Había una vez en un hermoso entorno rural una mujer mirándose en el reflejo de un río. Era dulce, serena, de mirada penetrante, misteriosa y cautivadora. Su boca de líneas bien dibujadas permanecía siempre callada. Pasaba sus horas frente a las aguas cristalinas del cauce sin que nadie le preguntara cual era la causa de su silencio y presencia continua en aquel lugar. En el pueblo cercano susurran que una maldición la retenía, el hechizo de una bruja maldecía a la primera niña nacida cada siglo y cuando llegaba la noche aparecía la silueta de un centenario álamo blanco.
Un día llegó al pueblo un veraneante de la ciudad. Era un hombre sencillo que parecía estar huyendo de una vida llena de excesos. Su idea inicial fue solo tomarse unos días de relax, pero al sentirse seguro y tranquilo, decidió comprar una casa en el centro del pueblo. Su vida era estresante, estaba acostumbrado a mover mucho dinero y llevarse altas comisiones, así que cambió su centro de trabajo a aquel lugar. Las mujeres jóvenes se vistieron sus más altas coqueterías para conquistarle, pero una a una fueron desvaneciendo sus estrategias seductoras tras ser utilizadas y olvidadas por la amiga más cercana.
Así como el destino todo lo depara Alberto reparó en la presencia de la bella mujer del río. Creyó que era nueva en el lugar, así que viendo la oportunidad perfecta de seducir a una mujer antes de que fuera conocedora de sus artimañas se acercó a hablar con ella. Le sorprendió la serenidad de sus ojos, la belleza del silencio y que no se movía hacia ningún lugar. Sin darse cuenta de ello fue dedicándole horas y horas a esa conquista sin obtener ningún resultado. Era tanto el deseo que sentía por ella, que un día llegó a sacudirla para ver si tenía reacciones humanas o era solo un sueño.
-¿Por qué me agitas así?
-Al fin hablas, ¡milagro! me llamo Alberto ¿y tú?
-No tengo nombre.
-No puedo creerlo, todos tenemos uno, venga dime...
-...
-Está bien, te creo, ¡eres tan hermosa y enigmática!
-¿Por qué me cuentas todos los días las cosas que harás conmigo después de la boda?
-Porque quiero casarme contigo.
-No soy mujer de alianzas.
-Pero yo llevo meses aquí, horas y horas susurrándote mi amor, sin que objetaras un no, creí que tú también me querrías...
-Yo no puedo querer a los humanos y mucho menos a los mujeriegos.
-¿Cómo?
-Estuviste anoche con Julia, una estudiante de medicina.
-¿Eh? Juegas a suponer, ¡habladurías!¿como lo sabes? ¿O acaso tienes poderes para adivinar?
-Lo sé y es suficiente, tú no amas ni amarás a nadie, sólo te quieres a ti mismo.
-Pero...
-Vete y reflexiona sobre lo que es el amor verdadero y lo que estás dispuesto a ofrecer.
-No puedo entender... pero me voy, ¡hasta nunca!
Alberto pasó la noche revuelto, agitado al fin por el amor. ¿Cómo ella sabía que seguía saliendo con mujeres y consumando aventuras? Era imposible que una extraña le dijera tantas verdades sin enfado. ¿Acaso ella le seguía? Era imposible hacerlo tenía mucho cuidado donde quedaba con sus amigas. Pero a pesar de su corazón frío y falta de moral, seguía ilusionado con la idea de que aquella mujer al lado del río fuera suya aunque fuera una sola vez. La soñó varias veces aquella noche con un deseo renovado ,cambió de idea y a la mañana siguiente fue a verla.
Inventó un nuevo concepto de hombre para conseguir que ella cediera. Esta vez basaría su conquista en la observación de su vida y lo que ella deseaba tener. Tras horas de charla y paciencia se dió cuenta de que seguía sin saber ningún dato real de su vida, era como hablar con algo dulce que te sigue la corriente sin demostrarse afectada por ningún suceso. Parecía como si nunca se hubiera movido de allí. Así que al anocher en vez de marcharse siguió hablando y acompañándola hasta que la noche oscura se hizo tan intensa que dejó de ver su rostro y sentir su presencia. Flotó a otro mundo envuelto en los abrazos de un árbol, viajó sintiendo olores de tierra mojada, de olas encrespadas, de cielos de rocío, de soles brillantes Al amanecer, despertó tumbado al lado de un árbol, había dormido en el suelo alfombrado por las hojas de aquel, placidamente como un niño sin conciencia. Con la luz del día pudo al fin descubrir la verdad de la hermosa de pasado en blanco. El árbol se metamorfoseó en mujer. No pudo articular palabra, cabizbajo, el pelo se volvió cano por la revelación, caminó hacia el pueblo. Ella nunca podría ser de él. Era pura, un ser que vivía en equilibrio con la naturaleza, dotada de poderes extraordinarios para escuchar a los humanos y alimentarse de la Tierra y sus bellezas. Era una Diosa.
Y calló su descubrimiento, no lo compartió con nadie. Dedibaba sus horas a visitar a la mujer del río. Extrañamente los años fueron conviertiéndolo en un viejo debilitado y carente de hermosura, sin embargo ella siempre fue joven y hermosa. Un amor imposible basado en palabras y la dulzura del alma. Muchas noches durmió acunado en los brazos del álamo viviendo sueños, escuchando cuentos de la Tierra y entendiendo lo verdadero e importante. Poco le importó perder poco a poco las riquezas acumuladas y vivir estrechamente una vida donde se valora un sabor a café recién hecho o una sábana limpia. Su diosa lo había elegido para hacerle vivir en equilibrio y serenidad, sintiendo felicidad por cada día conquistado.
Un día llegó al pueblo un veraneante de la ciudad. Era un hombre sencillo que parecía estar huyendo de una vida llena de excesos. Su idea inicial fue solo tomarse unos días de relax, pero al sentirse seguro y tranquilo, decidió comprar una casa en el centro del pueblo. Su vida era estresante, estaba acostumbrado a mover mucho dinero y llevarse altas comisiones, así que cambió su centro de trabajo a aquel lugar. Las mujeres jóvenes se vistieron sus más altas coqueterías para conquistarle, pero una a una fueron desvaneciendo sus estrategias seductoras tras ser utilizadas y olvidadas por la amiga más cercana.
Así como el destino todo lo depara Alberto reparó en la presencia de la bella mujer del río. Creyó que era nueva en el lugar, así que viendo la oportunidad perfecta de seducir a una mujer antes de que fuera conocedora de sus artimañas se acercó a hablar con ella. Le sorprendió la serenidad de sus ojos, la belleza del silencio y que no se movía hacia ningún lugar. Sin darse cuenta de ello fue dedicándole horas y horas a esa conquista sin obtener ningún resultado. Era tanto el deseo que sentía por ella, que un día llegó a sacudirla para ver si tenía reacciones humanas o era solo un sueño.
-¿Por qué me agitas así?
-Al fin hablas, ¡milagro! me llamo Alberto ¿y tú?
-No tengo nombre.
-No puedo creerlo, todos tenemos uno, venga dime...
-...
-Está bien, te creo, ¡eres tan hermosa y enigmática!
-¿Por qué me cuentas todos los días las cosas que harás conmigo después de la boda?
-Porque quiero casarme contigo.
-No soy mujer de alianzas.
-Pero yo llevo meses aquí, horas y horas susurrándote mi amor, sin que objetaras un no, creí que tú también me querrías...
-Yo no puedo querer a los humanos y mucho menos a los mujeriegos.
-¿Cómo?
-Estuviste anoche con Julia, una estudiante de medicina.
-¿Eh? Juegas a suponer, ¡habladurías!¿como lo sabes? ¿O acaso tienes poderes para adivinar?
-Lo sé y es suficiente, tú no amas ni amarás a nadie, sólo te quieres a ti mismo.
-Pero...
-Vete y reflexiona sobre lo que es el amor verdadero y lo que estás dispuesto a ofrecer.
-No puedo entender... pero me voy, ¡hasta nunca!
Alberto pasó la noche revuelto, agitado al fin por el amor. ¿Cómo ella sabía que seguía saliendo con mujeres y consumando aventuras? Era imposible que una extraña le dijera tantas verdades sin enfado. ¿Acaso ella le seguía? Era imposible hacerlo tenía mucho cuidado donde quedaba con sus amigas. Pero a pesar de su corazón frío y falta de moral, seguía ilusionado con la idea de que aquella mujer al lado del río fuera suya aunque fuera una sola vez. La soñó varias veces aquella noche con un deseo renovado ,cambió de idea y a la mañana siguiente fue a verla.
Inventó un nuevo concepto de hombre para conseguir que ella cediera. Esta vez basaría su conquista en la observación de su vida y lo que ella deseaba tener. Tras horas de charla y paciencia se dió cuenta de que seguía sin saber ningún dato real de su vida, era como hablar con algo dulce que te sigue la corriente sin demostrarse afectada por ningún suceso. Parecía como si nunca se hubiera movido de allí. Así que al anocher en vez de marcharse siguió hablando y acompañándola hasta que la noche oscura se hizo tan intensa que dejó de ver su rostro y sentir su presencia. Flotó a otro mundo envuelto en los abrazos de un árbol, viajó sintiendo olores de tierra mojada, de olas encrespadas, de cielos de rocío, de soles brillantes Al amanecer, despertó tumbado al lado de un árbol, había dormido en el suelo alfombrado por las hojas de aquel, placidamente como un niño sin conciencia. Con la luz del día pudo al fin descubrir la verdad de la hermosa de pasado en blanco. El árbol se metamorfoseó en mujer. No pudo articular palabra, cabizbajo, el pelo se volvió cano por la revelación, caminó hacia el pueblo. Ella nunca podría ser de él. Era pura, un ser que vivía en equilibrio con la naturaleza, dotada de poderes extraordinarios para escuchar a los humanos y alimentarse de la Tierra y sus bellezas. Era una Diosa.
Y calló su descubrimiento, no lo compartió con nadie. Dedibaba sus horas a visitar a la mujer del río. Extrañamente los años fueron conviertiéndolo en un viejo debilitado y carente de hermosura, sin embargo ella siempre fue joven y hermosa. Un amor imposible basado en palabras y la dulzura del alma. Muchas noches durmió acunado en los brazos del álamo viviendo sueños, escuchando cuentos de la Tierra y entendiendo lo verdadero e importante. Poco le importó perder poco a poco las riquezas acumuladas y vivir estrechamente una vida donde se valora un sabor a café recién hecho o una sábana limpia. Su diosa lo había elegido para hacerle vivir en equilibrio y serenidad, sintiendo felicidad por cada día conquistado.
Techum
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