Andaba un hombre solitario paseando algo encorvado apoyado en un bastón, octogenario, de cuero envejecido y arrugado, manos venosas, dedos torcidos por la artrosis, pelo escaso y cano, cejas aún oscuras y una mirada penetrante a pesar de sus ojos cristalinos y vacuos, que estaban protegidos por sus párpados caídos y ajados por el uso de aquellos cristales perceptivos, meditando, apoyado en sus piernas huesudas, a la vera de su mujer.
Mira amor, llevas muchos años acompañándome, le susurraba Pedro el anciano con mucho cariño a su eterna compañera, sin embargo espero que no me abandones pronto, ya que la niebla de la muerte pronto me llevará lejos de este mundo inhóspito y vacío ya de contenido para mí.
Oye Pedro, no me humilles con tu olvido, recuerda cuando me abandonaste en tus años mozos en brazos de tiernas mujeres, llenas de olor y vida, que no supiste apreciar, solo succionaste como niño de teta sus aromas, abandonándolas luego por aburrimiento y falta de amor.
Claro que te abandoné amada, una y mil veces para retozar en los brazos dulces de mujeres de carnes duras, ojos brillantes y aromas de flores. Cuánto amor les di en noches plenas de lujuria y pasión, sin embargo nunca quisieron amarme como soy, salvo tú, niña mía, ninguna quiso enamorarse de mí y permanecer fiel en entrega.
Pedro yo permanecí en lloros, siempre en espera me mantuve, para poder ser la dueña de tu cuerpo. Ansiando que sintieras la necesidad de pensar en mí, de encontrarme en ti, de buscarme y ser la dueña de tu alma y hasta que tu juventud no te abandonó no fuimos amantes.
Claro querida, fuiste tras de mí durante años. Pero ganaste a todas las bellas. Al fin fui tuyo cuando la belleza me abandonó, cuando la fuerza de mi virilidad se vino abajo, una a una las mujeres fueron pasando de mí. El pelo fue cayendo, las arrugas se fueron surcando y en todos mis días sólo a ti te encontré solícita para una tertulia, para un beso, para un abrazo.
Ay mi amor, Pedro querido, cuántos años esperé que confesaras un amor tan denodado, tan intenso y verdadero como es el tuyo por mi presencia en tu vida. Cuántas noches te observé en la penumbra muerta de celos, ver tus labios besar mujeres bellas, tu cuerpo enloquecerse en posesiones febriles de mujeres jóvenes que reclamaban tu fuego. Qué bueno es llegar a viejo para darse cuenta de que la única dama verdadera en la vida es la que siempre ha estado a tu lado.
¡Qué bello era pensar que tenía una celosa compañera que ansiaba sus abrazos, sus besos! ¡Qué dulce final tras una vida de desenfreno impúdico que la compañía de una mujer!
Y así era como Pedro sobrevivía, recordando sus aventuras juveniles cuando una preciosa mujer pasaba a su lado, lo que llevaba bajo sus ropas. Ese sexo ya sobado por otras manos se convertía en suyo por un instante, esos pechos hermosos dibujados por encima de una blusa exactos a los ya catados. Cuando su compañera le sorprendía en esas infidelidades, lo abandonaba un rato, hasta que él dejaba de soñar, temeroso de que ella no regresara y retomaba la conversación silenciosa siendo ella la reina de sus momentos sin recuerdos, la eterna y bella compañera que no se trasmuta ni envejece, la maravillosa reflexiva amante: la soledad.
Mira amor, llevas muchos años acompañándome, le susurraba Pedro el anciano con mucho cariño a su eterna compañera, sin embargo espero que no me abandones pronto, ya que la niebla de la muerte pronto me llevará lejos de este mundo inhóspito y vacío ya de contenido para mí.
Oye Pedro, no me humilles con tu olvido, recuerda cuando me abandonaste en tus años mozos en brazos de tiernas mujeres, llenas de olor y vida, que no supiste apreciar, solo succionaste como niño de teta sus aromas, abandonándolas luego por aburrimiento y falta de amor.
Claro que te abandoné amada, una y mil veces para retozar en los brazos dulces de mujeres de carnes duras, ojos brillantes y aromas de flores. Cuánto amor les di en noches plenas de lujuria y pasión, sin embargo nunca quisieron amarme como soy, salvo tú, niña mía, ninguna quiso enamorarse de mí y permanecer fiel en entrega.
Pedro yo permanecí en lloros, siempre en espera me mantuve, para poder ser la dueña de tu cuerpo. Ansiando que sintieras la necesidad de pensar en mí, de encontrarme en ti, de buscarme y ser la dueña de tu alma y hasta que tu juventud no te abandonó no fuimos amantes.
Claro querida, fuiste tras de mí durante años. Pero ganaste a todas las bellas. Al fin fui tuyo cuando la belleza me abandonó, cuando la fuerza de mi virilidad se vino abajo, una a una las mujeres fueron pasando de mí. El pelo fue cayendo, las arrugas se fueron surcando y en todos mis días sólo a ti te encontré solícita para una tertulia, para un beso, para un abrazo.
Ay mi amor, Pedro querido, cuántos años esperé que confesaras un amor tan denodado, tan intenso y verdadero como es el tuyo por mi presencia en tu vida. Cuántas noches te observé en la penumbra muerta de celos, ver tus labios besar mujeres bellas, tu cuerpo enloquecerse en posesiones febriles de mujeres jóvenes que reclamaban tu fuego. Qué bueno es llegar a viejo para darse cuenta de que la única dama verdadera en la vida es la que siempre ha estado a tu lado.
¡Qué bello era pensar que tenía una celosa compañera que ansiaba sus abrazos, sus besos! ¡Qué dulce final tras una vida de desenfreno impúdico que la compañía de una mujer!
Y así era como Pedro sobrevivía, recordando sus aventuras juveniles cuando una preciosa mujer pasaba a su lado, lo que llevaba bajo sus ropas. Ese sexo ya sobado por otras manos se convertía en suyo por un instante, esos pechos hermosos dibujados por encima de una blusa exactos a los ya catados. Cuando su compañera le sorprendía en esas infidelidades, lo abandonaba un rato, hasta que él dejaba de soñar, temeroso de que ella no regresara y retomaba la conversación silenciosa siendo ella la reina de sus momentos sin recuerdos, la eterna y bella compañera que no se trasmuta ni envejece, la maravillosa reflexiva amante: la soledad.
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