar porque esta persona es capaz de interesarse por lo que estoy contándole me llevó a pensar en lo solas que están las personas en este mundo y lo fácil que me cuentan sus vidas.
Este pequeño relato lo escribo en honor de la chocante anciana, de edad impredecible, dado su locuacidad y buena forma física, que me atrapó en mi monótono transporte diario al trabajo y por su pasmosa forma de pensar y hacer de sucesos fútiles hechos substanciales, la de historias maravillosas que hubiera podido contarme si el trayecto hubiera sido más largo...
Ni siguiera sé su nombre y eso que permaneció sentada en el asiento derecho por espacio de quince minutos. La llamaré Matilde, por su forma de ver la vida. Nada más acomodarse a mi lado comenzó una conversación de lo más banal sobre las fiestas que en esos momentos eran las protagonistas de la ciudad. Me miraba a los ojos, al principio asentí por cortesía, su mal aliento me hacia rehuir cualquier conversación con ella. Pero al comenzar a narrar con detalle minucioso los hechos que le habían ocurrido me cautivó. Me sentí dichosa por tropezar con una mujer inteligente, de edad avanzada pero despierta y muy observadora que me describía con todo detalle los hechos que le habían acontecido, cosas triviales que se convertían por su forma de narrarlas en extraordinarias.
La que más me gustó, fue cuando me comentó que tuvo que ser atendida en urgencias, sin que hubiera otorrino de guardia, porque el sonido de un trueno le había hecho sangrar un oído, por un interino mexicano, sin lugar a dudas, falto de estudios, seguro que estudiante pensaba ella que casi atenderla, ni auscultarla, había rellenado un informe como si así lo hubiera hecho. Me divertía su indignación al dialogar retóricamente consigo misma” y decía que me había mirado el abdomen ¿qué abdomen blando? Ni siquiera me ha tocado, ¿qué presión arterial? No me ha tomado el pulso“. Que visión tienen los viejos de las irregularidades pensé... Y que soledad tenía aquella mujer, que ganas de ser atendida y escuchada, de dar a conocer su valía, aunque fuera ante una extraña como yo. Quizás un poco de cariño de aquí y allá le salvaguardaban un día más de supervivencia, de soledad maniática conversando con las paredes de casa.
Luego se quejaba del impacto de un petardazo en la calle y su daño sobre el tímpano derecho, “esto es una reincidencia, la otra vez que estuve me pasó lo mismo, consultaré con un abogado por si tengo derecho a una indemnización, conozco casos que denunciaron al ayuntamiento y sacaron mucho dinero. He observado desde mi casa, chicos pero ya mozos que van tirando truenos, pero no lo hacían por diversión como los más chicos, sino que seguramente eran pagados por el ayuntamiento o festeros para armar ruido y así dar más síntoma de fiestas y animar a otros a comprar“, deducciones muy inteligentes que afirmé porque no tenía argumentos que lo negaran.
Pasé de sentir su aliento nauseabundo a ráfagas porque había veces que hablaba sin mirarme , buscando detalles para entretenerse o calibrar cuantos minutos le quedaban aún para explayarse, a pasarme desapercibido por el volumen de sucesos que me detallaba y su forma de hacerlo. Próxima a mi parada de apeo, me di cuenta de que coincidíamos, al levantarse su sandalia se enganchó con las ruedas del carro, a punto estuvo de caerse la pobre, no dudé en ayudarla con su extraño equipaje, al momento me arrepentí, aquella maleta era un muerto tremendamente pesado, además de hortera, me recordaron a las que tenía mi madre hacia veinte años que fueron abandonadas en la basura. Aún así le ayudé a bajarla y una vez en la acera se despidió con un “Dios se lo pague” estuve a punto de decirle, perdone, no me envíe a Dios que soy atea, pero preferí callar y disimular mi fe de hereje consumada.
Y el efecto de aquella mujer, su soledad y su conversación repetitiva al estilo de termino y vuelvo a comenzar porque esta persona es capaz de interesarse por lo que estoy contándole me llevó a pensar en lo solas que están las personas en este mundo y lo fácil que me cuentan sus vidas.
Este pequeño relato lo escribo en honor de la chocante anciana, de edad impredecible, dado su locuacidad y buena forma física, que me atrapó en mi monótono transporte diario al trabajo y por su pasmosa forma de pensar y hacer de sucesos fútiles hechos substanciales, la de historias maravillosas que hubiera podido contarme si el trayecto hubiera sido más largo...
Fin
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