viernes, 11 de marzo de 2011

Serafina

Ella tomaba el sol ajena a las miradas furtivas de deseo, poco le importaba generar admiración, vivía en su propio yo, lejos de la seducción de los hombres. Dama con clase y notas mudas que sabía hacer soñar con su sola presencia. Aquella belleza era fruto del misterio, de la fuerza de sus ojos y su mirada intensa, serena invitaba a quedarse en ella. Pero tenía el corazón tocado por el amor, había regalado su esencia sin guardarse un poco y pululaba vacía de sentimientos, esperando a ese genio capaz de volverla a llenar de ilusión y frescura.

Jose al conocerla la juzgó mal. Pensó que era la eterna diva que solo siente si se la adula y se la alimenta con placeres de pudientes. Así que nada más verla, la desechó como algo carante de interés para su hombría. Ella, lejos de sentirse vulnerada sintió alivio en el olvido, pudiendo crear una barrera diferente que los aproximara basada en la amistad. Era dulce cuando se sentía ella misma.Pero él no estaba a salvo del hechizo de la mujer sin ganas y sin darse cuenta fue perdiéndose en sus ojos, en la risa loca brotante y casual que ella inventaba ante la más leve ironía, parecía estar esperando ese momento para disfrutar de la alegría reír sin saber el motivo. Era una terapia positiva verse contagiado por la dicha de alguien tan fácil de contentar.El tiempo que estaba en el trabajo a su lado era el mejor del día. Los meses fueron pasando y poco a poco empezó a echarla de menos los fines de semana, angustiado, trató de zafarse volviendo a su apariencia gris de pocas palabras y seriedad absoluta, pero le era insoportable no oírla así que dejó que la vida lo conquistara y lo guiara sin oponer resistencia.

Tras muchas estrategias en las que inventó al hombre perfecto para seducrila, que de nada sirvieron en un principio sino para divertirla, ella se rindió. Se esforzó tanto y sin perder la templanza como un buen metal noble que no pudo más que triunfar. Incluso llegó a ser bailarín en las clases de salsa a las que ella asistía cuando en el fondo detestaba el ritmo caribeño. Todo sucedió una noche, la invitó sin pudor ni más rodeos a cenar en su casa. Ella aceptó sin dudarlo, parecía que llevara mucho tiempo esperando esa invitación.

Una copa de vino, un postre especial rociado con licor y una risa tonta que libera de la vergüenza de sentirse descubierto, música romántica, brazos que se tornan abrazos, bocas que se cuajan para saborear los labios, ropa que cae sin saber quién empezó ni por dónde y una única dirección...

Se deslizaron en una cama de sábanas limpias y olor a flores del monte. La fragancia del suavizante era más intensa de lo habitual. O quizás el sentido del olfato se había agudizado para percatarse del olor ajeno. Ambos estaban sin ropa y comenzaron a explorarse con paciencia. Ella se resistía, había zonas que no quería que le excitara, Jose no terminaba de comprender el motivo hasta que cansado de verse apartado, encaró el tema abiertamente.

-¿Por qué no me dejas tocar ahí abajo?
-Porque no quiero...
-¿No quieres? ¿Por qué? ¿Que temes?
-Nada, es inútil
-¿Inútil?
-No suelo tener orgasmos, así no es necesario que te esfuerces demasiado.
-¿Tienes orgasmos tú sola?
-Sí, pero en la cama termino pasando de hablar de esto, los hombres se suelen enfadar...
-Yo no lo haré, hablemos.
-Me lo paso bien pero no termino de culminar.
-Perfecto, un reto sólo te pido que te dejes llevar.
-De acuerdo, tú mismo.


Arrancó la sábana dejando al descubierto un cuerpo suave y delicado. Líneas perfectas y carnes apretadas. Primero excitó su piel, erizó sus pechos que emergieron erectos y fue bajando hacia su sexo. Destapó sus labios, notó la humedad de su clitoris y tocó aquella zona delicadamente hasta hacerla vibrar. Dejó los dedos alojados en la abertura sin introducirlos, debia ser ella la que hallara el momento de sentirlos en su interior. Y lo hizo pasados unos minutos. Él los fue volteando, Iba bien, ella comenzó a lubricar, a mojar con fluidez. Notó una zona rugosa en la pared superior diferente al resto y se detuvo allí a explorarla. Ella cerró sus piernas y supo ver que aquella era la señal de que estaba vibrando, la volvió a abrir con delicadeza y agitó energicamente sus dedos para desencadenar el orgasmo. Fue mágico lo que sintió Serafina, instantes de un placer diferente y una explosión desconocida.

Con la paciencia de un viejo sabio siguió dándole placer sin cansarse, todo lo que ella necesitara vivir. En pocas horas Serafina se convirtió en una mujer satisfecha que espera devolver el placer recibido. Aquella noche fue la mujer más curtida en orgamos del planeta, las herramientas del trabajo fueron dos dedos y un buen observador. Él había aprendido en qué dirección moverse y cómo hacerla disfrutar así que pasó a compartir el placer, ahora le tocaba sentir un poco de todo lo regalado.

Cambió el guión, la besó con pasión salvaje sometiéndola a su deseo la penetró de un solo golpe. De nuevo ella se elevó arqueando su espalda, sintió dolor y placer y retorciendo su cuerpo como culebra ardiente, gimió sin poder retener el grito en su garganta sus caderas se movían con energia. Parecía una locomotora que no sabe parar. Jose sonreía, era imposible dejar de amarla, siempre quería más.
Llegó el amanecer estaban sudorosos y extasiados, durmieron un rato para calmar su carne. Al despertar comieron un poco para aplacar sus estómagos y de nuevo a la cama, rebosantes de energía y felicidad compartida a seguir explorando sus cuerpos insaciables de ganar de amarse.

Techum

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